Hay personas que ejercen el matrimonio por el valor de adquirir derechos. Otras por la alegría de celebrar. Muchas, la mayoría, por las dos felicidades juntas: la de la protección de la legislación y, también, la de festejar los afectos. Pero, luego, algunos, se planean un enlace por aquello del alarde vital. Con su ceremonia, con su banquete, con su luna de miel, con sus apariencias. Con ese cosquilleo de sentirse cabeza de cartel por un día. Telecinco exprime este lado casamentero con el retorno de Casados a primera vista, que ya emitió hace muchos años Antena 3.
Y el programa sabe en qué cadena está y qué público hereda. Así que intenta una secuela de La isla de las tentaciones, pero al revés. Aquí se trata de encontrar la fidelidad sin la perversión de poner a prueba los celos. Basta con montar un bodorrio a desconocidos de caracteres complementarios para que las tramas no sean repetitivas. Aunque, eso sí, siempre tirando de personas heterosexuales y cuerpos monolíticos, de esos que llaman “normativos”. Aunque se deberían denominar “excepcionales”. Porque no son lo normal. Al contrario, son el patrón que nos insisten que debemos parecer para gustar. Hasta los más diferentes entran en un canon de guapos y guapas previsible. Y con sus roles de género marcados a la antigua: la pija, la mojigata, el caballero que se viste por los pies, el hombre que quiere una mujer que la compara como una moto… Qué puede salir mal.
Lo que sale bien es que Casados a primera vista es gustoso de contemplar. Cuenta con una realización cálida que nos traslada al glamour de ensueño de la pompa matrimonial. También con su toque hortera de verbena mediterránea, donde nos creemos elegantes pero, en realidad, solo lo creemos. Lo que nos hace más únicos. El formato lo juega bien. No obstante, el gancho está en su premisa: cada pareja se conoce en el altar. Bueno, en el pseudoaltar. Que en la tele (casi) todo es decorado. Así, los ‘novios’ empiezan la casa por el tejado y brota el morbo del asunto: cómo reaccionarán tras descubrir quién es su marido o mujer. Todas las parejas elegidas por un grupo de expertos, que ejercen de agencia matrimonial de las de antes. Pero nunca te fíes de un grupo de expertos elegidos por un reality show. Ellos quieren contenido más que serenidad…
Y ahí es donde el público termina empatizando. La audiencia se reconoce en los problemas de ir conociéndose. La boda solo ha sido una excusa. De hecho, probablemente, lo más realista del reality es que queda destruida la idílica mistificación del matrimonio que nos metieron en la cabeza las películas románticas. El programa subrayara que casarse no es la pantalla final para situarse en una arcadia eterna. Los afectos siempre hay que trabajárselos. Empieces la casa por el tejado o por los cimientos.
Atrapa contemplar sus caras cuando se giran frente a quién se van a casar en menos de cinco minutos y, después, asistir a la dificultad de encajar las piezas del puzzle. No obstante, aunque no lo parezca, Casados a primera vista ganaría más si el casting fuera más plural y no solo un desfile de patrones heteros de 1997 y de atractivo «aceptable» en 2003. Sería más carismático. Menos previsible. Más real, menos posadores de Instagram buscando promocionarse en la tele.
A las cadenas de hoy les cuesta aprender que la fotogenia no es sinónimo de telegénica. Los guapos prototípicos los terminamos confundiendo entre sí. En cambio, se quedan en nuestro recuerdo para siempre aquellas personas con el carisma que hace más grande su físico. La belleza es elástica y crece o decrece con la expresividad de nuestra actitud. Ahí nació el gran éxito de OT, ahí nació el fenómeno vibrante de GH1 e incluso ahí se disparan las audiencias de Pasapalabra. Pero Telecinco se ha quedado atrapada en los perfiles de foto desplegable central de revistas que ya cerraron. Consecuencias del trampantojo del éxito de La isla de las tentaciones. Cuando el magnetismo de su poderosa historia no es solo por los cuerpos de mampostería, sobre todo es por los delirios de la demostración de que el desamor es democrático. Nadie está a salvo.
La identificación de la búsqueda del amor.
Hay personas que ejercen el matrimonio por el valor de adquirir derechos. Otras por la alegría de celebrar. Muchas, la mayoría, por las dos felicidades juntas: la de la protección de la legislación y, también, la de festejar los afectos. Pero, luego, algunos, se planean un enlace por aquello del alarde vital. Con su ceremonia, con su banquete, con su luna de miel, con sus apariencias. Con ese cosquilleo de sentirse cabeza de cartel por un día. Telecinco exprime este lado casamentero con el retorno de Casados a primera vista, que ya emitió hace muchos años Antena 3.
Y el programa sabe en qué cadena está y qué público hereda. Así que intenta una secuela de La isla de las tentaciones, pero al revés. Aquí se trata de encontrar la fidelidad sin la perversión de poner a prueba los celos. Basta con montar un bodorrio a desconocidos de caracteres complementarios para que las tramas no sean repetitivas. Aunque, eso sí, siempre tirando de personas heterosexuales y cuerpos monolíticos, de esos que llaman “normativos”. Aunque se deberían denominar “excepcionales”. Porque no son lo normal. Al contrario, son el patrón que nos insisten que debemos parecer para gustar. Hasta los más diferentes entran en un canon de guapos y guapas previsible. Y con sus roles de género marcados a la antigua: la pija, la mojigata, el caballero que se viste por los pies, el hombre que quiere una mujer que la compara como una moto… Qué puede salir mal.
Lo que sale bien es que Casados a primera vista es gustoso de contemplar. Cuenta con una realización cálida que nos traslada al glamour de ensueño de la pompa matrimonial. También con su toque hortera de verbena mediterránea, donde nos creemos elegantes pero, en realidad, solo lo creemos. Lo que nos hace más únicos. El formato lo juega bien. No obstante, el gancho está en su premisa: cada pareja se conoce en el altar. Bueno, en el pseudoaltar. Que en la tele (casi) todo es decorado. Así, los ‘novios’ empiezan la casa por el tejado y brota el morbo del asunto: cómo reaccionarán tras descubrir quién es su marido o mujer. Todas las parejas elegidas por un grupo de expertos, que ejercen de agencia matrimonial de las de antes. Pero nunca te fíes de un grupo de expertos elegidos por un reality show. Ellos quieren contenido más que serenidad…
Y ahí es donde el público termina empatizando. La audiencia se reconoce en los problemas de ir conociéndose. La boda solo ha sido una excusa. De hecho, probablemente, lo más realista del reality es que queda destruida la idílica mistificación del matrimonio que nos metieron en la cabeza las películas románticas. El programa subrayara que casarse no es la pantalla final para situarse en una arcadia eterna. Los afectos siempre hay que trabajárselos. Empieces la casa por el tejado o por los cimientos.
Atrapa contemplar sus caras cuando se giran frente a quién se van a casar en menos de cinco minutos y, después, asistir a la dificultad de encajar las piezas del puzzle. No obstante, aunque no lo parezca, Casados a primera vista ganaría más si el casting fuera más plural y no solo un desfile de patrones heteros de 1997 y de atractivo «aceptable» en 2003. Sería más carismático. Menos previsible. Más real, menos posadores de Instagram buscando promocionarse en la tele.
A las cadenas de hoy les cuesta aprender que la fotogenia no es sinónimo de telegénica. Los guapos prototípicos los terminamos confundiendo entre sí. En cambio, se quedan en nuestro recuerdo para siempre aquellas personas con el carisma que hace más grande su físico. La belleza es elástica y crece o decrece con la expresividad de nuestra actitud. Ahí nació el gran éxito de OT, ahí nació el fenómeno vibrante de GH1 e incluso ahí se disparan las audiencias de Pasapalabra. Pero Telecinco se ha quedado atrapada en los perfiles de foto desplegable central de revistas que ya cerraron. Consecuencias del trampantojo del éxito de La isla de las tentaciones. Cuando el magnetismo de su poderosa historia no es solo por los cuerpos de mampostería, sobre todo es por los delirios de la demostración de que el desamor es democrático. Nadie está a salvo.
20MINUTOS.ES – Televisión
