Llegan las esperadas vacaciones. Llega también ese viaje con amigos que se lleva preparando meses y para el que se ha estado ahorrando. Pero nada sale como estaba pensado. Esa semana de desconexión acaba convirtiéndose en un infierno: discusiones, reproches y relaciones que, de repente, penden de un hilo. Siempre se ha dicho que la convivencia mata amistades, pero no siempre esa es la razón principal. El dinero también puede ser una fuente de problemas: se cuestiona lo que se gasta, lo que se deja de hacer, lo que se tiene que pagar por culpa de otro e incluso hay veces en las que las personas pueden sentir que se les deja de lado por no tener el mismo nivel adquisitivo.
En este periodo del año se juntan tres factores psicológicos: la presión social, la ruptura de rutinas y una mayor exposición grupal. La comunicación es imprescindible para evitar conflictos o malentendidos indeseados que terminen afectando la relación
Llegan las esperadas vacaciones. Llega también ese viaje con amigos que se lleva preparando meses y para el que se ha estado ahorrando. Pero nada sale como estaba pensado. Esa semana de desconexión acaba convirtiéndose en un infierno: discusiones, reproches y relaciones que, de repente, penden de un hilo. Siempre se ha dicho que la convivencia mata amistades, pero no siempre esa es la razón principal. El dinero también puede ser una fuente de problemas: se cuestiona lo que se gasta, lo que se deja de hacer, lo que se tiene que pagar por culpa de otro e incluso hay veces en las que las personas pueden sentir que se les deja de lado por no tener el mismo nivel adquisitivo.
El viaje de Marina P., de 29 años, y sus amigas el pasado verano a punto estuvo de dinamitar su grupo. “Era la primera vez que salíamos de España todas juntas. Durante la organización comenzaron a surgir las primeras rencillas: había quienes preferían un hotel un poco más caro y mejor situado y quienes les daba igual tener que ir en metro 35 minutos y ahorrarse 20 euros”, explica. Todo se resolvió para beneficiar a ambas partes, pero más problemas llegaron una vez llegaron a París. “Dos de ellas no querían pagar por hacer según qué planes”, añade. A dos días de terminar sus vacaciones, encontraron la solución después de entender que no todas habían planificado aquel viaje de la misma manera ni con el mismo presupuesto: “Acabamos haciendo esos planes por separado para evitar que se rompiese la amistad y para no arruinar el viaje. Al final, todas disfrutamos a nuestra manera y no hubo reproches”.
“En vacaciones se juntan tres factores psicológicos: el aumento de la presión social, ya que el verano está culturalmente asociado a ocio y consumo; la ruptura de rutinas, porque la improvisación y la intensidad del ocio hacen que las diferencias económicas se vuelvan más visibles; y una mayor exposición grupal, porque pasamos más tiempo con amigos y familias y los planes suelen ser compartidos”, subraya la psicóloga Laura Izquierdo. El pasar más tiempo con nuestros seres queridos también implica que las “decisiones económicas se negocien en grupo, donde emergen tensiones y discrepancias”. Según la experta, “muchas personas sienten que admitir una limitación económica puede interpretarse como un fracaso personal o generar vergüenza” y también existe el “miedo a ser percibido como quien pone límites al grupo o estropea los planes”.

Unas vacaciones suponen un desembolso económico extraordinario y habrá quienes puedan permitirse ese gasto y quienes lo hagan a pesar de que ello implique ponerse límites el resto del año. “Muchas personas pueden asumir el esfuerzo económico para no sentir que se quedan fuera del grupo y, a corto plazo, esto alivia la sensación de sentirse diferente”, argumenta Lidia Pereira, psicóloga sanitaria en el Centro de Psicología Victoria Martínez. El problema llega a largo plazo: “Mantener un nivel de gasto que no se ajusta a la realidad genera preocupación por el dinero, estrés y ansiedad. A nivel psicológico no está solo el impacto económico, sino el agotamiento que genera tener que demostrar que perteneces al grupo”.
Las redes sociales son parte del problema. Es donde vemos vidas idílicas y viajes de ensueño que, en ocasiones, distan bastante de la realidad. Entonces empiezan a surgir las comparaciones. “Si se comparten continuamente viajes, restaurantes o experiencias que uno no puede asumir, es fácil interpretar que uno se está quedando atrás. Las redes sociales amplifican este fenómeno porque muestran una versión muy seleccionada del ocio, haciendo parecer que determinados estilos de vida son la norma cuando no necesariamente lo son”, explica Izquierdo. Por su parte, Pereira afirma que “tendemos a evaluar nuestra situación en relación con los demás”: “Cuando observamos que otros pueden hacer todo tipo de planes, ir a festivales, conciertos o grandes viajes, es fácil sentir frustración, culpa o sensación de estar quedándose atrás. Este gran escaparate no siempre refleja la realidad. Lo que vemos solo es una parte de la vida de los demás y no necesariamente refleja su situación económica”.
Otro de los problemas es que se ha normalizado asociar la amistad con el consumo. “Puede hacer que olvidemos que la función principal de la amistad es compartir tiempo y apoyo mutuo, no un determinado nivel de gasto o plan concreto”, apunta Izquierdo. Marina aprendió de aquella experiencia: “Siempre he sido de la opinión de que un viaje se puede organizar teniendo en cuenta las preferencias de todos y que no hace falta hacer sentir mal a las personas o dejarlas de lado por eso. Es un momento de desconexión y no tiene por qué suponer el fin de una amistad de años. Es una cuestión de adaptación y de escucharse todos”.
Es fundamental que en el grupo haya comunicación para evitar conflictos indeseados. “El error más frecuente no suele ser la falta de sensibilidad, sino dar por hecho que el presupuesto que resulta asumible para uno también lo es para el resto. A veces se proponen actividades sin abrir espacio para hablar de costes o sin ofrecer alternativas de diferente precio”, expone Izquierdo. Además, defiende que un “no puedo” no se debe interpretar siempre como una falta de interés, porque en realidad “puede haber una limitación económica que la otra persona no se siente cómoda explicando”. Pereira indica que la mejor solución es “hablarlo con naturalidad y sin dar demasiadas explicaciones”. “Conviene recordar que poner límites es una forma de reconocer las necesidades propias sin vivirlas como un motivo de vergüenza o fracaso. Decir ‘no’ cuando existe una limitación económica también es una forma de autocuidado”, añade la psicóloga.

¿Qué señales indican que el grupo no está siendo demasiado empático? “Cuando se minimizan las preocupaciones, se insiste a alguien que ha dicho que ese gasto no lo puede asumir, reírse o bromear sobre la situación económica o planificar actividades que dejan fuera a las personas con menos recursos”, apunta Pereira. Y añade: “La empatía no implica evitar hablar de dinero, sino generar un clima en que las personas puedan expresarse sin miedo a ser juzgadas, presionadas o excluidas”. Si una persona deja de acudir a planes por problemas personales y económicos, es probable que “pueda empezar a sentirse excluido o rechazado”. La empatía es clave para entender la situación que está atravesando la otra persona, que solo busca continuar con su día a día con normalidad y sin sentirse juzgada.
En este tipo de situaciones, tal y como explica Izquierdo, “se acaba pagando un coste económico y también emocional para evitar una exclusión que muchas veces ni siquiera los demás están provocando de forma consciente”. “Todas sufrimos un poco en aquellos primeros días del viaje. Desde entonces, organizamos los planes priorizando cada opinión y sin dejar que nadie acabe perjudicado. Y si nos apetece hacer algo mucho y una de nosotras no puede pagarlo, lo pagamos entre todas. Lo hacemos en contadas ocasiones para que no parezca un préstamo que se tiene que devolver”, aclara Marina.
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