Caída del dólar, crisis del yen y auge del oro y del franco suizo: la era de la gran diversificación ha llegado a los mercados mundiales

La desconfianza del capital en EEUU, donde el intervencionismo de Trump merma la calidad de los datos oficiales, y en una UE que bloqueó las reservas rusas de un día para otro, propulsa el salto del dinero a los metales preciosos. Leer La desconfianza del capital en EEUU, donde el intervencionismo de Trump merma la calidad de los datos oficiales, y en una UE que bloqueó las reservas rusas de un día para otro, propulsa el salto del dinero a los metales preciosos. Leer  

Qué tiene que ver Groenlandia con la caída del dólar y del yen, y las subidas del franco suizo, el oro y la plata?

La respuesta, como casi siempre en Economía: «Depende de a quién se le haga esa pregunta».

Para algunos, es una señal -acaso la definitiva- del final del imperio del dólar. Las razones: los cada vez mayores déficit públicos (generados por las constantes bajadas de impuestos) de Estados Unidos, y por la pérdida del carácter de refugio de la todavía primera economía mundial.

Esa es la visión a largo plazo. Las bajadas de impuestos a los contribuyentes más ricos (que casi deberían ser llamados excontribuyentes) realizadas por el Partido Republicano y Donald Trump el año pasado han consolidado la idea de que la deuda de Estados Unidos está destinada a subir por los siglos de los siglos. Al mismo tiempo, la idea de que en algún momento del futuro Washington recobrará la cordura fiscal y empezará a aumentar la recaudación ha dejado de ser un mantra para los mercados financieros debido a la dinámica política de ese país.

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Eso se explica porque, en solo un año de presidencia, Donald Trump ha cambiado el escenario económico estadounidense y mundial. En materia de comercio, ha desatado una nueva era proteccionista a nivel global. Desde el punto de vista de la economía estadounidense, ha lanzado a niveles sin precedentes la injerencia del Estado en el sector privado -incluso con Órdenes Ejecutivas de la Casa Blanca contra bufetes de abogados simplemente porque estos tienen en su plantilla a expolíticos demócratas- y ha rebajado la calidad de las estadísticas macroeconómicas oficiales, especialmente en lo que se refiere a precios. Y, en materia de cooperación internacional, ha hecho todo lo posible por dinamitar las relaciones de EEUU con sus aliados, insultando a los europeos en Davos, declarando públicamente su apoyo a la ultraderecha en la UE. Hasta amenazando con invadir y anexionarse a su vecino Canadá. O Groenlandia, símbolo de un imperialismo trumpista empeñado en arrebatar esa isla a un país que no le ha hecho nada, Dinamarca.

Así, EEUU parece haber decidido que va a dinamitar a conciencia toda la confianza que había logrado desde que en Bretton Woods, en 1944, estableció con Reino Unido las bases de lo que hasta ahora ha sido el orden económico mundial, generando un periodo de crecimiento de la riqueza sin parangón en la historia. Al término de la Segunda Guerra Mundial, entre el 70% y el 75% de los habitantes de la Tierra vivían en la extrema pobreza, según sendos estudios de Branco Milanovi, de la London School of Economics, y Martin Ravallion, de Georgetown. Hoy, el porcentaje no llega al 9%, de acuerdo con los datos del Banco Mundial.

Por eso, según esa explicación, el dinero no quiere tener nada que ver con el dólar. Y el euro no es una alternativa sólida. Aunque la Unión Europea está captando más capitales desde EEUU debido al mayor gasto público en Alemania y a la inversión en defensa, ha perdido la carrera de Internet, está perdiendo la de la Inteligencia Artificial (IA) y parece destinada a perder la de la computación cuántica. El continente vive bajo la amenaza de una Rusia aún más imperialista que Estados Unidos, con el temor perpetuo de que Washington la abandone, y bajo la amenaza de la victoria de nacionalistas similares a Trump en Francia en 2027, y en Reino Unido y Alemania en 2029. Por si eso fuera poco, el intento de la UE en diciembre de usar las reservas del banco central de Rusia como garantía para financiar la continuidad del Estado de Ucrania ha hecho que cada vez más inversores -públicos y privados- de países emergentes estén sacando, de forma lenta pero sostenida, sus reservas en la Eurozona.

Con ese panorama, los mercados emergentes todavía presentan demasiados riesgos. No suelen tener divisas convertibles. Con excepciones, su inseguridad jurídica es grande. Su transparencia, y la solidez de sus instituciones, son, como poco, cuestionables. Eso solo deja como refugio al franco suizo, al oro y a la plata.

De modo que con el mundo cada vez más fragmentado en bloques antagónicos que usan la economía y las finanzas como herramientas para extender su poder, lo lógico es ser prudente y no tener todo el riesgo concentrado. Reinout De Bock, jefe de Estrategia de Tipos de Interés en Europa del gigante de la banca suiza UBS, lo resume de manera sucinta: «En nuestras reuniones con inversores, vemos una intención creciente a diversificar». Por ahora, el oro, la plata y el franco suizo han sido los grandes beneficiarios. Pero el dólar canadiense y el australiano, así como la libra esterlina podrían también verse beneficiados de esta tendencia.

Esa es la posible respuesta largoplacista a la relación causal entre Groenlandia, por un lado, y la caída del dólar y la subida del franco suizo, de la plata y del oro. Pero, como dijo Keynes, «en el largo plazo todos estaremos muertos», así que puede ser útil buscar factores más inmediatos. Si se sigue esa estrategia, aparecen movimientos del mercado causados -al igual que en el primer caso- por las acciones de los Gobiernos pero sin que ello signifique que el mercado ha entrado en una fase definitiva de «vender Estados Unidos». Es una teoría que tiene menos reflejo en los medios de comunicación y en las redes sociales, pero más aceptación en el mercado.

Según esta tesis, todo empezó el 19 de diciembre en Japón. Ese día, la rentabilidad del bono japonés a diez años, que había estado rondando los niveles de 1,96%-1,97% todo el mes, subió al 1,99%. Tres días más tarde, alcanzó el 2,1%. Era el nivel más alto de la deuda japonesa en 23 años. El 27 de diciembre, el yen empezó a desplomarse. El 20 de enero, la rentabilidad del bono alcanzó el 2,355%, su nivel mayor en casi tres décadas. Una semana antes, el yen había tocado suelo, tras perder un 2% respecto al dólar en tres semanas.

Japón parecía estar sufriendo algo inimaginable: una crisis de la deuda y de la divisa. O, en versión muy light, la pesadilla que España atravesó en la eurocrisis. La tercera economía del mundo nunca había tenido mayor problema para financiar una deuda pública monstruosa, que cerró 2025 en el récord del 237% del PIB -el doble que EEUU y casi dos veces y media los ratios de España y Reino Unido- en parte por su descomunal tasa de ahorro interno. Pero ahora fallaba algo.

Ese algo es, en realidad, un alguien: Sanae Takaichi, la primera ministra de ese país. El mercado estaba con miedo por los rumores de que Takaichi estuviera planificando unas elecciones legislativas anticipadas, con las que el Partido Liberal Democrático (PLD), al que ella pertenece, pudiera lograr una mayoría amplia en la Dieta, el Parlamento nipón. Con un margen parlamentario grande, el PLD podría llevar a cabo sin restricciones su programa económico, conocido como Takainomics, que es un calco del que a Donald Trump le gustaría aplicar: divisa baja, para favorecer las exportaciones y limitar las importaciones, aumento del gasto público y bajadas de impuestos. No es casualidad que la rentabilidad del bono llegara a su máximo nivel justo un día después de que anunciara el adelanto de las elecciones que se celebran hoy.

Entretanto, el mercado estaba valorando los rumores de una intervención conjunta de la Reserva Federal y del Banco de Japón para estabilizar al yen, algo que no ha sucedido en lo que llevamos de siglo XXI. La Reserva Federal de Nueva York, que es quien se encarga de esas operaciones, estaba preparándose para ello cuando, el 27 y el 28 de enero, Donald Trump y el secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent, la descartaron. La posición de Bessent no sorprendió, porque desde que Robert Rubin fue secretario del Tesoro durante la residencia de Clinton, la política de EEUU es que «un dólar fuerte es en el interés nacional de EEUU».

Pero la posición de Trump, sí. El actual presidente siempre había sido un defensor del dólar débil, como corresponde a su obsesión mercantilista de exportar lo máximo posible e importar lo mínimo que se pueda. De hecho, las dos presidencias de Trump han marcado una caída del dólar casi simétrica. Y eso lleva al siguiente factor que explica el descenso del dólar, que esta vez ya no es la política y la economía japonesas, sino la de Estados Unidos.

Por un lado, está el factor a corto plazo, que tiene un nombre muy simple: inflación. El mercado prevé que el índice subyacente del PCE (Gastos en Consumo Privado, según sus siglas en inglés), que es el indicador que la Reserva Federal usa para determinar la inflación y, por tanto, los tipos de interés, rompa la barrera del 3% y se mantenga por encima de ella hasta, por lo menos, después del verano. Eso es algo histórico. Desde que la Fed empezó a emplear el PCE subyacente, hace justo ahora 26 años, este solo rompió el techo del 3% en el periodo 2021-2024, cuando todos los países del mundo se vieron asolados por la explosión de la inflación causada por el final del covid-19.

Todo ello lleva a otra persona: Kevin Warsh. El viernes de la semana pasada, Trump anunció la nominación de este economista y ex banquero de inversión como próximo presidente de la Reserva Federal, un cargo que debería asumir -si todo va bien, lo que no está nada claro- en mayo. Y Warsh tiene una relación familiar con Groenlandia. Su yerno, el multimillonario Ronald Lauder -uno de los herederos del imperio de la cosmética fundado por su madre, Estée Lauder, y presidente del Consejo Mundial Judío– es quien convenció en 2019 a su viejo amigo Donald Trump de que Estados Unidos debe anexionarse Groenlandia.

Warsh tiene relación con la caída del dólar por el embrollo en el que se ha metido al aceptar la nominación. Trump quiere que baje los tipos. Pero la inflación no solo no baja, sino que parece que va a subir a niveles más altos. Súmese a ello que Trump va a seguir presionando para que el dólar baje, en parte porque cree que eso le va a ayudar a que el Partido Republicano gane las elecciones legislativas de noviembre, y que el propio Warsh ya dejó claro en un discurso en el Fondo Monetario Internacional (FMI) en marzo del año pasado que su visión de la economía está totalmente supeditada a lo que diga Trump.

Eso no significa que Estados Unidos vaya a bajar tipos más allá de un recorte de un cuarto de punto en la primera mitad del año, ya que lo más probable es que la Fed se centre en la desregulación financiera para tratar de acelerar el crecimiento sin que se genere inflación. Pero sí sugiere que el banco central estadounidense va a seguir el sendero de las demás instituciones del Estado de ese país y quedar totalmente politizado. Esa es una situación que no convence a los inversores, por más que Warsh siga órdenes de Stanley Druckenmiller, un antiguo gestor de hedge funds que tiene una enorme influencia sobre Donald Trump y que, al igual que el propio Bessent, trabajó para George Soros, supuestamente el enemigo número uno del presidente. La consecuencia es que la política monetaria de EEUU es, a día de hoy, un misterio. Nadie sabe qué quiere decir Warsh cuando dice que va a aplicar un «monetarismo práctico» en la Fed. Toda esa incertidumbre no gusta al dinero.

Todo eso genera una tensión que invita a invertir en oro y plata. Es algo inusual, porque normalmente los metales preciosos solo son demandados cuando los tipos de interés reales en EEUU son muy bajos. Sin embargo, al menos por ahora, ese no es el caso. Si se descuentan los tipos oficiales de la inflación estadounidense, aún queda un razonable 2% de rentabilidad, que no es mucho, pero, desde luego, es más que el oro o la plata, que no dan absolutamente ningún internes y cuyo único retorno es la revalorización que logren.

Esa correlación entre tipos reales bajos y oro alto se rompió con la invasión rusa de Ucrania, hace cuatro años. Y, desde entonces, se ha reforzado, especialmente vistas las noticias de los últimos meses. Donald Trump no solo no ha imputado al actual presidente de la Reserva Federal, Jay Powell, con cargos de corrupción que no tienen ni pies ni cabeza. También ha bromeado con que, si Warsh no baja los tipos tanto y tan deprisa como él quiere, le va a demandar. Súmese a ello el temor de los inversores no europeos a poner su dinero en el Viejo Continente y exponerse a que les suceda como a Rusia, combinado con la diversificación de las reservas que los bancos centrales de los emergentes llevan realizando desde hace una década para reducir sus carteras en dólares en beneficio del oro. El resultado es una situación perfecta para que el dólar siga bajando y el metal precioso siga subiendo.

Parece, así pues, una combinación de percepciones que afectan el largo y el corto plazo. Acaso las dos teorías sean ciertas. El mundo se encamina hacia un menor peso del dólar pero, en el corto plazo, esa tendencia es reforzada por la situación política y monetaria de Estados Unidos. Así que, con ese panorama, lo más lógico es ir a lo seguro: metales preciosos y franco suizo.

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