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¿Quién hubiera podido pensar que cuando un multimillonario se compra un medio de comunicación como se fuera un yate (solo que mucho más barato) lo va a convertir en un instrumento de poder, en un escaparate para su vanidad, o en un juguete del que se va a acabar cansando? El mejor ejemplo es el del Washington Post, en pleno recorte brutal de plantilla, al que Jeff Bezos dio alas antes de hundirlo en la irrelevancia (ver gráfico) para no molestar a Donald Trump. Mientras, Patrick Soon-Shiong (biotecnología) ha pulverizado el maltrecho Los Angeles Times. Y Sheldon Adelson (casinos, y protagonista del fallido ‘Eurovegas’ en Madrid) y su viuda, Miriam, nunca ocultaron que sus medios en EEUU e Israel son instrumentos de su ideario político y ambiciones empresariales. Ahora le toca a la televisión. El quinto hombre más rico del mundo, Larry Ellison, se ha convertido en la práctica en dueño de CBS, que afronta la posible aniquilación de sus informativos.
Donald Trump ha logrado que muchos aliados de EEUU -sobre todo, los europeos y Canadá- hayan abandonado, en sus relaciones con China, la muy dura estrategia del decoupling, o desvinculación, por la más suave del de-risking, que significa ‘reducción del riesgo’. El problema de esa estrategia es que… a lo peor no funciona. Porque, si lograr algo de Trump es difícil, conseguirlo de Xi Jinping es casi imposible. Un ejemplo: en su visita a Pekín la semana pasada, el primer ministro británico, Keir Starmer, logró poco más que un acuerdo para que China monitorice su exportación de motores de gasolina para las lanchas neumáticas en las que llegan al Reino Unido desde Francia los inmigrantes ilegales. La medida es pura propaganda, porque los traficantes de seres humanos compran esos motores en mercados de segunda mano, que no controlan ni Pekín ni Londres ni nadie. Si ése es el futuro de las relaciones entre Europa y China, es para pensárselo.
La guerra de Gaza ha reactivado la piratería somalí en el Océano Índico. En 2024 hubo ocho ataques a barcos, y en 2025, otros tantos. En lo que llevamos de 2026 ha habido, al menos, uno. La principal causa parece ser la oleada de ataques a la navegación llevadas a cabo por los hutíes del vecino Yemen a consecuencia de la situación en Gaza, lo que obligó a retirar las fuerzas navales antipiratería de EEUU y la UE que estaban desplegadas frente a Somalia. El problema se agrava porque, paradójicamente, los años en los que no hubo piratas, barcos pesqueros chinos e iraníes arrasaron los caladeros somalíes, con lo que las comunidades costeras del país han descubierto que, sin peces, lo único que vale dinero en el océano son los barcos. La piratería, además, no parece preocuparle a nadie. EEUU bombardeó el año pasado 114 veces Somalia, donde Turquía tiene a 4.000 soldados y varios F-16. Pero todo eso es contra los fundamentalistas, no contra los piratas.
Aragón, que hoy celebra elecciones, no es nada en Inteligencia Artificial (IA). Pero sí juega un papel central en Europa como centro para la construcción de centros de datos en el sur de Europa. Los centros de datos acaso sean la IA del pobre. Pero, mientras los inversores se devanan los sesos para saber por dónde va a ir esa tecnología (¿Nvidia?, ¿OpenAI?, ¿Anthropic?, ¿Alphabet?, ¿AMD?) hay una cosa clara: gane quien gane la carrera, necesitará más centros de datos, un sector que va a seguir creciendo, pase lo que pase. Según Bloomberg, en 2025 la inversión mundial en centros de datos superó los 340.000 millones de euros. Y esto no es más que el principio. El gigante de la banca de inversión Morgan Stanley prevé 1,9 billones en el periodo 2025-2029. La consultora McKinsey añade un año más y dispara la cifra hasta 4,4 billones. Aunque apenas generan empleo y su consumo de agua y energía es increíble, nadie se atrevee a decir ‘no’ a los centros de datos.
Lo que Japón celebra hoy es mucho más que unas elecciones legislativas. Es, más bien, una revisión de la estrategia económica relativamente ‘trumpista’ (dirigismo, proteccionismo, rechazo a la inmigración) que ese país lleva aplicando desde que acabó la Guerra Fría y, simultáneamente, explotó su gigantesca burbuja inmobiliaria. Entonces, en 1990, Japón era la segunda mayor economía mundial, con un PIB nominal en dólares que era 1,76 veces el de la recién unificada Alemania. Hoy ha cedido la segunda plaza a China, y su PIB es apenas 1,22 veces el de Alemania. Con todo, el Gobierno de la primera ministra SanaeTakaichi quiere una mayoría absoluta amplia para continuar, reforzada, esa política, lo que incluye endurecer el dirigismo del Estado, mantener o expandir el gasto público, y reducir la tímida apertura a la inmigración llevada a cabo en los últimos años para tratar de recuperar la demografía en un país cuya población lleva cayendo desde 2010.
La Real Académica de la Lengua no acepta la palabra ‘Geoeconomía’. ChatGPT, un invento de analfabetos anglófonos, la define como «el estudio de cómo los Estados usan el comercio, las finanzas, la tecnología, la energía, la inversión, las divisas, y la política industrial como herramientas de poder internacional». El chatbot de OpenAI, así pues, autoriza a ‘colar’ en esta sección la compra por la Familia Real de Abu Dhabi del 49% de Liberty Financial, la empresa de criptodivisas de la familia Trump, cuatro días antes de que éste jurara el cargo de presidente. De los 425 millones que puso Abu Dhabi, 149 millones fueron a la familia Trump, según el Wall Street Journal, y 26 millones a «entidades» del compañero de ‘golf’ de Trump y enviado especial para Ucrania y Oriente Medio, Steve Witkoff. Técnicamente, según ChatGPT, eso es un «uso de las finanzas (…) como herramienta de poder». Hasta que la RAE no espabile, no sabremos qué es en español. ¿O tal vez sí?
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