El fracaso de ‘Decomasters’: por qué no tira Mar Flores y compañía en prime time

Decomasters no ha interesado. A la audiencia generalista le ha dado absolutamente igual ver ejercer la bricomanía a celebridades como Mar Flores, su hijo, Isa Pi y compañía. El casting pintaba bueno. Para la televisión de hace 15 años. La idea también apuntaba maneras: ampliar la contrastada fórmula de MasterChef Celebrity al boom de programas de reformas de casas.

Una cosa es la TDT, en la que se reforma una controlable casa en una hora de capítulo, y otra rellenar tres horas del trasnochado «prime time» de La 1. Tampoco la dinámica de este espectáculo es tan identificable como guisar un plato, algo que hacemos todos más o menos cada día. Aquí, en cambio, el espectador se pierde. Demasiados concursantes, demasiados lugares para reformar, demasiados espacios para retener en la memoria. Una desorientación que el programa intenta remediar poniendo a hablar a los participantes de su vida.

El cebo es que abran su intimidad mientras alicatan. Que cuenten aquello que nunca soltarían a una revista del corazón a la vez que deciden qué papel pintado ponen en una pared. Sin embargo, sus confesiones no interesan. ¿Por qué? Primero, porque ya estamos en otro nivel de famosos que interiorizamos casi que hasta resuelven problemas sobre su propia vida con nosotros a través de sus redes sociales. Incluso sentimos que somos sus amigos porque somos sus followers. Los seguimos como a nuestros amigos reales, los damos like como a nuestro compañero del colegio y los vemos despeinados en la storie de nada más despertarse que todos hemos colgado alguna vez. Y no teníamos ninguna necesidad. Bueno sí, un poquito de chute de validación ajena.

Hasta opinamos de su día a día. Ese contacto de aparente tú a tú con las celebridades de hoy hace que veamos composturas en la misma tele donde antes veíamos tele-realidad. Ese es el segundo problema de Decomasters. Si ya hay una saturación de programas similares de famosos haciendo cosas que se emiten al mismo tiempo, encima no te los crees. Ni siquiera en el instante que comparten confidencias. Porque cuando se ponen a sincerarse delante de cámara hablan como si estuvieran en la sala de espera de la consulta del dentista. Un saloncito de miradas desconocidas en el que evitas hablar de ti, simulas que hablas de ti. Que es diferente. Vamos, lo que lleva ejerciendo Mar Flores toda la vida. Máxima representante de la apariencia que no trasciende porque nunca permite la relajación de la que brota la autenticidad.

 El ‘MasterChef’ de reformas.  

Decomasters no ha interesado. A la audiencia generalista le ha dado absolutamente igual ver ejercer la bricomanía a celebridades como Mar Flores, su hijo, Isa Pi y compañía. El casting pintaba bueno. Para la televisión de hace 15 años. La idea también apuntaba maneras: ampliar la contrastada fórmula de MasterChef Celebrity al boom de programas de reformas de casas. 

Una cosa es la TDT, en la que se reforma una controlable casa en una hora de capítulo, y otra rellenar tres horas del trasnochado «prime time» de La 1. Tampoco la dinámica de este espectáculo es tan identificable como guisar un plato, algo que hacemos todos más o menos cada día. Aquí, en cambio, el espectador se pierde. Demasiados concursantes, demasiados lugares para reformar, demasiados espacios para retener en la memoria. Una desorientación que el programa intenta remediar poniendo a hablar a los participantes de su vida. 

El cebo es que abran su intimidad mientras alicatan. Que cuenten aquello que nunca soltarían a una revista del corazón a la vez que deciden qué papel pintado ponen en una pared. Sin embargo, sus confesiones no interesan. ¿Por qué? Primero, porque ya estamos en otro nivel de famosos que interiorizamos casi que hasta resuelven problemas sobre su propia vida con nosotros a través de sus redes sociales. Incluso sentimos que somos sus amigos porque somos sus followers. Los seguimos como a nuestros amigos reales, los damos like como a nuestro compañero del colegio y los vemos despeinados en la storie de nada más despertarse que todos hemos colgado alguna vez. Y no teníamos ninguna necesidad. Bueno sí, un poquito de chute de validación ajena.

Hasta opinamos de su día a día. Ese contacto de aparente tú a tú con las celebridades de hoy hace que veamos composturas en la misma tele donde antes veíamos tele-realidad. Ese es el segundo problema de Decomasters. Si ya hay una saturación de programas similares de famosos haciendo cosas que se emiten al mismo tiempo, encima no te los crees. Ni siquiera en el instante que comparten confidencias. Porque cuando se ponen a sincerarse delante de cámara hablan como si estuvieran en la sala de espera de la consulta del dentista. Un saloncito de miradas desconocidas en el que evitas hablar de ti, simulas que hablas de ti. Que es diferente. Vamos, lo que lleva ejerciendo Mar Flores toda la vida. Máxima representante de la apariencia que no trasciende porque nunca permite la relajación de la que brota la autenticidad.

 20MINUTOS.ES – Televisión

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