De un fondo negro emerge la belleza, una ráfaga arcoíris de flores de todos los tamaños. Las hay pequeñas y de pocos pétalos, así como floripondios que se elevan sobre las demás. La pintura Bodegón con alcachofas, flores y recipientes de vidrio fue creada por Juan van der Hamen (1596-1631) en 1627, y durante todos estos siglos ha aportado su alegría a los muros en los que se ha colgado el lienzo —ahora en el Museo del Prado—. Se trata de otro jardín eterno, si es que hay algo que pueda gozar de esa categoría superba, compuesto por una buena cantidad de especies vegetales.
El artista parea en esta obra expuesta en el Museo del Prado la mayoría de los tonos y de las especies para crear un efecto armónico muy hermoso. Hay tulipanes, lirios, bolas de nieve y un par de las verduras que prestan su nombre al cuadro
El artista parea en esta obra expuesta en el Museo del Prado la mayoría de los tonos y de las especies para crear un efecto armónico muy hermoso. Hay tulipanes, lirios, bolas de nieve y un par de las verduras que prestan su nombre al cuadro


De un fondo negro emerge la belleza, una ráfaga arcoíris de flores de todos los tamaños. Las hay pequeñas y de pocos pétalos, así como floripondios que se elevan sobre las demás. La pintura Bodegón con alcachofas, flores y recipientes de vidriofue creada por Juan van der Hamen (1596-1631) en 1627, y durante todos estos siglos ha aportado su alegría a los muros en los que se ha colgado el lienzo —ahora en el Museo del Prado—. Se trata de otro jardín eterno, si es que hay algo que pueda gozar de esa categoría superba, compuesto por una buena cantidad de especies vegetales.
Una de ellas presta su nombre a la obra, honor que corresponde al par de alcachofas (Cynara scolymus) que yacen sobre la alacena pétrea. Se acompañan de una de sus hojazas, dividida en una multiplicidad de lóbulos muy ornamentales. Las alcachofas reposan a los pies de un delicado jarrón de cristal lleno de agua, de la cual beben el resto de las flores cortadas. Si se observa el tallo de la alcachofa de la izquierda, se notará que tiene un pequeño desgarro: la navaja con la que se cortó no terminó de seccionar del todo la vara, y la mano recolectora apalancó ligeramente la alcachofa para separarla por completo de la planta. En ella también se aprecia cómo varias de sus brácteas —las hojas verdes que recubren la inflorescencia— tienen alguna pequeña magulladura, debido a la manipulación de la persona que la recogió, o quizás a manos del propio pintor.

Pero la gran protagonista del cuadro es la masa de colores que aporta el florero en el que se han dispuesto los tulipanes (Tulipa cv.), los lirios (Iris × germanica) y las bolas de nieve (Viburnum opulus var. roseum). Son las que tienen mayor tamaño en la composición, y generan el marco en el cual se asientan el resto de las flores menudas. Todas ellas son perfectamente reconocibles, dado el alto grado de realismo que Van der Hamen aplicó a cada una.
Además, el artista ha pareado una gran mayoría de los tonos y de las especies, para crear un efecto armónico muy hermoso: hay dos tulipanes amarillos, dos tulipanes rojos, dos lirios morados, dos bolas de nieve blancas. Asimismo, también hay un juego de pares con la masa amarilla de alhelíes amarillos (Erysimum × cheiri) de la parte izquierda con el trío de francesillas gualdas (Ranunculus asiaticus var. plena) del lado derecho del ramo, y todavía se podrán encontrar más conexiones de este tipo.

Van der Hamen, al igual que otros artistas amantes de la botánica, tenía sus preferencias a la hora de retratar las flores, y bien se podría decir que todo este ramo incluye a muchas de sus grandes favoritas. La bola de nieve, confundida a veces con una hortensia (Hydrangea macrophylla) de inflorescencia blanca, pende de otros bodegones del artista, que debía gozar de este arbusto tan fascinante en algún jardín cercano a su taller madrileño. Otra de sus habituales son los narcisos del poeta (Narcissus poeticus), de tépalos blancos y corona central amarilla y roja, aquí descritos con su correcto despliegue de estambres.
A la derecha del todo, al lado de un plato de porcelana con cerezas, otro florero de vidrio verdoso compite con la fragancia de los narcisos y lirios al albergar una vara floral de gayomba o retama de olor (Spartium junceum) y varias rosas de mayo (Rosa × centifolia). Cualquier estancia en la que se colocara este ramillete quedaría impregnada del dulzor de su perfume.

Desde luego, con esta obra del Museo del Prado de vibrantes colores se podría inaugurar la primavera, que ya se siente a cada parpadeo.
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