Sanae Takaichi ha logrado devolver la atención pública a una política que durante años fue percibida como gris Leer Sanae Takaichi ha logrado devolver la atención pública a una política que durante años fue percibida como gris Leer
En el escaparate de una tienda de marroquinería en Ginza, el barrio del lujo de Tokio, cuelga un cartel que anuncia que el bolso negro de cuero modelo Grace Delight Tote, de la firma japonesa Hamano, está agotado. Cuesta alrededor de 750 euros y la lista de espera supera los tres meses. «El problema es que es el bolso que siempre lleva la primera ministra, Sanae Takaichi. Antes lo compraban sobre todo mujeres de mediana edad con alto poder adquisitivo. Ahora lo piden muchas chicas jóvenes», explica el encargado.
El escaparate resume mejor que cualquier encuesta uno de los fenómenos políticos más insólitos que ha vivido Japón en décadas. Takaichi, la dirigente conservadora de 64 años que arrasó el domingo en las elecciones generales, ha desencadenado entre los jóvenes una ola de entusiasmo que mezcla admiración política, fascinación estética y devoción casi pop.
En redes sociales lo llaman sanakatsu —algo así como «sanaemanía»— y se manifiesta en detalles aparentemente triviales: los bolígrafos rosas con los que firma documentos oficiales, convertidos en objeto viral; vídeos de ella tocando la batería que circulan como memes; incluso pequeñas peregrinaciones a su ciudad natal, Nara, para probar sus platos favoritos.
Nada de esto encaja con la imagen tradicional de un primer ministro japonés. En un país donde los líderes solían esforzarse por pasar desapercibidos, Takaichi ha logrado lo contrario: devolver la atención pública a una política que durante años fue percibida como gris, jerárquica y previsible. En esa capacidad para generar entusiasmo reside también parte de la explicación de su contundente victoria electoral del domingo, que permitió a la coalición liderada por el Partido Liberal Democrático (PLD) recuperar la mayoría parlamentaria.
Las encuestas revelan un dato que ha desconcertado a los analistas: en un país donde la participación juvenil ha sido históricamente baja, el apoyo a Takaichi entre los menores de 30 años alcanza niveles inusuales, rondando el 90%. En enero, durante las ceremonias de mayoría de edad que celebran millones de jóvenes japoneses, circularon en redes centenares de fotos de asistentes disfrazados como la primera ministra, imitando su peinado, su vestimenta e incluso su manera de hablar.
«Mis padres llevan años diciendo que nada cambia en Japón, que todo es lento y burocrático. Cuando escucho los discursos de Takaichi, me da la impresión de que al menos alguien hablaba de tomar decisiones rápidas y apostar por la tecnología y la industria», afirma Haruto, estudiante de ingeniería de 22 años, a la salida de un colegio electoral en el barrio tokiota de Roppongi.
«Es la primera vez que voto y tenía claro que lo haría por ella. Takaichi aparece mucho en redes y habla de temas reales que afectan a la gente, lejos de ese club de hombres mayores y ricos que siempre ha gobernado este país», opina Kento, programador de 27 años.
Parte del magnetismo de la primera ministra, sostienen algunos analistas, proviene de una biografía que encaja bien con el relato meritocrático que seduce en un país acostumbrado a líderes procedentes de dinastías políticas. Takaichi creció en Nara, lejos de los centros de poder de Tokio, en una antigua capital rodeada de montañas donde los ciervos deambulan entre templos y parques. Su padre trabajaba en una fábrica de autopartes y su madre era administrativa en la Policía.
En su juventud conducía una moto Kawasaki y tocaba la batería en una banda de heavy metal inspirada en Iron Maiden. Antes de entrar en política, pasó nueve meses en Washington como colaboradora del equipo de Patricia Schroeder, congresista demócrata que llegó a considerar su candidatura a la presidencia de Estados Unidos.
Se define como adicta al trabajo y cita a Margaret Thatcher como su gran referente. Tras asumir el cargo el pasado otoño, prometió «trabajar, trabajar, trabajar, trabajar y trabajar», una frase que acabó siendo elegida como expresión del año en Japón.
Sin embargo, sus posiciones políticas están lejos del feminismo predominante en otras democracias. Takaichi se opone al matrimonio entre personas del mismo sexo, defiende modelos familiares tradicionales y ha sido criticada por minimizar la necesidad de reformas estructurales en materia de igualdad.
Cuando declaró que podía dormir apenas dos o cuatro horas por noche mientras cuidaba de su marido enfermo, algunas activistas la acusaron de reforzar estereotipos de sacrificio femenino. Para ciertos politólogos, encarna una paradoja: una mujer que ha alcanzado la cima del poder en un sistema dominado por hombres y que, al mismo tiempo, respalda estructuras profundamente machistas.
Su vida personal también ha atraído la atención pública. Se ha casado dos veces con el mismo hombre, el ex legislador Taku Yamamoto, y tiene tres hijastros. Ella misma ha contado que, cuando el estrés aprieta, se sienta en casa a tocar la batería eléctrica.
En el terreno político, Takaichi abraza una visión marcadamente nacionalista del futuro de Japón, incluso más acentuada que la de su mentor, el ex primer ministro Shinzo Abe, asesinado en 2022. Su mensaje gira en torno al resurgimiento del país como potencia, con mayor gasto en defensa y una política económica que combina recortes fiscales con un fuerte impulso al gasto público.
«Creo que a muchos jóvenes nos atrae que no pida disculpas por hablar de orgullo nacional. Quizá a generaciones mayores eso les incomoda, pero para nosotros es una forma de decir que Japón todavía puede tener ambición», afirma Ren, periodista de 25 años. «Takaichi habla de recuperar el orgullo y de tener una visión más clara del papel de Japón en el mundo. Esa idea conecta con una generación que ha crecido escuchando que todo iba mejor antes», añade Daichi, enfermera de 36 años.
No todos comparten ese entusiasmo. «Entiendo la atracción hacia Takaichi porque es un perfil diferente en una política japonesa que siempre ha sido muy aburrida. Pero la realidad es que muchas de sus propuestas suenan más a eslóganes radicales que a soluciones prácticas», critica Kenta, profesor de sociología.
«La política japonesa siempre ha sido conservadora, y siento que Takaichi representa una vuelta atrás en muchos temas. Además, da la impresión de que cree que los problemas económicos se solucionarán cerrando la puerta a la inmigración, cuando lo que necesitamos son más trabajadores por el envejecimiento de la población», afirma Daigo, jubilado de 72 años.
Durante la campaña, el equipo de Takaichi guardó silencio sobre los vínculos de la líder con la polémica Iglesia de la Unificación, un grupo religioso conocido por sus bodas masivas y por las fuertes donaciones que exige a sus fieles. Diversos medios japoneses han señalado que la primera ministra participó en actos de organizaciones vinculadas a este movimiento, que volvió al centro del debate público tras el asesinato de Abe, cuyo autor afirmó haber actuado por el resentimiento hacia la Iglesia.
Entre el bolso agotado en Ginza y los vídeos virales de una primera ministra tocando la batería, la figura de Takaichi se mueve en un territorio nuevo para la política japonesa, a medio camino entre el liderazgo ultraconservador y el fenómeno cultural. Su ascenso revela el cansancio de una sociedad que durante mucho tiempo ha sentido que el país avanzaba a cámara lenta.
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