Durante décadas, el poder ha monopolizado el lenguaje, los símbolos, incluso las formas de protesta. Pero hoy ese control se resquebraja Leer Durante décadas, el poder ha monopolizado el lenguaje, los símbolos, incluso las formas de protesta. Pero hoy ese control se resquebraja Leer
En Cuba, el fuego ha dejado de ser sinónimo de susto y destrucción. En las últimas semanas, prenderle candela a algo se ha convertido en una forma de sobrevivir. Prenderle candela a la leña o al carbón para cocinar, prenderle candela a la basura para poder seguir viviendo.
La basura se acumula en las esquinas durante días, a veces semanas, y con ella llegan las moscas, el hedor, las enfermedades. Ante esta situación: cero recogida sistemática, cero respuesta institucional.
Entonces, los vecinos hacen lo que pueden, van y le prenden fuego. Arden los vertederos improvisados, las esquinas, los contenedores desbordados. El humo es irrespirable en la ciudad, pero durante unas horas devuelve una ilusión de limpieza, de control. De alivio. Vivir entre humo y fuego, se ha vuelto cotidiano.
Quizás por eso no sorprende tanto lo que ocurrió en Morón. Un grupo de manifestantes que protestaba para pedir electricidad y libertad, entró en la sede local del Partido Comunista, sacó muebles, papeles, retratos, y los lanzó a la calle para hacer una pira. Luego intentaron volver a entrar con ramas encendidas, como si el fuego fuera la única herramienta posible para hacerse escuchar, para enviar una señal. Todo iba más allá de un acto de ira: era el reflejo de un gesto aprendido, repetido, casi doméstico, una respuesta, la candela.
Se prende fuego a la basura para eliminar pestilencias aunque después se vuelva más difícil respirar. Y ahora también se le intenta prender fuego al poder. Porque cuando un país pasa hasta 16 horas sin electricidad cada día, o 36 cuando se desconecta el Sistema Electroenergético Nacional, cuando la oscuridad se vuelve norma y el calor asfixia, el cuerpo deja de esperar soluciones. El cansancio se convierte en un empujón. Y el fuego, en lenguaje, un grito.
El incendio de Morón es la extensión lógica de una vida sostenida en la precariedad extrema. Cuando el Estado desaparece de lo esencial (la limpieza, la electricidad, la comida), lo que queda es una ciudadanía empujada a resolver por su cuenta, incluso si eso implica convivir con el humo o producirlo.
Durante décadas, el poder en Cuba ha intentado monopolizar el lenguaje, los símbolos, incluso las formas de protesta. Pero hoy ese control se resquebraja, los cubanos llevan 12 días saliendo cada noche a tocar cazuelas, a pedir libertad. La eliminación sistemática y la persecución de espacios de libertad donde se pueda discrepar de forma civilizada han terminado empujando a muchos hacia formas más extremas de expresión. El fuego, que antes era apenas un recurso desesperado para eliminar la basura, empieza a adquirir otro significado. Se vuelve político.
En la Cuba de hoy, quemar no es solamente limpiar esa basura acumulada en la esquina durante semanas. Es también señalar lo que te oprime, es una denuncia.
Señalar el abandono, la ineficacia, la imposibilidad de seguir viviendo así. Señalar que el contrato social, si alguna vez existió, está roto. Que la paciencia tiene un límite, incluso en una sociedad entrenada durante años para resistir.
Esto no va de romantizar la violencia, sino de entender el contexto que la produce. Un país donde la vida cotidiana se ha vuelto inviable termina expresándose en los únicos códigos que le quedan. Y hoy, en Cuba, uno de esos códigos es el fuego.
Porque cuando todo falla (la luz, el agua, las instituciones), lo único que parece quedar es la combustión, que evapora la basura, trastes obsoletos del PCC y la propia paciencia de una sociedad al límite.
* Luz Escobar es una periodista cubana exiliada en Madrid y Premio Internacional de Periodismo de EL MUNDO
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