El año del mundo sin rumbo

Lo que deja el año 2025 es un mercado de poder; el mundo percibe que Xi Jinping ha sido el principal beneficiario Leer Lo que deja el año 2025 es un mercado de poder; el mundo percibe que Xi Jinping ha sido el principal beneficiario Leer  

Describir el año transcurrido como transición resulta tan tentador como engañoso. Las transiciones presuponen dirección y 2025 se ha caracterizado por la permanente disrupción sin brújula: el desmantelamiento acelerado de las -durante décadas- bases estructuradoras de la política internacional, sin que aparezca una opción sustitutiva para la interacción entre estados y regiones.

Donald Trump ha sido el catalizador visible de esa fractura. 2025 pasará a la historia por su regreso a la Casa Blanca; por la magnitud y la naturaleza del vuelco desencadenado. La verdadera novedad ha sido, sin embargo, la respuesta de distintos actores: los que agacharon la cabeza; los que se acomodaron y, con mayor o menor éxito, le buscaron las vueltas; y los que sacaron partido al vacío creado. La conclusión de cara a 2026 es un mundo crecientemente confuso, regido por percepciones de poder y no por reglas compartidas.

El giro decisivo es, sin duda, el abandono explícito por parte de Estados Unidos de cualquier pretensión de tutela global. El lenguaje de liderazgo, valores y mantenimiento del montaje -ya erosionado- ha sido reemplazado por una afirmación directa del provecho inmediato, utilizando el poder como instrumento de presión y elevando la negociación a panacea. Los aranceles han dejado de ser herramientas técnicas de corrección económica para alzarse en mensaje político de primera magnitud. Las alianzas ya no se conciben como comunidades de destino, sino como relaciones susceptibles de trágala permanente desde una extraña lógica revanchista.

Washington se desliga así del sistema liberal basado en reglas, del que fue impulsor y garante, sin ofrecer una alternativa de organización internacional. Lo que promueve no es un marco distinto, sino un método -transaccional, bilateral y guiado sin sutileza por el interés inminente-. Estados Unidos se aparta de las convenciones diplomáticas heredadas, sin preocuparse por arbitrar un nuevo referente. Ese repliegue ha generado un vacío que otros se han apresurado a llenar.

El mundo percibe que China ha sido la principal beneficiaria de esta situación. En septiembre de 2025, en Tianjin, Xi Jinping presentó la denominada Iniciativa de Gobernanza Global, culminando una secuencia integrada por las iniciativas de Desarrollo Global (2021), Seguridad Global (2022) y Civilización Global (2023). En conjunto, articulan un planteamiento oficial cuyo objetivo declarado es estabilizar, reformar y perfeccionar el andamiaje multilateral sin cisma, a diferencia del afán explícitamente destructivo que encarna Vladimir Putin.

No se trata de un proyecto liberalizador, ni lo pretende. Pero sí está cuidadosamente formulado para no ser percibido como reto al orden vigente, sino como su evolución natural. China no se enuncia como potencia rupturista, sino como factor de continuidad, previsibilidad y coexistencia gestionada, respetuoso de la soberanía y ajeno a jerarquías ideológicas. Frente a la postura estadounidense conducida por el interés romo y cortoplacista, Pekín se erige en garante de la estabilidad general. La propuesta apela menos a la diplomacia que a la psicología colectiva: ante la inquietud por un mundo en descomposición, promete una transformación sin sobresaltos.

En geopolítica, la percepción importa. A finales de 2025, China se distinguía por haber transitado el año con el mayor aplomo. El encuentro entre Trump y Xi en Busan en octubre reforzó esa impresión. Más allá de su contenido concreto, la escenificación transmitió la imagen de un EEUU ansioso por cerrar acuerdos y una China lo bastante confiada para esperar, conceder selectivamente y autodefinirse como líder -con matices propios- «responsable» en materia de gobernanza global.

Europa, por su parte, afronta 2026 sumida en la desorientación. Lo que tradicionalmente se manifestó como tensión de cariz técnico -reparto de competencias, procedimientos, equilibrios varios- ha adquirido carácter existencial. La Unión Europea sigue pensando el mundo desde el derecho, las normas y la cooperación institucionalizada, mientras su realidad circundante se reconfigura en torno al poder, la coerción y las esferas de influencia. La tensión ya no afecta a cómo actúa Europa, sino propiamente a su ser.

En Ucrania esta disonancia se amplifica al límite. La guerra ha desvelado no solo carencias militares e industriales, también una persistente vacilación. Los compromisos han sido sustanciales -sí-; nunca decisivos; la unidad se ha preservado, a menudo a costa de la claridad. Con la prolongación del conflicto, la pregunta pendiente ya no es cuánto tiempo puede la UE sostener el apoyo, sino qué tipo de orden europeo está dispuesta a defender -y a qué precio-. La respuesta condicionará su envergadura internacional.

La inmigración constituye un desafío distinto pero no menos corrosivo. Se ha aupado a máximo factor perturbador de la política interna europea, al cruzarse con la legitimidad democrática, la cohesión social, la gestión de fronteras y la confianza entre Estados miembro. La ausencia de una réplica común creíble ha alimentado dinámicas centrífugas, justo cuando la solidaridad es muestra más necesaria.

África sigue ocupando un lugar secundario en las prioridades europeas, aunque paradójicamente sea uno de los espacios más trascendentes de futuro. No es solo origen de caos migratorio, sino el principal terreno donde confluyen ambiciones contrapuestas: las andaduras china, rusa, del Golfo, turca y occidentales varias, se superponen sin coordinación y, en general, sin protagonismo africano. Para Europa, esa doble circunstancia -vecindad próxima y tablero geopolítico- acentúa tanto la exposición como el embrollo estratégico.

Otros actores relevantes se mueven con pragmatismo en este contexto. Brasil ha resistido los intentos de alineamiento, reivindicando su autonomía estratégica mientras explota el margen que brinda la rivalidad entre grandes potencias. India mantiene su complejo entramado: profundizando vínculos con Estados Unidos y conservando relaciones funcionales con China y Rusia. Ni Delhi ni Brasilia aspiran a rediseñar el sistema; se han convertido en referente de quienes buscan operar dentro de su fragmentación.

Lo que deja 2025, en suma, no es un nuevo orden emergente, sino un mercado de poder. Las normas se invocan de forma selectiva, las instituciones se instrumentalizan a conveniencia, y la cooperación se subordina al retorno inmediato. La creencia de que la interdependencia disciplinaría los comportamientos se ha erosionado, mientras avanza la sustitución de las reglas por un ejercicio del poder sin cortapisas.

El peligro, según transcurra 2026, no es la inestabilidad en abstracto, sino el error de cálculo: confundir el éxito narrativo con la solución de fondo, las ventajas tácticas con el equilibrio duradero, o pensar que el orden desmantelado puede reconstruirse a voluntad. La historia invita a la prudencia.

El nuevo año proyectará, así, menos disputas por fijar agenda que una pugna por establecer límites al desparrame global. En un mundo progresivamente alejado de supuestos compartidos, la contención, la claridad y la paciencia estratégica pueden resultar más decisivas que el ruido y el despliegue comunicativo. La cuestión es quién está dispuesto a ejercerlas.

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