Andy Burnham y su ‘Manchesterismo’: el ‘eslogan’ de un político en busca de una política

El sucesor de Keir Starmer trata de exportar el éxito de su marca municipal a una potencia en crisis fiscal permanente. Pese a su retórica de izquierdas, se rodea de antiguos nombres de Tony Blair mientras confía el Tesoro a la ministra musulmana Shabana Mahmood Leer El sucesor de Keir Starmer trata de exportar el éxito de su marca municipal a una potencia en crisis fiscal permanente. Pese a su retórica de izquierdas, se rodea de antiguos nombres de Tony Blair mientras confía el Tesoro a la ministra musulmana Shabana Mahmood Leer  

¿Qué es el Manchesterismo, aparte de un eslogan que suena muy bien en un país marcado por una macrocefalia («que tiene la cabeza demasiado grande para el cuerpo», según la RAE) capitalina —o sea, Londres— y que se ha convertido en uno de los elementos que marcan —y amargan— el debate político?

«Manchesterismo es una palabra que Andy Burnham se dio a sí mismo para hacerse con una marca política», explica al teléfono Rob Ford, profesor de Ciencias Políticas de, precisamente, la Universidad de Mánchester. «También tiene una cierta lectura humorística, pero con un trasfondo serio. Con Manchesterismo, Burnham se vincula a una ciudad que tiene una imagen muy positiva, asociada al éxito, así que es como si dijera a los votantes: «Mirad, ése es mi modelo. Eso es lo que voy a traer para todo el país», explica Ford. Pero no es lo mismo una ciudad que un país. No es lo mismo gobernar una ciudad que una potencia atómica del G-7 desgarrada socialmente por la inmigración y en medio de una crisis fiscal. El apoyo a Burnham entre los laboristas no es tanto por lo que él representa cuanto por el hecho de que les libra de Keir Starmer, con el que se veían abocados a una catástrofe electoral en 2029 que podría incluso poner en cuestión la supervivencia del Partido, después de más de un siglo de existencia.

Durante sus nueve años como alcalde de la segunda -o tercera, según cómo se cuente a sus habitantes- mayor área metropolitana británica, Burnham ha presidido -y convertido en marca política propia- la última fase de una transformación urbana iniciada décadas antes, desarrollando su capacidad de transformación y, también, haciendo gala de una cualidad clave para quien quiera lograr el poder en una democracia: detectar lo que quiere la gente oír.

Algunos ven su gestión como una especie de política de derechas blanqueada para que parezca lo contrario. «Burnham ha desatado una enorme gentrificación, ha concentrado el crecimiento en el centro de Manchester, y gran parte de su tan cacareada regeneración urbana ha consistido en construir pisos carísimos que compran extranjeros —sobre todo chinos— que no viven en ellos», se queja un empresario local que no quiere dar su nombre.

Burnham ha realizado una reconversión mayor que la de la industria pesada de Manchester, porque, si la primera acabó desapareciendo, él ha hecho el camino contrario. Por poner un ejemplo manchesterista, una siderurgia que se ha convertido en una empresa de IA. De sus orígenes, no queda nada, salvo el nombre. Pero aún no está claro si al igual que su Mánchester, ha cambiado su esencia o solo su imagen. Claro que Manchesterismo es, también, una palabra camaleónica. En el siglo XIX designaba la Escuela de Mánchester de Richard Cobden y John Bright: libre comercio, reducción del Estado, oposición al proteccionismo y, en su versión más caricaturizada, laissez-faire, o sea, libertad económica total.

Burnham entró en la política nacional en 1998 de la mano de Tony Blair. Hoy ambos se sitúan en posiciones muy lejanas dentro del laborismo, algo así como Pedro Sánchez y Felipe González. Pero la gran diferencia de Burnham con Sánchez es que ha rescatado o mantenido a varios colaboradores de su predecesor. Uno es su jefe de gabinete, James Purnell, que fue viceministro con Blair y, ahora, lobista de los fondos dueños de la empresa de aguas de Londres que Burnham va a nacionalizar. Otro, Jonathan Powell, que fue jefe de gabinete de Blair y va a mantener el cargo de consejero de Seguridad Nacional que tenía con Starmer.

Que Purnell continúe en el cargo revela dos probables rasgos del Gobierno de Burnham. Uno, que, aunque difiera en retórica y estilo, va a mantener en líneas generales las políticas de Keir Starmer, el hombre al que reemplaza y que tiene en su currículum el triste hito de haber sido el laborista que obtuvo la tercera mayor victoria para su partido (solo por detrás de las de Blair en 1997 y 2001) y en menos de dos años se convirtió en el primer ministro más impopular de la Historia del Reino Unido.

El hecho de que Burnham vaya a poner a Shabana Mahmood al frente de la cartera más importante de todas, el Tesoro, confirma esa impresión. Mahmood, que es desde septiembre ministra del Interior, es la mujer musulmana -que, además, pasó parte de su infancia en Arabia Saudí- que alcanza un puesto más alto en la política británica. En sus 10 meses al frente de su cartera ha lanzado una política de inmigración que ha aterrorizado a la izquierda laborista. Aunque muchas de sus propuestas no han prosperado, la ministra que cita entre sus heroínas políticas a Thatcher y a la ex jefa del Gobierno paquistaní Benazir Bhutto, asesinada en 2007, ha defendido duplicar el periodo de estancia en el Reino Unido hasta conseguir el permiso de residencia y recortar drásticamente el derecho de asilo.

La noticia de que Burnham cuenta con Mahmood para el Tesoro, publicada en primicia por Financial Times el miércoles provocó una caída de los intereses de la deuda y un alza de la libra a su nivel más alto en un año. Aunque conservadora en lo social – practica su religión y se opone al aborto – sus ideas en política económica son un misterio. Pero, en general, su filosofía política es todavía más conservadora que la de la titular de la cartera con Starmer, Rachel Reeves que, por cierto, ha tratado de continuar en el nuevo Gobierno hasta el último segundo. Y eso se reduce a una palabra: austeridad. Porque el Reino Unido vive de manera permanente al borde de una crisis fiscal que, si estalla, puede hundir al país.

«El Banco de Inglaterra tiene una preocupación enorme, mucho mayor de lo que admite en público, por la marcha del mercado de deuda», explica una persona de un organismo multilateral que conoce la situación pero prefiere no dar su nombre. Durante 12 años, los sucesivos Gobiernos conservadores del Brexit gastaron como si no hubiera un mañana, y dejaron al Partido Laborista con la misión imposible de reducir el déficit, acelerar el crecimiento, combatir un absentismo laboral encubierto como bajas de enfermedad alucinante, y adelgazar el Estado del Bienestar. El resultado es una tarea política imposible, porque exige que un partido cuyas bases quieren más gasto social obligue al país a apretarse el cinturón.

Ésa fue la gran cruz de Starmer. Y lo que, unido a su incapacidad patológica para conectar con el votante – y, a veces, con sus propios ministros – acabó causando su caída en desgracia. Y con esa cruz va a cargar también Burnham. Pero ahí el futuro primer ministro tiene la carta del Manchesterismo: una apuesta decidida por el crecimiento, con toques simbólicos obreristas, grandes dosis de pragmatismo, más regulación y control del Estado y el juego al café para todos, o sea, descentralización. Una descentralización que se irá haciendo al estilo británico. Sin grandes leyes. Solo por medio de reformas que irán abriendo los espacios para que las regiones del norte de Inglaterra que se quejan de la marginación de Londres y están pasándose en masa al partido ultra Reform-UK del padre del Brexit, Nigel Farage. No es solo reorganización territorial. Es, también, recaptura de votos.

Aunque habrá un giro a la izquierda con el regreso de la ex viceprimera ministra con Starmer, Angela Rayner, y al menos dos asesoras de Burnham en Manchester, muchos, opinan que los cambios no van a ser profundos. «No esperamos ningún cambio respecto a Starmer. Si acaso, más marketing político, pero, visto dónde está el listón y el hecho de que Burnham viene de la política local, eso es pedir bien poco», explicaba el martes un especialista en riesgo político de uno de los grandes bancos británicos mientras se preparaba para ir a ver el España-Francia a un bar de los Docklands, el otro gran centro financiero londinense aparte de la City.

Para Ford, el profesor de la Universidad de Mánchester, «eso no es poco. A los periodistas, académicos y analistas, que un político no tenga programa nos parece espantoso. Al votante le da igual. Nosotros medimos a los políticos por las ideas; la gente los mide por los resultados».

Por eso, el próximo primer ministro planea un Big Bang de acciones en las próximas semanas. Entre ellas: dar luz verde a nuevos proyectos de extracción en el Mar del Norte bajo licencias ya existentes, que Starmer había paralizado. Eso enfurecerá a los ecologistas. Pero tendrá el apoyo de sindicatos y de Escocia, dos graneros de votos laboristas que ese partido está viendo cómo pierde en favor de Reform-UK. Otra decisión importante será la nacionalización de la empresa de agua de Londres, Thames Water, que ya estuvo sobre la mesa el año pasado pero que Starmer no se atrevió a llevar a cabo.

Ésa es una propuesta muy popular. La privatización de la empresa se hizo con un marco regulatorio que incentivaba los dividendos a los inversores – el banco australiano Macquarie primero, y una serie de fondos después – pero no el desarrollo de la infraestructura. La consecuencia es que un estudio – cocina, sala y dormitorio integrados – en Londres paga en promedio 52 libras (60 euros) mensuales por el agua a una empresa endeudada hasta las orejas que se dedica no a la ingeniería civil sino a la financiera.

Al contrario que para Starmer, la política exterior no es relevante para Burnham. El manchesterismo tampoco tiene doctrina en seguridad, exteriores y defensa. «Nadie sabe qué posiciones va a tener en política exterior», dicen desde el think tank independiente More in Common. «Pero está claro que en el Reino Unido hay muy poca oposición a apoyar a Ucrania. Sólo Farage lo intentó al principio de la guerra. Pero ha tenido que abandonar esa posición porque era muy impopular. Con China la opinión pública es muy ambivalente», concluyen. Burnham rechaza la entrada en la UE, para preservar el apoyo del ‘cinturón rojo’ de votantes del norte de Inglaterra, que se está diluyendo frente a Reform. Su política, de nuevo, parece, al menos en principio, marcada por la continuidad y por algunos toques simbólicos.

Así que el nuevo primer ministro británico es una incógnita. Toda su carrera es un ejercicio de mutación. Entró en política con Tony Blair. Fue ministro dos veces – de Cultura y de Sanidad – con Gordon Brown, el mayor tecnócrata que ha vivido en Downing Street. Votó a favor de la invasión de Irak primero y, después, 13 veces en contra de la investigación de las causas de la guerra. Disputó, sin éxito, el liderazgo del Partido Laborista al hombre de la izquierda dura Jeremy Corbyn. Fue la esperanza del centro, y ahora es la de la izquierda, pero con un gabinete que, por lo poco que se sabe, no es muy zurdo.

Su camaleonismo político es tan grande como el del vestuario. El chaval que salía en las fotos al lado de Tony Blair arreglado pero informal con camisa blanca y corbata roja pero sin americana viste hoy al estilo Bildu, con camiseta negra y chaqueta. Dentro de 48 horas se termina, sin embargo, la fase de la imagen y empieza la del Gobierno.

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