El flamante ‘premier’ laborista protagoniza el mayor giro a la izquierda del país en cinco décadas con el anuncio de un «nuevo modelo político y económico» Leer El flamante ‘premier’ laborista protagoniza el mayor giro a la izquierda del país en cinco décadas con el anuncio de un «nuevo modelo político y económico» Leer
El nuevo primer ministro británico, Andy Burnham, ha llegado a su residencia oficial en Downing Street con un anuncio del que podría ser el mayor giro a la izquierda de ese país en cinco décadas. Pero, también, con la suficiente ambigüedad como para que todo indique que ese giro va a ser puntual, localizado y en buena medida simbólico. Y Burnham ha tomado una página del librillo de Barack Obama en 2008: debe haber una nueva forma de hacer política; los votantes tienen razón al declararse cansados; y, sobre todo, hay que tener esperanza. Esperanza fue el eje de Obama: esperanza parece ser el de Burnham.
El nuevo primer ministro arrancó con un hecho incómodo: «Soy muy consciente de que soy el séptimo primer ministro desde 2016». Y ahí hizo un llamamiento a la estabilidad al afirmar que «Gran Bretaña necesita demostrar al mundo que es capaz de recuperar la estabilidad de nuevo». Y la solución para ello es un giro político y económico, ambicioso en lo retórico, pero vago en los detalles. Eso, unido al uso de la palabra «esperanza» recuerda bastante al Obama que alcanzó la Presidencia de Estados Unidos en 2008, salvando, evidentemente, las distancias. Pero lo que está claro -por si en estas últimas semanas el nuevo primer ministro no lo había aclarado lo suficiente- es que él no es un izquierdista al estilo del ex laborista Jeremy Corbyn, que llevó a ese partido a dos derrotas electorales consecutivas en 2017 y 2019.
La continuidad queda revelada en las que serán las dos primeras llamadas del nuevo primer ministro a figuras internacionales. Una es a Donald Trump, de quien había dicho que iba a mantener una relación menos condescendiente que la de su predecesor, Keir Starmer. La otra, al presidente de Ucrania, Volodimir Zelenski, con quien no quiere «que quede la menor duda de que el apoyo británico [a ese país en su guerra con Rusia] será firme y decisivo».
Para ello, anunció un «nuevo modelo político y económico» destinado a limitar el control del sector privado sobre los servicios públicos y a crear un sistema de redistribución del poder político por el país, en especial, por Inglaterra. Son dos medidas populares y que, de hecho, ya fueron iniciadas por el propio Partido Conservador y aceleradas por Starmer, que esta mañana dimitió del cargo.
Con los conservadores, la privatización de los trenes llevada a cabo por Margaret Thatcher empezó a dar marcha atrás, después de haber logrado unos resultados tirando a ruinosos para empresas, Estado y usuarios. Starmer, en su último acto de gobierno, ha nacionalizado la última siderurgia de altos hornos que queda en el Reino Unido, en Scunthorpe, para irritación del Ejecutivo chino, ya que la empresa china Jingye era la propietaria de las instalaciones.
La retrocesión de poderes a las administraciones locales es una estrategia destinada a frenar el transvase de votos al partido ultra Reform UK.
Burnham ha justificado eso con una crítica implícita al ‘thatcherismo’ de los ochenta y, también, a la Tercera Vía laborista de los noventa y principios de los 2000 en la que, paradójicamente, él fue una figura destacada. Según Burnham, en los ochenta se creó «un nuevo poder político y económico» en el país, basado en tres patas: «Poder político centralizado; poder económico, privatizado; y grandes partes del país desindustrializadas que aún continúan así».
Así que el jefe del Gobierno, señalando al complejo de edificios gubernamentales conocido como Whitehall, donde está Downing Street, señaló: «Vamos a quitar poder de aquí y llevarlo a todo el país». Era un recuerdo de su principal promesa: la descentralización de la toma de decisiones políticas fuera de Londres. Aunque, paradójicamente, Burnham quiere concentrar en la Oficina del Primer Ministro -Downing Street- gran parte de la política fiscal, que es la que decidirá el futuro del Reino Unido como potencia media.
Su discurso rehuyó el lenguaje tecnocrático de su predecesor, Keir Starmer, como de la peste. Así, prometió «hacer que la gente pueda pagar sus gastos» y declaró que «pondré el cuidado de la gente en el centro de todo lo que hago». Mañana martes anunciará esas medidas que, sin embargo, no interferirán, dijo, con los duros objetivos de ajuste fiscal ni con los compromisos de defensa de la OTAN. Y, todo eso, con esperanza: «Traigamos un nuevo sentido de unidad nacional, de propósito común y positividad. Hagamos de esto el momento en el que el Reino Unido empieza a creer en sí mismo de nuevo».
El político llegó a su nueva residencia en Downing Street tras verse con el rey Carlos III por la mañana en el Palacio de Buckingham, donde se llevó a cabo el «besamanos», como se conoce popularmente al acto protocolario a puerta cerrada en el que el monarca le pide que forme Gobierno y éste acepta.
Burnham ha pasado su primera tarde en Westminster despidiendo al gabinete de Starmer y preparándose para nombrar el suyo, que había estado envuelto en especulaciones durante el fin de semana. La gran sorpresa ha sido el nombramiento de John Healey, ex ministro de Defensa, como titular de Hacienda. El político dimitió hace cinco semanas a consecuencia, precisamente, de la decisión de la persona a la que reemplaza en el cargo -Rachel Reeves- y del entonces primer ministro, Keir Starmer, de darle toda la dotación presupuestaria que él había demandado para el Plan de Inversión, que fija el marco presupuestario del gasto militar del país para los próximos cuatro años.
Poner al frente del Tesoro al hombre que se fue hace cinco semanas porque el Tesoro no le daba dinero parece paradójico. Pero, con el nombramiento, Burnham está apostando por la solidez y la experiencia en el Gobierno, acaso en detrimento de los conocimientos técnicos, claves en un ministerio que tiene que bregar con unos mercados de deuda que desconfían de la solidez fiscal del Reino Unido desde hace cuatro años. En todo caso, Healey ocupó altos cargos en el Tesoro de 2002 a 2007, durante los Gobiernos de Tony Blair y Gordon Brown.
Shabana Mahmood mantiene su cargo como ministra del Interior. Eso sugiere que Burnham quiere cumplir sus promesas de endurecer la lucha contra la inmigración ilegal, en línea con la política iniciada por Starmer tras su remodelación ministerial de septiembre pasado. Mahmood es muy conservadora en materia social. Admira a Margaret Thatcher, la ex primera ministra conservadora cuya política económica es casi exactamente lo que Burnham quiere evitar, y ha sido muy criticada por el ala izquierda laborista.
El tercero de los ‘grandes’ ministerios es el de Exteriores, que va para Ed Miliband, hasta ahora ministro de Energía. Al poner al ex líder laborista al frente de esa cartera, Burnham hace una jugada doble. Por un lado, coloca a un ferviente multilateralista al frente de esa cartera. Pero, además, y al igual que con Healey, pone a un político sin experiencia en Exteriores. Pero Miliband aporta elementos muy importantes. Por un lado, peso político. Es un ‘operador’ formidable que controla numerosas redes de poder centro del Partido Laborista. Además, cuenta con su bagaje ideológico. Si Mahmood y Healey son centristas, continuadores del ‘starmerismo’ -si es que hay una tradición política basada en las ideas del ex predecesor de Burnham-, Healey se sitúa más a la izquierda. Así, al menos, Burnham puede decir que su giro hacia posiciones más progresistas va en serio. Además, Miliband podrá desplegar su interés en la política industrial y energética en Exteriores, en un momento en el que los Estados buscan dirigir la actividad económica privada y lograr cadenas de suministro resilientes.
Pero Miliband es también relevante por lo que deja. Burnham le quita del Ministerio de Energía, donde había impuesto una draconiana política destinada a alcanzar ‘emisiones cero’ que había enfurecido a los sindicatos que el primer ministro quiere cortejar ahora que está en el poder. Miliband había decretado el alto a todo tipo de nuevas actividades de protección y explotación de petróleo en el Mar del Norte lo que, en medio de una crisis energética mundial causada por la guerra en Irán, el cierre del Estrecho de Ormuz y la destrucción progresiva de la industria petrolera rusa por Ucrania, estaba empezando a convertirse en una fuente interminable de problemas económicos.
Por su parte, Louise Haigh, quien dirigió la campaña de Burnham durante las elecciones parciales de Makerfield, ha sido nombrada ministro del Gabinete y canciller del Ducado de Lancaster.
A primera hora de la mañana, el premier saliente, Keir Starmer, se despidió del Reino Unido tras apenas 23 meses en el cargo. «El país es más fuerte y más justo que hace dos años», declaró el político, que después se dirigió a presentar su dimisión al rey Carlos III en el Palacio de Buckingham. «Mi trabajo como primer ministro ha acabado», concluyó Starmer.
Fue un discurso muy de Starmer: frío, digno, sin sentimentalismos de ningún tipo. No se puso a dar números -no era el lugar. pero estuvo a punto cuando empezó a citar lo que considera los logros de su Gobierno. Y volvió a dejar de manifiesto el área donde su legado perdurará más: la política exterior, cuando dijo que «vivimos en un mundo en el que nuestros enemigos tienen la voluntad inquebrantable de dividirnos debido a nuestros valores, a nuestra decencia y a nuestro propósito inquebrantable para apoyar al valiente pueblo de Ucrania«. Ése fue el único país extranjero que mencionó en su breve alocución.
Starmer recordó la «victoria arrolladora en las elecciones de 2022» -una de las más holgadas de la historia del Reino Unido. Y subrayó que «el país está mejor ahora que hace dos años». Para avalar esa tesis, recordó «la reducción de inmigración, de la pobreza infantil y de las listas de espera, y aumento del prestigio internacional del país».
El primer ministro saliente, que renuncia tras perder el respaldo de sus parlamentarios, declaró que «deseo todo el éxito a Andy Burnham», su sucesor. Starmer, finalmente, recordó, con sentido patriótico, «la grandeza de los británicos. Algo que heredamos de nuestro país y de nuestro carácter, y que puede hacernos mejores».
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