El ‘Corolario Trump’: petróleo, esferas de influencia y una válvula de escape para los halcones de la Administración

La arriesgada apuesta del presidente estadounidense, que ya ha bombardeado siete países, da alas a Rusia y China, deja herido el derecho internacional y expuesta a la Unión Europea Leer La arriesgada apuesta del presidente estadounidense, que ya ha bombardeado siete países, da alas a Rusia y China, deja herido el derecho internacional y expuesta a la Unión Europea Leer  

Según Marco Rubio, el secretario de Estado de EEUU, el ataque aéreo en Caracas fue por legitimidad y democracia. «Nicolás Maduro no es el presidente de Venezuela y su régimen no es el Gobierno legítimo. Maduro es el jefe del Cártel de los Soles, una organización narcoterrorista que ha tomado posesión de un país. Y está imputado por meter drogas en Estados Unidos«. Según el vicepresidente, JD Vance, es una cuestión de drogas y recursos naturales. «El presidente Trump ofreció múltiples salidas, pero fue muy claro durante todo el proceso: el narcotráfico debe cesar y el petróleo robado debe ser devuelto a Estados Unidos. Maduro es la persona más reciente en descubrir que el presidente Trump habla en serio«. Y según Pete Hegseth, secretario de Guerra, es porque con demostraciones como el ataque a las instalaciones nucleares de Irán o la captura de Maduro, el mundo entero capta el mensaje. «Se llama PAZ A TRAVÉS DE LA FUERZA. Después de los desastrosos años de Joe Biden -cuando Estados Unidos era woke, débil y en retirada- el presidente Trump y el departamento de Guerra están RESTABLECIENDO LA DISUASIÓN».

Pero la opinión -y la motivación- importante, la única, es la del presidente. Y el presidente, este sábado, dijo muchas otras cosas, inclinándose por segunda vez, tras Irán, con el ala más belicista e intervencionista de su Administración. Que Maduro era un criminal y deberá enfrentarse a la Justicia, curiosamente por cargos similares a los que sirvieron para condenar al hondureño Juan Orlando Hernández, inexplicablemente perdonado y liberado por Trump hace unos días. Pero también que María Corina Machado, «una señora muy amable», no puede encargarse de Venezuela «porque no tiene el respeto ni el apoyo de la gente». Y que, por lo tanto, su Administración trabajará de cerca, al menos por ahora, con los herederos, cómplices y subalternos de Maduro para «hacer que Venezuela sea grande de nuevo».

El mundo contuvo la respiración cuando el presidente dijo que Estados Unidos se encargaría de gobernar el país hasta poder garantizar «una transición segura», o que no tenía «miedo a desplegar tropa sobre el terreno», o se ufanó de un «ataque a la soberanía» venezolana, despertando los recuerdos y fantasmas de Irak, Afganistán y el nation building. Pero abrió muy rápido la boca, con sorprendente sorpresa e indignación, cuando fue perfilando sus intenciones y aclarando sus palabras, cerrando la puerta a las aspiraciones de la oposición que ganó las últimas elecciones y tendiendo la mano al régimen de siempre, siempre y cuando entreguen la gestión de su petróleo a las empresas estadounidenses.

Lo dijo decenas y decenas de veces en su intervención. Petróleo, petróleo, petróleo y estabilidad. «Vamos a hacer que nuestras enormes compañías petroleras de Estados Unidos, las más grandes del mundo, gasten miles de millones de dólares, arreglen la infraestructura gravemente dañada, la infraestructura petrolera, y comiencen a generar dinero para el país. Vamos a reemplazarlas y sacar mucho dinero para poder encargarnos del país». Los hermanos Rodríguez, dispuestos a lo que haga falta para sobrevivir, pueden vender un escenario de estabilidad y transición frente al caos de un cambio de régimen. Y la Casa Blanca tiende la mano, al menos por ahora. «No vamos a permitir que otros se encarguen», zanjó Trump ante la posibilidad de que terceros países quieren llenar un vacío de poder.

La relación y obsesión de Donald Trump con Venezuela y Maduro se ha vertebrado sobre numerosos y muy diferentes ejes: el mediático, el personal, el ideológico, el geopolítico, el económico, el migratorio o el petrolero. Por no hablar del factor del espectáculo. «Lo vi literalmente como si estuviera viendo un programa de televisión… la velocidad, la violencia… la velocidad, la violencia… fue algo asombroso (…) No hay otro país en la Tierra que pueda realizar semejante maniobra«, dijo este sábado con orgullo sobre la operación de las fuerzas especiales, repitiendo casi palabra por palabra su excitación cuando dio detalles del despliegue aéreo con el que atacó Irán.

Trump ha disfrutado del protagonismo, de poder hacer algo que no está al alcance de nadie más, como Putin ha comprobado con desesperación con Zelenski. Pero sus movimientos poco tienen que ver con el anhelo democrático de los venezolanos. «Trump habla de atacar países y apoderarse de sus líderes como símbolo de estatus, una señal de la grandeza estadounidense», apunta Stephen Wertheim, investigador del Carnegie Endowment y profesor en la Universidad de Yale. Y puede explicarle al movimiento MAGA que no es una política exterior expansiva, sino defensiva. En su hemisferio, su patio trasero, para evitar la llegada de drogas y poner las condiciones para que cientos de miles de venezolanos se vayan de vuelta a su país. Así lo explicó anoche.

De fondo en realidad hay mucho más. Como apuntaba ayer Ryan Evans, fundador de War on the Rocks, un medio especializado en estrategia, Defensa y asuntos exteriores, Trump funciona por instintos más que por ideologías o pensamiento sofisticado. Si ve una oportunidad, la aprovecha. Si tiene una mano mejor, lanza el órdago. Y aquí ha visto una ocasión geopolítica, económica, de recursos naturales y para ahuyentar a sus rivales. «Muchos asumen que Trump tiene una doctrina equiparable a las doctrinas del pasado. Amigos que respeto siguen diciendo que sigue una gran estrategia de ‘realismo defensivo’, una ‘jacksoniana’ o que es ‘aislacionista’. Trump puede estar rodeado de personas con doctrinas, pero no las tiene. En segundo lugar, la gente interpreta sus declaraciones públicas como un farol o un compromiso, cuando pueden ser ambas cosas. Y en tercer lugar, subestiman el conflicto existente dentro de la Administración y cómo este altera los resultados. Venezuela es una especie de válvula de escape para los halcones, especialmente Rubio, pero también otros. No hay en la Administración nadie que sostenga una verdadera postura agresiva hacia Rusia o China, así que estos e Irán han sido sus únicas opciones», explicaba.

Trump ataca (y desde que asumió el cargo el 20 de enero de 2025 ha autorizado al menos 626 ataques aéreos en siete países diferentes, 70 más que Joe Biden en todo su mandato de cuatro años) porque puede, y así complace al Ejército y lo mantiene en forma, imponiendo respeto pero también sentido de urgencia en Pekín. Cerró el espacio aéreo venezolano y sus costas porque puede y aleja a los barcos chinos. Atacó decenas de lanchas, presuntamente en aguas internacionales, porque puede. Abordó petróleos e incautó su carga porque puede. Dijo que el petróleo le pertenece porque puede. Y ha capturado y sacado del país a Maduro, propiciando quizás un cambio de régimen, para dejar claro que puede y que el derecho internacional le resulta del todo ajeno. Trump ve la vida como un juego de suma cero, y se apoya en la idea que el poder no sirve de nada si no se usa. Ser la nación más poderosa del planeta y no sacar provecho le parece ridículo, de perdedores.

Además, para su regocijo, tiene el consentimiento tácito de buen parte del planeta. Una Unión Europea que permanece muda y Rusia y China, o Turquía, que aspiran a un rol similar en sus respectivas esferas de influencia. Es sonrojante que los mensajes críticos más contundentes los lanzaran ayer aliados ideológicos de Trump, de Nigel Farage a Marine Le Pen, mientras en Bruselas se hacían contorsiones y ejercicios virtuosos de acrobacia diplomática vacía. Sobre todo cuando Trump hablaba a gritos. Cuando impone esferas de influencia y reitera que la de Ucrania no es su guerra. Estados Unidos dice que no tiene más fondos ni material gratuito para Kiev mientras gasta ingentes cantidades y despliega 150 aviones para capturar a Maduro y seguir trabajando, por ahora, con el régimen. Lleva meses anticipando sus pasos, revelando fobias y filias, y si alguien debería estar especialmente inquieto esta noche son los habitantes de Groenlandia o Panamá, piezas clave en su tablero. Lo ha dicho una y otra vez.

El concepto de esferas de influencia es esencial para vertebrar las motivaciones de Washington. A finales de octubre, antes de verse con Xi Jinping en Corea del Sur, Trump escribió en sus redes sociales: «El G2 se reunirá en breve». Y tras el encuentro dijo: «Mi reunión del G2 con el presidente Xi de China fue muy importante para ambos países. Esta reunión nos conducirá a una paz duradera y al éxito». El término «G2» es una vieja idea que se planteó en los primeros años 2000, una aproximación según la cual Estados Unidos y China podrían convertirse en las dos únicas potencias dominantes y de alguna manera encontrarían una forma de gestionar de forma conjunta los asuntos globales. Y de repartirse el globo, con Rusia de socio junior, un G2+1. Igual que Trump calificó de «genialidad» la invasión rusa del Donbás y el apropiarse territorio en pocas horas, indirectamente le marca el camino a China en Taiwan. Mientras sea rápido, no altere la estabilidad de la zona y los intereses comerciales o electrónicos de Washington estén a salvo…

«Bajo el Trump 2.0, Estados Unidos ha abandonado su política estratégica de hegemonía liberal global en favor de una doctrina de esferas de influencia. Washington ahora aplica un enfoque coercitivo, rapaz y basado en el poder hacia el hemisferio occidental en general, amenazando e intimidando a vecinos y aliados, al tiempo que deja a Rusia y China el espacio y la libertad necesarios para actuar a su antojo en sus propios patios traseros geopolíticos. La drástica transformación de la política exterior estadounidense está marcando rápidamente el comienzo de un nuevo orden global basado en una estructura tripolar [EEUU, Rusia y China] que privilegia los intereses y la agresión de las grandes potencias en detrimento de las antiguas reglas, normas e instituciones de la posguerra», resume Bradley N. Nelson, profesor de Ciencia Política en Universidad de San Xavier (Chicago).

Hace un mes, el Gobierno de Donald Trump publicó su Estrategia de Seguridad Nacional, un documento que explica los objetivos de la Política Exterior estadounidense, sus prioridades y su cosmovisión. «Queremos garantizar que el Hemisferio Occidental se mantenga razonablemente estable y suficientemente bien gobernado para prevenir y desalentar la migración masiva a Estados Unidos; queremos un Hemisferio cuyos gobiernos cooperen con nosotros contra narcoterroristas, cárteles y otras organizaciones criminales transnacionales; queremos un Hemisferio libre de incursiones extranjeras hostiles o de la propiedad de activos clave, y que apoye cadenas de suministro cruciales; y queremos asegurar nuestro acceso continuo a ubicaciones estratégicas clave. En otras palabras, afirmaremos y haremos cumplir un ‘Corolario Trump’ de la Doctrina Monroe», decía el texto.

En Estados Unidos se habla desde la vuelta de Trump de la Doctrina Donroe, y él mismo lo recalcó el sábado. Una mezcla del nombre del presidente actual y del ex presidente James Monroe, quien en 1823 en un mensaje a las potencias europeas, y en especial a la España que perdía territorios, dijo que Washington consideraría «cualquier intento de su parte por extender su sistema a cualquier porción de este hemisferio como una amenaza para nuestra paz y seguridad (…)».

Trump quiere el control absoluto de su patio trasero. Quiere el hemisferio para Estados Unidos, sin presencia rusa y, sobre todo, china. No sólo desde el punto de vista militar, sino también político, económico, comercial, de infraestructuras y de recursos. De puertos y del Canal de Panamá. Quiere que los países rompan relaciones con sus rivales estratégicos y ayuda a sus aliados, de Argentina a El Salvador, de Brasil a Honduras. Venezuela, como Colombia, era el eslabón más débil. Ya no. La apuesta es muy arriesgada, moral, ética y estratégicamente. El escenario está lleno de trampas, el régimen es cualquier cosa menos un aliado de fiar, la decepción puede ser enorme en la oposición y la división es enorme en Estados Unidos, especialmente si implica el uso de tropas. Trump llevó al límite a los suyos con el caso Epstein y no puede permitirse un fracaso exterior o llevar al país a otro pantano lejano.

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