Activos reales en tiempos de turbulencia: la disciplina como refugio

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La geopolítica ha vuelto a recordar algo que los mercados tienden a olvidar: la economía global depende de infraestructuras físicas muy reales.

Las tensiones en Oriente Medio han presionado de nuevo los precios de la energía, mientras resurgen presiones inflacionistas que parecían moderarse y las perspectivas de crecimiento global muestran señales de desaceleración. Estos episodios recuerdan hasta qué punto la estabilidad energética, las infraestructuras críticas y las cadenas logísticas se han convertido en factores estratégicos para la economía global.

En este contexto, con inflación elevada, crecimiento más débil y episodios de volatilidad, muchos inversores vuelven a plantearse la misma pregunta: cómo proteger y diversificar las carteras sin renunciar a generar valor a largo plazo.

En este nuevo ciclo, los activos reales vuelven a ocupar un lugar central en la construcción de carteras. Durante los últimos años el fuerte comportamiento de las bolsas ha concentrado gran parte de la atención inversora. Entre 2023 y 2025 los mercados globales registraron un notable ciclo de revalorización impulsado por la liquidez, el crecimiento de beneficios empresariales y el optimismo en torno a nuevas tecnologías.

Sin embargo, muchas valoraciones cotizadas se sitúan en niveles exigentes, lo que incrementa la sensibilidad de los mercados ante shocks externos.

La historia financiera demuestra que los periodos de exuberancia suelen ir seguidos de mayor volatilidad. En estos entornos, los activos vinculados a la economía real recuperan protagonismo para construir carteras más resilientes.

Infraestructuras, energía, logística o real estate comparten una característica clave: están conectados con la economía productiva y generan flujos de caja estables a largo plazo. Este rasgo, unido a su menor correlación con los mercados cotizados, los convierte en una herramienta eficaz para diversificar carteras y amortiguar episodios de volatilidad financiera.

Además, muchos activos reales incorporan protección frente a la inflación. En sectores como infraestructuras o transporte, los ingresos suelen estar ligados a contratos de largo plazo o marcos regulatorios que permiten ajustar tarifas a la evolución de los precios.

Pero más allá de su función defensiva, los activos reales representan una de las principales oportunidades de inversión estructural de la próxima década. El mundo afronta una transformación profunda de sus infraestructuras físicas y digitales. La transición energética, la electrificación de la economía, el crecimiento de los centros de datos y la reorganización de las cadenas de suministro están generando necesidades de inversión sin precedentes.

La expansión de la inteligencia artificial es un buen ejemplo. El desarrollo de modelos más potentes está multiplicando la demanda de centros de datos, redes digitales y energía eléctrica, reforzando el papel de las infraestructuras como columna vertebral de la economía digital.

Una parte significativa de esta inversión deberá proceder del capital privado, ya que los elevados niveles de deuda pública limitan la capacidad de los gobiernos para financiar por sí solos la modernización de infraestructuras. Esto abre espacio para la colaboración público-privada y para el papel de los inversores institucionales.

Las oportunidades son especialmente visibles en tres ámbitos. El primero es la transición energética, donde el aumento de la demanda eléctrica exige acelerar el despliegue de generación renovable, almacenamiento y redes. El segundo es el desarrollo de infraestructuras digitales -centros de datos, redes de fibra o torres de telecomunicaciones-, cimientos de la economía digital. El tercero es el transporte y la logística, impulsados por la reorganización de las cadenas de suministro y el fenómeno del nearshoring.

Junto a estas transformaciones, el sector inmobiliario sigue siendo relevante dentro de los activos reales. En España, el mercado residencial mantiene una fuerte tensión entre oferta y demanda, impulsada por el crecimiento demográfico, la inversión internacional y la limitada disponibilidad de vivienda nueva.

Sin embargo, el atractivo de los activos reales no debe interpretarse como una invitación a relajar la disciplina inversora. La abundancia de capital en los mercados privados obliga a ser más selectivos que nunca.

En un entorno donde la volatilidad puede aumentar, el verdadero alfa no provendrá de asumir más riesgo, sino de mantener una aproximación rigurosa: seleccionar proyectos sólidos, trabajar con gestores especializados y analizar en profundidad cada inversión.

En un momento en que los mercados vuelven a enfrentarse a un entorno incierto, mirar hacia los activos reales no es solo una estrategia defensiva. Es también una forma de invertir en la economía que sostiene el crecimiento y en las infraestructuras que marcarán el desarrollo de las próximas décadas.

Manuel Mendíviles CIO y CEO División de Gestión de Activos de Arcano Partners.

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