De Groenlandia a la Patagonia, pasando por Panamá: más de mil millones de personas bajo la doctrina Monroe-Trump

Aunque la caída de Maduro es un hecho, la marina de guerra de EEUU espera nuevas órdenes mientras monitoriza los petroleros venezolanos que tratan de romper el bloqueo del Caribe Leer Aunque la caída de Maduro es un hecho, la marina de guerra de EEUU espera nuevas órdenes mientras monitoriza los petroleros venezolanos que tratan de romper el bloqueo del Caribe Leer  

Diómedes, un taxista panameño de parloteo torrencial, se revuelve incómodo en su asiento cuando recuerda la misión de la DEA y el ejército estadounidense para detener al general Noriega, el mismo 3 de enero de 1989. «Los gringos poseían cuatro bases aquí y les resultó muy sencillo conquistar el país, aunque ahora los tenemos otra vez por todo el Caribe».

Los vuelos desde Europa, que ya tardaban un mundo en llegar a este rincón de Centroamérica, ahora deben demorarse una hora más para eludir la zona de operaciones de EEUU al norte de Venezuela, porque aunque Nicolás Maduro ya esté detenido, su gran marina de guerra, en el mayor despliegue que se recuerda desde la Segunda Guerra Mundial, aún permanece en el mismo lugar, a la espera de órdenes. Lo que hoy se comenta en la boca del estrecho de Panamá es que «aproximadamente una docena de embarcaciones sometidas a sanciones y cargadas con petróleo venezolano partieron del país con los transpondedores apagados, intentando romper el bloqueo estadounidense».

El propio Trump ya ha dejado claro que puede haber «más intervenciones» en Venezuela, que «Cuba está a punto de caer» y que «China está operando el canal de Panamá. Se lo dimos a Panamá y lo vamos a recuperar».

El golpe sobre la mesa de Mar-a-Lago se ha sentido, como las ondas sísmicas de un terremoto, desde cabo Morris, el punto terrestre más septentrional del planeta, situado en Groenlandia, hasta el ventoso cabo de Hornos, en la Patagonia chilena, pasando por Canadá, México o Colombia. El continente americano se ha convertido en el terreno de juego de la «nueva doctrina Monroe» de Donald Trump, o sea, la que actualiza con métodos del siglo XXI aquel «América para los americanos» del presidente James Monroe en 1823, dejando claro que cuando habla de «americanos» piensa en «estadounidenses». Es decir, más de mil millones de personas (contando a los indígenas inuit de Groenlandia) bajo la influencia volátil de Trump.

La operación para capturar a Maduro puede que no cambie casi nada en el día a día del chavismo a pie de calle, con Delcy Rodríguez en el poder (aunque tutelada desde el Despacho Oval), pero en el continente lo cambia casi todo. Las amenazas se extienden en las últimas horas a México y Colombia, dos gobiernos más alineados con China y Rusia que con Washington, y comienzan a dar miedo las palabras de Marco Rubio, secretario de Estado: «Ahora sabes que Trump es un presidente que actúa«, en contraposición a aquellos que hablan pero no se mueven.

Hace ahora un mes, la Casa Blanca ya pasó todo este plan a limpio en un documento: Estrategia de Seguridad Nacional 2025: «Tras años de abandono, EEUU reafirmará y hará cumplir la Doctrina Monroe para restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental y proteger nuestro territorio nacional y nuestro acceso a geografías clave en toda la región. Impediremos que competidores ajenos al hemisferio puedan desplegar fuerzas u otras capacidades amenazantes, o poseer o controlar activos estratégicamente vitales en nuestro hemisferio. Este corolario Trump de la Doctrina Monroe constituye una restauración de sentido común y contundente del poder y las prioridades de Estados Unidos, coherente con los intereses de seguridad nacional estadounidenses».

¿Puede Estados Unidos amenaza ahora con anexionar a Canadá como estado número 52? ¿Es cierto que Washington «necesita» este territorio para blindar su seguridad? La realidad es que Estados Unidos ya posee una base militar llamada Thule, a unos 1.200 kilómetros del Polo Norte, que se complementa con la base de control espacial Pituffik, que supone un nodo estratégico de altísimo valor por sus radares de alerta temprana y permite a EEUU vigilar rutas aéreas y marítimas emergentes por el deshielo, además de suponer una disuasión a la expansión ártica de Rusia. Es decir, que EEUU tiene una presencia importante en el ártico y que, probablemente, no le costaría demasiado negociar la apertura de nuevas bases en un marco colaborativo con la OTAN, cuyo mandato incluye la vigilancia de esas aguas. Pero Trump va más allá: no busca tanto expandir fronteras como redefinir soberanías.

La insistencia de Donald Trump en Groenlandia, Panamá, Canadá o Venezuela encaja con esa reinterpretación suya de la Doctrina Monroe, según la cual EEUU debe impedir que potencias externas consoliden presencia estratégica en su entorno geográfico inmediato: igual que en el siglo XIX Washington se arrogó el derecho a excluir a Europa del hemisferio occidental, hoy Trump traslada esa lógica al Ártico y al Atlántico Norte, considerando Groenlandia una plataforma clave. No se trata tanto de una anexión formal como de asegurar una zona de influencia funcional, donde la soberanía de terceros queda subordinada a los intereses de seguridad nacional estadounidenses.

Mientras, América Latina está dejando de ser un vecindario diplomático para convertirse en una zona de influencia estratégica, como en los 80 y 90, donde la autonomía de los Estados queda subordinada a la seguridad, la competencia con China y la lógica de poder de Washington, que busca recortar la soberanía de estos países y someterlos a cierto control de intereses, como ya sucede en Venezuela, un país que supera a Arabia Saudí en el primer puesto de reservas mundiales de petróleo.

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