La tele nos bombardea con la perversa idea de que el triunfo arrollador es la única manera de tener una vida feliz. Los talent shows se hacen fuertes en coletillas como “hay que dejarse la piel” o “hay que darlo todo”. Cuando sólo puedes coger carrerilla si te guardas algo para ti mismo. Masterchef es el ejemplo más rotundo de la agresividad laboral naturalizada: un espejo perfecto de cómo estamos intoxicados por el éxito fatal entendido. El lenguaje que utiliza el concurso culinario normaliza la ambición extrema como sinónimo de existencia plena. Y eso hace un enorme daño en cabezas alimentadas con expectativas gigantes que solo desembocan en los vacíos de la frustración.
No basta con seguir las tramas de la competición de guisos. La excitación de la pretensión se cuela en cada gran programa de nuestras pantallas: hay revueltas que animan a diario a fardar de cuánto dinero tienes, hay gurús que sentencian de fracasados a cantantes después de participar en OT, hay tertulianos que catalogan de juguetes rotos a actores que ganaron un Goya. Hitos inalcanzables para la mayoría de la humanidad y que deberían ser una alegría eterna. Y no rota.
Pero nos venden el éxito como una meta en la que llegas y te quedas. En vez de subrayar que el triunfo solo es una parte del recorrido, con sus altibajos, con sus aprendizajes y con fecha de caducidad.
Prosperar en la vida nada tiene que ver con la vanidad que es tan efímera. Sin embargo, el individualismo reinante reduce al ciudadano a un producto que compite en el mercado y nos arrastra a terminar hablando de nosotros mismos como si fuéramos un iPhone 17. Buscamos nuestra «mejor versión», ansiamos estar en «nuestro prime» y, mientras tanto, todo lo que nos perdemos.
Porque ser feliz y sentirte desarrollado no va unido a ser cada día el más popular de la clase. La felicidad no es que la productividad te arrase. La felicidad se parece más a la serenidad que hasta, a veces, permite celebrar las ilusiones que nos presenta la cotidianidad a diario. Incluso en el trabajo. Y que ni vemos, pisando el acelerador para abordar al éxito que es un gran impostor.
La tele nos bombardea con el triunfo arrollador como única manera de alcanzar una vida feliz.
La tele nos bombardea con la perversa idea de que el triunfo arrollador es la única manera de tener una vida feliz. Los talent shows se hacen fuertes en coletillas como “hay que dejarse la piel” o “hay que darlo todo”. Cuando sólo puedes coger carrerilla si te guardas algo para ti mismo. Masterchef es el ejemplo más rotundo de la agresividad laboral naturalizada:un espejo perfecto de cómo estamos intoxicados por el éxito fatal entendido. El lenguaje que utiliza el concurso culinario normaliza la ambición extrema como sinónimo de existencia plena. Y eso hace un enorme daño en cabezas alimentadas con expectativas gigantes que solo desembocan en los vacíos de la frustración.
No basta con seguir las tramas de la competición de guisos. La excitación de la pretensión se cuela en cada gran programa de nuestras pantallas: hay revueltas que animan a diario a fardar de cuánto dinero tienes, hay gurús que sentencian de fracasados a cantantes después de participar en OT, hay tertulianos que catalogan de juguetes rotos a actores que ganaron un Goya. Hitos inalcanzables para la mayoría de la humanidad y que deberían ser una alegría eterna. Y no rota.
Pero nos venden el éxito como una meta en la que llegas y te quedas. En vez de subrayar que el triunfo solo es una parte del recorrido, con sus altibajos, con sus aprendizajes y con fecha de caducidad.
Prosperar en la vida nada tiene que ver con la vanidad que es tan efímera. Sin embargo, el individualismo reinante reduce al ciudadano a un producto que compite en el mercado y nos arrastra a terminar hablando de nosotros mismos como si fuéramos un iPhone 17. Buscamos nuestra «mejor versión», ansiamos estar en «nuestro prime» y, mientras tanto, todo lo que nos perdemos.
Porque ser feliz y sentirte desarrollado no va unido a ser cada día el más popular de la clase. La felicidad no es que la productividad te arrase. La felicidad se parece más a la serenidad que hasta, a veces, permite celebrar las ilusiones que nos presenta la cotidianidad a diario. Incluso en el trabajo. Y que ni vemos, pisando el acelerador para abordar al éxito que es un gran impostor.
20MINUTOS.ES – Televisión
