Mucho antes de convertirse en el padre de los Pokémon, el pequeño Satoshi Tajiri correteaba por el entorno rural de Machida, a las afueras de Tokio, capturando insectos que luego estudiaba con instinto entomológico. Para el inventor de la millonaria franquicia de Pocket Monsters (el nombre original) los pequeños animales que coleccionó en su infancia fueron el preludio del universo Pokémon. Para los niños que desde mediados de los noventa jugaron a sus videojuegos y vieron la serie de animación, coleccionar las cartas Pokémon fue su particular caza de bichos.


Esta estudiante suiza de 20 años posee más de 60.000 tarjetas del universo creado por Satoshi Tajiri. Reunidas junto a su padre durante una década, ha llegado el momento de venderlas, pero no le vale cualquier comprador
Mucho antes de convertirse en el padre de los Pokémon, el pequeño Satoshi Tajiri correteaba por el entorno rural de Machida, a las afueras de Tokio, capturando insectos que luego estudiaba con instinto entomológico. Si para el inventor de la millonaria franquicia de Pocket Monsters (el nombre original) los pequeños animales que coleccionó en su infancia fueron el preludio del universo Pokémon. Para los niños que desde mediados de los noventa jugaron a sus videojuegos y vieron la serie de animación, coleccionar las cartas Pokémon fue su particular caza de bichos.
“Yo tenía unos siete u ocho años cuando empecé”, explica la suiza Jolina Gisèle (20 años), el nombre sin apellido (no quiere revelarlo, por seguridad) de la también conocida comolaprincesa Pokémon, poseedora, según afirma, de “la colección más grande del mundo de cartas Pokémon”, que, por cierto, está a la venta.
Desde su lugar de vacaciones, donde pasa unos días con su familia tras una intensa época de exámenes, la joven coleccionista atiende a EL PAÍS por videollamada: “A esa edad solo tenía mi pequeño álbum, y mi padre empezó a comprarme cartas concretas en eBay por unos cien francos. Le pregunté si podíamos tener todas las cartas de Pokémon del mundo, lo que por supuesto fue una tontería…”.
Durante meses la joven ha sido un misterio para la prensa y el sector. El pasado marzo dio conocer su potente colección, reunida durante una década con la ayuda su padre, fundador y director de una empresa se software de datos e inteligencia artificial.
Él, que hasta ahora se ha mantenido fuera del foco mediático y dejando que su hija sea la cara visible de la campaña para encontrar comprador, es en realidad el gran artífice de la bautizada como Colección Jolina Gisèle, una de las colecciones privadas de Pokémon más exclusivas y completas del mundo, con un valor estimado de más de 100 millones de euros. De entre sus más de 60.000 cartas, 12.000 están calificadas profesionalmente por la agencia de autentificación PSA y, de ellas, la mayoría ha obtenido la máxima calificación posible (PSA 10, que valora la autentucidad y el estado de conservación), lo que las ha convertido en una joya para la comunidad internacional de coleccionistas.
Desde que viera la luz su campaña de marketing con tráiler de acción incluido, junto al modelo suizo Kevin Lütolf, Jolina Gisèle ha sido objeto de todo tipo de especulaciones y sospechosa de estar generada con una IA. Al otro lado de la pantalla de la videollamada, esta estudiante suiza de Bachillerato británico que dice haber acabado hace poco sus exámenes finales, parece bastante humana. Tampoco se parece a la sofisticada mujer que protagoniza el vídeo promocional: casi cuatro minutos que recuerdan a una parodia algo ostentosa de las películas sobre robos millonarios.
Jolina Gisèle tiene poco que ver con la princesa Pokémon del vídeo: “No voy siempre con ese peinado y ese maquillaje tan extravagantes. Tampoco voy con un vestido rojo y tacones altos todo el día”, advierte. “En realidad, soy una persona muy familiar. Crecí en el campo y sigo viviendo a las afueras de la ciudad. En casa, mis padres y yo cenamos a las siete y llevamos una vida muy tradicional. Diría que la princesa es mi yo alternativo”.
Preguntada por las dudas sobre su existencia y la veracidad de su colección, asegura que le pareció “muy divertido, pero también un poco raro”: “Cuando publicamos la campaña, nunca imaginé que la gente pensaría que no soy real porque, obviamente, para mí y para mi familia esto es muy real”. Explica que tras presentar la colección sus exámenes finales le impidieron dar muchas entrevistas, lo que alimentó un misterio que ya considera resuelto: “Está bien que las especulaciones hayan llegado a su fin. Creo que ahora se ve que soy real”.
Asegura que promocionar la colección le ha obligado a salirse de su zona de confort, aunque al principio tuviera más miedo que ilusión: “Fue muy duro, tuvimos muchas discusiones sobre si realmente queríamos dar a conocer la colección. Y sobre si, al hacerlo, yo querría estar en el punto de mira”, cuenta. “No es que mis padres tuvieran que convencerme, pero sí me animaron, diciéndome que quizás ganaría más confianza en mí misma y que sería una experiencia divertida, mi única oportunidad de hacer algo como actuar, como en el tráiler. Pero incluso ahora sigue siendo un proceso de aprendizaje”.

Jolina Gisèle, que en el vídeo promocional asiste a una exclusiva timba de cartas y acaba dando saltos mortales por el supuesto lugar secreto que esconde su colección, dice tener claro que actuar no es lo suyo. “Nunca digas nunca”, repite no obstante un par de veces durante la conversación y acaba de protagonizar una campaña con la firma de relojes Romago para presentar un reloj de Pikachu, coincidiendo con el 30º aniversario de la franquicia.

La joven asegura que su colección comenzó como una forma de conectar con su padre, y todos los fuegos artificiales que han venido luego, toda la exposición mediática, han sido un medio para un fin: lograr vender la totalidad de sus cartas a alguien que entienda lo que han significado para ambos, quizás incluso a un museo. Dice no tener prisa por encontrar comprador, tan solo la necesidad de que caiga en buenas manos, ya que este es su legado: “Para mí no se trata solo del valor de las cartas en sí, ni de que ahora mismo haya un boom enorme con Pokémon. Lo que realmente importa es que mi padre y yo lo hemos hecho juntos, es un logro nuestro. Creo que es superespecial tener algo que es ‘lo más grande del mundo”, reflexiona.
La colección de cartas —que en los primeros años se amontonaron en los dormitorios y se expandieron hasta la cocina de la casa familiar como una enredadera de recuerdos compartidos entre padre e hija—, está ahora en unas instalaciones de alta seguridad a las que ni su propia dueña puede acceder. “En un momento dado ni siquiera me permitieron estar allí, precisamente por nuestra propia seguridad, para que no supiera dónde se guardaban. Creo que entonces perdimos un poco la ilusión por coleccionarlas”, se lamenta, y apunta: “Ya no podíamos tenerla en casa, no solo por el tamaño de la colección, sino también por su valor”.

Recuerda con cariño cómo las cartas Pokémon le acercaron a su padre, con quien esta hija única, “una niña de mamá”, tenía muy poco en común: “A él le interesaban los dinosaurios, el espacio, los coches. A mí me gustaban la purpurina, la moda y todo lo que fuera rosa. Pokémon era lo único de lo que podíamos hablar durante la cena o cuando navegábamos por eBay, —‘oye, falta esta carta’, ‘¿has visto esta otra?”—. Nos llegaban tantos paquetes de Japón, de Estados Unidos…, y a veces tardaban semanas o meses, que cuando llegaban ya ni siquiera recordábamos qué habíamos comprado. Los jueves o los viernes por la noche nos sentábamos juntos y abríamos todos los paquetes». “Era muy divertido”, reconoce, “a veces ni siquiera sabíamos si la tarjeta que esperábamos llegaría de verdad”.
Jolina Gisèle mira hacia un futuro que ya se imagina sin su querida colección: “No quiero seguir estando en el punto de mira durante demasiado tiempo”, insiste. Va a tomarse un año sabático para viajar con sus padres y después, probablemente, empezará una formación relacionada con el marketing y los negocios. Aunque asegura que Pokémon siempre estará en su corazón y que no piensa vender el álbum de su infancia, también sueña con sus próximos planes, esta vez junto a su madre, una apasionada de la moda “muy creativa”: “Sería una marca de moda para ella, sobre todo si vendemos la colección y tenemos dinero para invertir”.
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