¿Quién será el Walmart de la IA?

Las grandes revoluciones tecnológicas rara vez enriquecen a quien las construye. Los efectos de segundo (y tercer) orden Leer Las grandes revoluciones tecnológicas rara vez enriquecen a quien las construye. Los efectos de segundo (y tercer) orden Leer  

En julio de 1999, en plena euforia puntocom, Warren Buffett subió al escenario de la conferencia de Allen & Company en Sun Valley. Allí recordó que en los albores del automóvil llegó a haber unas 2.000 empresas fabricantes en Estados Unidos. El coche fue probablemente el invento más importante de la primera mitad del siglo XX. Sobrevivieron tres compañías.

El gran ganador no fue Ford ni General Motors, sino… Walmart. Una tienda de Arkansas que nunca habría existido sin el coche. Es lo que los economistas llaman un efecto de segundo orden.

El coche creó las afueras, y las afueras crearon las grandes superficies. Según Morgan Stanley, quien invirtió en Walmart en 1980 multiplicó su dinero por más de 1.600 en 2020: unas 70 veces más que con Ford.

La historia se repite con una regularidad casi cruel. Cuando una tecnología es a todas luces transformadora, como el ferrocarril, la electricidad o internet, atrae cantidades ingentes de capital. Sobra capacidad, caen los precios, se estrechan los márgenes y el gran beneficiado es el consumidor. ¿Y el inversor? Atrapado en la burbuja.

El ejemplo más reciente es la fibra óptica. A finales de los 90, las operadoras se endeudaron para cablear el planeta, convencidas de que la demanda de internet iba a explotar de inmediato. Explotó, pero años después, entre 2000 y 2002, el sector perdió unos dos billones de dólares en bolsa.

Cuatro meses después, una pequeña empresa que alquilaba DVD por correo salió a bolsa a 15 dólares por acción. Ese año perdió unos 22 millones. Se llamaba Netflix. Quien invirtió en su salida a bolsa ha multiplicado su dinero por 650.

La fibra no desapareció. Se vendió a precio de saldo y se convirtió en la autopista barata por la que después circularon Amazon, YouTube o la propia Netflix.

Amazon, Microsoft, Alphabet y Meta invertirán este año entre 720.000 y 745.000 millones de dólares, la mayor parte en inteligencia artificial (IA). Con lo que estas cuatro compañías gastan en dos años se podría comprar el Ibex 35. Entero. Y lo gastan en chips que no envejecen como las catedrales, sino como los móviles.

Hagamos la cuenta de un inversor, siguiendo el ejemplo de mi compañero Ignacio de la Torre. A finales de 2030 se habrán invertido en IA unos 6 billones de dólares. Para que esa inversión rinda un 10% anual, debería generar unos 600.000 millones de dólares de beneficio operativo al año. Cada año.

¿Cuánto es eso? Nvidia, la gran ganadora de esta carrera, ganó 120.000 millones en su último ejercicio fiscal completo. Hacen falta cinco Nvidias. O que cada habitante del planeta, bebés incluidos, genere unos 75 dólares de beneficio al año para la industria de la IA.

Si los modelos acaban siendo intercambiables, la IA será como la electricidad: imprescindible, pero al alcance de todos. Y la electricidad tardó décadas en disparar la productividad, porque no bastó con cambiar el motor de vapor por uno eléctrico: hubo que rediseñar la fábrica entera.

Un dato para calibrar la paciencia: Walmart abrió su primera tienda en 1962, más de medio siglo después de que el Ford T empezara a llenar las carreteras. Hoy todo va más rápido, pero la lógica es la misma: es probable que el Walmart de la IA todavía no exista. Será un negocio construido desde cero alrededor de la nueva tecnología, no una empresa de siempre con un chatbot añadido.

Usar IA no será una ventaja, como no lo es tener electricidad. La ventaja será combinarla con algo que los demás no puedan copiar: escala, datos propios o la confianza de los clientes.

Hay una derivada más, de tercer orden, que no aparece en ninguna cuenta de resultados: las consecuencias que nadie buscaba y que terminan alterando nuestros hábitos y nuestras relaciones. En España, una de cada cinco personas sufre soledad no deseada, y entre los jóvenes de 18 a 24 años la cifra supera un tercio. la soledad no deseada tiene un coste estimado de 14.141 millones de euros al año, el 1,17% del PIB.

En Estados Unidos, el 72% de los adolescentes ha usado un compañero de IA, y un tercio de ellos ha preferido hablar de algo serio con una máquina antes que con una persona.

La IA está siempre disponible, nunca se cansa y casi nunca te lleva la contraria. Por eso es tan cómoda. Pero las relaciones humanas se construyen con lo contrario: paciencia, incomodidad y el esfuerzo de entender a alguien que no piensa como tú. Cada duda que antes resolvía un compañero y cada conversación en la barra de un bar pueden acabar en una pantalla.

El coche nos dio Walmart, y también barrios donde los vecinos dejaron de cruzarse.

La IA nos hará más productivos y traerá negocios revolucionarios y muy rentables. Pero, mientras intentamos calcular quién será el próximo Walmart, quizá estemos pasando por alto las consecuencias de esta revolución que acabarán transformando nuestra forma de vivir.

* Adrián Rubio es COO de la División de Gestión de Activos de Arcano Partners

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