Lo primero que se hace en la guerra es derribar los puentes. En la información, los puentes son los periodistas que buscan la declaración experta en vez de la vehemencia excitada. Aquellos periodistas que eran valorados por el rigor que ahora se siente como deslealtad. Porque los puentes han sido detonados con astucia desde las redes sociales, donde se ha alimentado el odio hasta lograr naturalizar que el “periodista” debe ser el defensor que custodia tu propio prejuicio. Como resultado, aquellos que se sienten más libres gritando «es mi opinión» son los más manipulables, pues consumen la actualidad cual guerra de buenos muy buenos y malos muy malos. Sin matices. Sin contextos. Con solo una corriente de opinión a la que plegarse.
Así las tertulias han ido comiendo espacio a la información pura y dura. Se ha pasado de entrevistar a expertos a aplaudir animadores de bandos previsibles. Todo queda reducido a son de los míos o son de los contrarios. La entonación épica se ha propagado con fuerza también por las televisiones, incluida la televisión pública. Los presentadores son opinadores más que comunicadores. Y la terminología epopéyica -siempre retrógrada- ha adelantado a la serenidad que daba credibilidad a los periodistas, con ideales que no es lo mismo que sometimientos ideológicos.
Estamos en la edad de oro de la comunicación histriónica para retener la atención. Hasta que enciendes, por ejemplo, El Objetivo de Ana Pastor y descubres que continúa existiendo la antítesis de la monserga: el periodismo real, el periodismo que pregunta a expertos, que conecta con la calle sin necesidad de ponerse por delante de los protagonistas de la noticia. Unos contracorrientes, vamos. Contracorrientes del ruido enganchado a las opiniones cortas envueltas en efectismos largos. El periodismo que debería ser lo habitual se acerca a la excepción, pues da la sensación de que la audiencia mayoritaria lo castiga. Porque ansiamos ganar nuestra pelea más que aprender del contexto, la perspectiva, la pregunta y la repregunta. Ana Pastor lo ha hecho desde su etapa en TVE. Nunca ha necesitado dar sermones para informar. Su prioridad ha sido preguntar para que el espectador extraiga sus propias conclusiones con los datos a toda pantalla. Impulsó Los Desayunos de TVE y, después, introdujo en una cadena privada un formato de televisión pública con la combinación de la entrevista y la verificación. Sin demasiadas estridencias.
Pero hoy nos sabe a poco la información veraz entre tanta estridencia. Queremos proclamas, queremos sentir que vencemos cuando en esta realidad perdemos todos. Porque somos más dóciles sumidos en el revanchismo disfrazado de noticia. La irritación es un efecto boomerang que se traduce en miedos. Miedos que paralizan hasta conseguir que piensen otros por nosotros mientras creemos que pensamos por nosotros mismos. Incluso mientras nos creemos los más listos del lugar. No importa el qué, importa quién. Mutamos nuestro posicionamiento dependiendo de si sentimos al protagonista de cada información de los nuestros o de los opuestos. Y, para más inri, cancelamos a los que mantienen el superpoder de la conciencia crítica. Los discrepantes son automáticamente gentes de la que desconfiar y son lanzados a los leones del hate. Porque los puentes sociales van siendo tumbados. Ahí empieza la autocracia, en las islas de deshumanización.
La salud democrática que crece en la empatía entre los divergentes va quedando arrasada por la vehemencia conspiranoica que saca pecho. Hasta se aplaude al que denigra. Porque vamos naturalizando el insulto, a la de derecha y a la izquierda. Es el mundo al revés, que deja en evidencia el lenguaje cotidiano. Y que hay que subrayar con la palabra cordial. La palabra argumentada desde la duda como camino más sabio para encontrar certezas reales. Nos leerán menos, nos escucharán menos, nos verán menos ahora. Pero alguien tendrá que intentarlo por el presente que tenemos por delante. O el desprecio, de donde siempre nació la opresión, volverá a arrasar con ayuda de estos agotadores tiempos hiperconectados. Tiempos de tensión narrativa más que de información honesta.
La información ha sido devorada por el reality show.
Lo primero que se hace en la guerra es derribar los puentes. En la información, los puentes son los periodistas que buscan la declaración experta en vez de la vehemencia excitada. Aquellos periodistas que eran valorados por el rigor que ahora se siente como deslealtad. Porque los puentes han sido detonados con astucia desde las redes sociales, donde se ha alimentado el odio hasta lograr naturalizar que el “periodista” debe ser el defensor que custodia tu propio prejuicio. Como resultado, aquellos que se sienten más libres gritando «es mi opinión» son los más manipulables, pues consumen la actualidad cual guerra de buenos muy buenos y malos muy malos. Sin matices. Sin contextos. Con solo una corriente de opinión a la que plegarse.
Así las tertulias han ido comiendo espacio a la información pura y dura. Se ha pasado de entrevistar a expertos a aplaudir animadores de bandos previsibles. Todo queda reducido a son de los míos o son de los contrarios. La entonación épica se ha propagado con fuerza también por las televisiones, incluida la televisión pública. Los presentadores son opinadores más que comunicadores. Y la terminología epopéyica -siempre retrógrada- ha adelantado a la serenidad que daba credibilidad a los periodistas, con ideales que no es lo mismo que sometimientos ideológicos.
Estamos la edad de oro de la comunicación histriónica para retener la atención. Hasta que enciendes, por ejemplo, El Objetivo de Ana Pastor y descubres que continúa existiendo la antítesis de la monserga: el periodismo real, el periodismo que pregunta a expertos, que conecta con la calle sin necesidad de ponerse por delante de los protagonistas de la noticia. Unos contracorrientes, vamos. Contracorrientes de los enganchados a las opiniones cortas envueltas en efectismos largos. El periodismo que debería ser lo habitual ya no solo es un puñado de excepciones, también la audiencia mayoritaria da la sensación que lo castiga. Porque ansiamos ganar nuestra pelea más que aprender de la perspectiva que intenta entender a través del contexto, la pregunta y la repregunta. Ana Pastor lo ha hecho desde su etapa en TVE. Nunca ha necesitado dar sermones para informar. Su prioridad ha sido preguntar para que el espectador extraiga sus propias conclusiones con los datos a toda pantalla. Impulsó Los Desayunos de TVE y, después, introdujo en una cadena privada un formato de televisión pública con la combinación de la entrevista y la verificación. Sin demasiadas estridencias.
Pero hoy nos sabe a poco la información veraz. Queremos proclamas, queremos sentir que vencemos cuando en esta realidad perdemos todos. Porque somos más dóciles sumidos en el revanchismo disfrazado de noticia. La irritación es un efecto boomerang que se traduce en miedos. Miedos que paralizan hasta conseguir que piensen otros por nosotros mientras creemos que pensamos por nosotros mismos. Incluso mientras nos creemos los más listos del lugar. No importa el qué, importa quién. Mutamos nuestro posicionamiento dependiendo de si sentimos al protagonista de la información de los nuestros o de los opuestos. Y, para más inri, cancelamos a los que mantienen el superpoder de la conciencia crítica. Los discrepantes son automáticamente gentes de la que desconfiar y son lanzados a los leones del hate. Porque los puentes sociales van siendo tumbados.
La salud democrática que crece en la divergencia va quedando arrasada por la vehemencia conspiranoica que saca pecho. No se coarta ni siquiera en insultar al que se sale del carril de su pensamiento. Porque también vamos naturalizando el insulto, a la de derecha y a la izquierda. Es el mundo al revés, que deja en evidencia el lenguaje cotidiano. Y que hay que subrayar con la palabra cordial. La palabra argumentada desde la duda como camino más sabio para encontrar certezas reales. Nos leerán menos, nos escucharán menos, nos verán menos ahora. Pero alguien tendrá que intentarlo por el presente que tenemos por delante. O el desprecio de donde siempre nació la opresión volverá a arrasar con ayuda de estos agotadores tiempos hiperconectados. Tiempos de tensión narrativa más que de información honesta.
20MINUTOS.ES – Televisión
