Kathleen Belew, historiadora estadounidense: «Bajo la Administración Trump, Estados Unidos está ensayando políticas de corte fascista»

La académica y autora de ‘Traed la guerra a casa’ alerta de que el ‘trumpismo’ ha legitimado a un movimiento violento de extrema derecha hasta acercarlo al corazón del poder estadounidense Leer La académica y autora de ‘Traed la guerra a casa’ alerta de que el ‘trumpismo’ ha legitimado a un movimiento violento de extrema derecha hasta acercarlo al corazón del poder estadounidense Leer  

Cuando una turba asaltó el Capitolio el 6 de enero de 2021, Kathleen Belew llevaba años alertando del auge del movimiento supremacista blanco. La historiadora rastrea sus orígenes hasta los años 70, cuando el desencanto provocado por la derrota estadounidense en Vietnam alimentó a grupos de extrema derecha que aspiraban a derrocar al Gobierno federal e instaurar un régimen supremacista blanco.

En Traed la guerra a casa (ed. Capitán Swing), esta profesora de la Universidad Northwestern reconstruye cómo organizaciones hasta entonces dispersas, desde el Ku Klux Klan hasta los grupos neonazis, fueron articulando un movimiento que durante décadas permaneció en los márgenes y que hoy ha ganado legitimidad institucional bajo Donald Trump. Su influencia y el futuro del movimiento están también en juego en las elecciones legislativas de este martes, en las que los republicanos aspiran a conservar el control del Congreso.

Usted escribió su libro antes del asalto al Capitolio, el 6 de enero de 2021. Echando la vista atrás, ¿había indicios en su investigación que los estadounidenses no supieron tomarse en serio?
El libro refleja un punto de vista anterior al regreso del movimiento supremacista blanco a la primera línea de la política estadounidense. Buena parte del libro me la paso agitando los brazos y diciendo: «¡Eh, todo el mundo, mirad esto! ¡En algún momento va a estallar!». Dicho esto, no tenía ni idea de lo rápido que podía producirse este resurgimiento [de la violencia] ni de la magnitud que alcanzaría. Ver el asalto al Capitolio fue estremecedor, aunque no me sorprendiera especialmente. Como historiadora, fue un momento muy emotivo.
¿Hasta qué punto malinterpretamos la violencia política al fijarnos en quien comete el atentado y no en el movimiento que moldea su visión del mundo?
En el movimiento del poder blanco existe una tendencia a presentar a sus integrantes como «lobos solitarios», individuos aislados o unas pocas manzanas podridas. Todo ello nos impide entender esta violencia como parte de un movimiento social interconectado. El «lobo solitario», en concreto, es una estrategia del propio movimiento supremacista blanco. Se recurre deliberadamente a esta figura para presentar a los autores como personas sin vínculos entre sí, eludir la justicia y evitar que los informantes de las autoridades federales desmantelen los grupos. El resultado es una sucesión de noticias sobre actos aparentemente aislados, sin que se establezcan conexiones entre ellos. En Estados Unidos, por ejemplo, pensamos en el atentado contra la sinagoga Tree of Life o el tiroteo en un Walmart de El Paso como ataques antilatinos o antisemitas, respectivamente. Y se nos escapa que sus autores eran pistoleros supremacistas blancos que compartían armas, manifiestos, planes tácticos y contactos entre sí.
Como explica en su libro, tras la guerra de Vietnam arraigó con fuerza en la extrema derecha la idea de que los soldados estadounidenses habían sido traicionados y de que no les habían permitido ganar la guerra. ¿Surge un relato similar de traición en torno al conflicto con Irán? ¿Quién ocupa esta vez el papel del traidor: el propio Trump, Israel o los demócratas?
La relación entre las posguerras y la violencia del movimiento del poder blanco es sostenida y también compleja. Si miramos el Ku Klux Klan, vemos repuntes de su actividad que coinciden con el final de cada gran operación de combate estadounidense. Ahora bien, el relato adopta formas distintas según la narrativa del conflicto, quién gobierna, etcétera. En Vietnam se trata de la traición del Estado y de la idea de que no les dejaron ganar. Pero ese mismo relato también se utiliza durante la presidencia de Reagan, que en esa época dice cosas parecidas sobre Vietnam. Es decir, no son excluyentes: puede darse a la vez un momento de posguerra que envalentona al movimiento y un actor afín en la Casa Blanca. Cómo se materializa eso depende más de la ventana de la percepción de que existe una oportunidad política y de si creen que hay espacio para usar medios legítimos en lugar de la violencia clandestina. En Traed la guerra a casa escribo sobre el momento, en 1983, en que deciden: la política nunca nos dará lo que queremos, tenemos que hacer una revolución. Esa vía política ya no está cerrada. Ahora vemos mucho más activismo a cara descubierta: activistas supremacistas blancos que salen elegidos para cargos públicos o que hacen de seguridad en actos de campaña republicanos. Es una actividad abierta, que ya no exige pasar a la clandestinidad, aunque unos pocos siguen preparándose en la sombra para la guerra. Con Irán creo que es pronto para ver cómo se va a decantar. Desde luego, mucha gente que estaba en el USS Lincoln, el buque mal abastecido, tiene un agravio legítimo contra el Estado. Y a veces esos agravios desembocan en extremismo.
Esta Administración ha recuperado para el Pentágono el nombre de Departamento de Guerra. ¿Qué le dice a una historiadora de la violencia política que un Estado decida definirse en términos de guerra?
Estados Unidos está ensayando políticas de corte fascista en distintos ámbitos. Abraza la guerra como instrumento de movilización política. Promueve una imagen hipermasculinizada del soldado. Y, precisamente el mes pasado, se anunció que habrá ejecuciones retransmitidas en directo por televisión. Todo esto constituye una serie de rasgos propios de un Estado autoritario.
Su libro también aborda cómo las armas y la cultura militar de Vietnam terminaron incorporándose al movimiento supremacista blanco. ¿Qué tecnologías de las guerras actuales -sé que es pronto para hablar de Irán, pero pensemos al menos en Ucrania- podrían acabar en manos de los veteranos que regresan a casa? ¿Y cómo podrían utilizarlas los grupos extremistas?
Muy buena pregunta. Uno de los rasgos de la guerra de Ucrania ha sido el protagonismo de los drones. Es una tecnología muy accesible en Estados Unidos, no siempre armada, pero sí de uso personal. Será interesante ver cuándo y cómo llegan esas tecnologías al territorio nacional y si acaban teniendo aplicaciones militares. Me imagino a grupos del poder blanco aprovechando esas ideas.
De cara a estas legislativas, Trump ha prometido 5.000 dólares a los estadounidenses si su partido conserva la mayoría en el Congreso. ¿Vincular un beneficio material a un resultado electoral es una nueva forma de clientelismo?
Sin duda, que un presidente en ejercicio prometa pagos a cambio de resultados electorales para su partido no tiene precedentes en la era moderna. Tampoco los tiene que use dinero federal para financiar anuncios de campaña. Tomado en conjunto, que es como animo a mirar a la Administración Trump, el cuadro completo es el de alguien que no se considera sometido a las leyes y normas de una democracia constitucional. Y eso debería preocupar a todos.
¿Qué pasa con la legitimidad democrática cuando quienes están en el poder manipulan las reglas electorales para protegerse?
El descontento con la política y la desconfianza hacia el Estado son, sin duda, factores de radicalización y extremismo. Y hemos visto muchas señales de ese descontento en el electorado, no en los extremos, sino en la corriente mayoritaria. Hay mucho mensaje político que se sale de lo que habría sido una elección bipartidista normal incluso hace una década. La gente está pensando en ideas distintas y en ir más allá de las normas de otras maneras. Es interesante. Es difícil saber desde aquí cómo van a encajar las piezas, pero estamos muy lejos de la normalidad en la política estadounidense.
MAGA ha pasado de ser una facción insurgente a convertirse en la fuerza dominante del Partido Republicano, con Trump en el centro, convertido en una figura casi sacralizada. ¿Cómo podemos distinguir el ‘trumpismo’, entendido como un liderazgo personalista, de MAGA como movimiento institucionalizado? ¿Y qué elementos cree que sobrevivirán a Trump?
El 6 de enero es un buen ejemplo para analizarlo. Aquel día estaba la base trumpista, que se movilizó porque quería que Trump siguiera en el poder. Estaba el propio Trump, azuzando los ánimos. Y había también un pequeño grupo de activistas supremacistas blancos, que representaba una proporción mínima de la multitud, pero que encabezó el asalto al Capitolio. Llegaron con equipo táctico y un plan: hablaban de llevar armas al Capitolio, localizar a los legisladores y tomar represalias contra ellos. MAGA engloba posiciones muy diversas. En un extremo están quienes simplemente sienten devoción por Trump; en el otro, personas frustradas y violentas que pueden acabar siendo captadas por grupos supremacistas blancos. El 6 de enero también demuestra que un episodio así puede radicalizar de inmediato a algunas personas, pero también hacer que otras den un paso atrás y piensen: «Esto es mucho más violento de lo que estoy dispuesto a aceptar». Me parece una forma esperanzadora de verlo. Qué será de esta coalición cuando Trump deje el poder es una incógnita. Hay margen tanto para una mayor radicalización como para que parte de sus integrantes se aleje del movimiento.
¿Hasta qué punto es hoy MAGA una amenaza real para la democracia estadounidense? ¿Y cuánto de esa amenaza viene del movimiento en sí y cuánto de los políticos republicanos que lo han abrazado?
La democracia estadounidense está amenazada desde todos los flancos. El propio Trump, con su desprecio declarado por la ley, es una amenaza directa para la democracia, y lo vemos cada día. De las cosas por las que me acaba de preguntar habrá una lista nueva mañana. Luego está MAGA en sí. Si MAGA funciona como movimiento político, forma parte de nuestra democracia. Pero si intenta suprimir los derechos democráticos de otros, es una amenaza. Tenemos que prestar atención al auge del nacionalismo cristiano, que en muchos casos busca ahora limitar los derechos democráticos de las mujeres, de los no cristianos y de quienes no se ajustan a los valores bíblicos. Y también hay que pensar cuánto de MAGA es un movimiento electoral y cuánto un movimiento cultural. Todo son piezas en movimiento. Es una época de locos para ser historiadora: hay muchísimas cosas cambiando ante nuestros ojos.
Es difícil predecir lo que pasará el 3 de noviembre, pero ¿qué supondría una victoria republicana para Estados Unidos en su estado actual?
Sinceramente, depende de demasiados factores para aventurarlo. Cuando Trump está contra las cuerdas, como lo estaría tras una derrota republicana en las legislativas, a veces eso le hace rendir más cuentas ante las leyes y normas de la sociedad democrática. Y otras veces le ha llevado a reaccionar de forma imprevisible. Lo interesante es lo que pasa sobre el terreno, en las comunidades donde se está organizando la gente. Vivo en Chicago y conozco a gente de aquí, Minneapolis y otras ciudades que han sufrido intensas redadas del ICE. Ha habido una enorme organización política de base, incluso entre quienes nunca habían votado. Ver cómo el impacto de estas políticas une a las comunidades es la otra historia a la que hay que estar atentos en las urnas.

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