Todavía hay líderes políticos que siguen creyendo que se influye a la población desde los programas de debate de la televisión. Ingenuos. Algunos, en las antípodas del síndrome del impostor, incluso quieren ser ellos mismos los que se sientan en las sillas de los platós de actualidad para controlar con su desparpajo el relato. O eso creen. Porque la presencia en gran parte de las tertulias hace tiempo que dejó de asegurar votos en las urnas. Basta con cotejar el rendimiento de determinados partidos: su constante participación en televisión no se traduce en rendimiento electoral. El público generalista está inmune.
¿Qué ha sucedido? El consumo audiovisual está más fragmentado que nunca y, como consecuencia, existe un atajo fácil para aupar el porcentaje de share en el daytime televisivo: adoptar una postura. La objetividad parece que ya no es trending. Por culpa de la viralidad, hemos comprado la sensación de que es más «rentable» correr a por el espectador que ansía que le den la razón a sus anhelos. Como en Twitter. Porque hay una ruidosa audiencia que busca defensores ideológicos más que periodistas críticos. El problema es que así solo se reúne frente al televisor al público que ya está convencido. Sin embargo, las elecciones se ganan conquistando a los que prenden el televisor sin una susceptibilidad de sometimiento ideológico. Su ideología es más amplia, más confusa, con más ideales que fe ciega. Se trata de los ciudadanos que van más allá de la reafirmación de ideas a través de proclamas simplificadas a dos únicas corrientes de pensamiento oficiales. Que ya recibimos, sin tregua, a través de las redes sociales.
Las generaciones de periodistas televisivos que nos precedieron en el debate televisado, que representan nombres propios como Jesús Hermida, José Luis Balbín o María Teresa Campos, temían en sus años dorados que su credibilidad se perdiera aprisionándose en una trinchera vehemente. Enseñaban la patita de sus ideales, claro, pues cada acto que realizamos atesora ideología: desde cómo tratamos al vecino en el ascensor a cómo votamos. Pero, sobre todo, intentaban demostrar que hacían el ejercicio para encontrar el equilibrio de la honestidad. El rigor profesional era lo primero: confiando que el periodismo no consiste tanto en convencer como en comprender. Y así congregaban a públicos transversales.
Pero el empobrecimiento del debate público, televisivo y, por tanto, social nos ha arrastrado a que la discrepancia democrática ya no sea una opción. Táctica de manipulación ¿perfecta?, pues somos más dóciles y, como consecuencia, más manipulables cuando siempre hay que cerrar filas con los que consideramos «los nuestros». Lo que, también, ha desmoronado la influencia de los programas de debate. El espectador, que tiene criterio propio, los ve pronosticables cuando su posicionamiento es evidente. Y no confía. Como mucho se entretiene. Una cosa es tener una línea editorial y otra es la excitación de la reafirmación que cambia el análisis de la actualidad según quién la protagonice. No me digas qué pasa, dime quién lo ha hecho. Se defiende a Zapatero por lo mismo que sería sentenciado uno del PP. Y viceversa.
Una entonación partidista que puede subir el porcentaje de share entre los que quieren encontrar su voz. Incluso ser un nicho de negocio para un canal temático o de Youtube. Pero, ¿multiplica el número real de espectadores delante de la pantalla que permite la rentabilidad de un canal principal de TV? Por lo general, el público más masivo se acaba marchando a buscar una peli, una serie, un docu, un concurso… Se va a un lugar donde no solo están los que quieren tener siempre la razón. Y elige historias que les permiten descubrir desde la empatía.
Es el fracaso del auge de tertulias posicionadas como reclamo de venta. Así consiguen su hueco cortoplacista en el mercado y en las polémicas de las redes, pero el público más independiente, el que supera la barrera del millón y medio de espectadores, agotado de la hiperestimulación de discursos, se termina refugiando en otras producciones audiovisuales que, por suerte, dan igual a los partidos políticos de hoy, obsesionados con colocar su relato en los medios al estilo de las redes: con la futbolización política que nos reduce a fans.
No es de extrañar que la mayor parte de la población acabe en la creatividad que no habla a todo el mundo con la tensión narrativa de los atriles de los partidos políticos. Porque en la calle no dialogamos con la intensidad de los mítines políticos. En las series, en la música, en el ingenio audiovisual se refleja la sociedad real que pone en práctica la política intentándolo cada día. Intentando la vida, lo mejor que puede. Ahí está el quid de la cuestión: la saturación de la perorata, que suena a imposición, frente a la revolución de descubrir al diferente, o al que crees que es diferente, que cambia la convivencia desde las historias que nos acercan a otros mundos que están en este.
¿Televisión para convencidos? Un fracaso de nuestra sociedad.
Todavía hay líderes políticos que siguen creyendo que se influye a la población desde los programas de debate de la televisión. Ingenuos. Algunos, en las antípodas del síndrome del impostor, incluso quieren ser ellos mismos los que se sientan en las sillas de los platós de actualidad para controlar con su desparpajo el relato. O eso creen. Porque la presencia en gran parte de las tertulias hace tiempo que dejó de asegurar votos en las urnas. Basta con cotejar el rendimiento de determinados partidos: su constante participación en televisión no se traduce en rendimiento electoral. El público generalista está inmune.
¿Qué ha sucedido? El consumo audiovisual está más fragmentado que nunca y, como consecuencia, existe un atajo fácil para aupar el porcentaje de share en el daytime televisivo: adoptar una postura. La objetividad parece que ya no es trending. Por culpa de la viralidad, hemos comprado la sensación de que es más «rentable» correr a por el espectador que ansía que le den la razón a sus anhelos. Como en Twitter. Porque hay una ruidosa audiencia que busca defensores ideológicos más que periodistas críticos. El problema es que así solo se reúne frente al televisor al público que ya está convencido. Sin embargo, las elecciones se ganan conquistando a los que prenden el televisor sin una susceptibilidad de sometimiento ideológico. Su ideología es más amplia, más confusa, con más ideales que fe ciega. Se trata de los ciudadanos que van más allá de la reafirmación de ideas a través de proclamas simplificadas a dos únicas corrientes de pensamiento oficiales. Que ya recibimos, sin tregua, a través de las redes sociales.
Las generaciones de periodistas televisivos que nos precedieron en el debate televisado, que representan nombres propios como Jesús Hermida, José Luis Balbín o María Teresa Campos, temían en sus años dorados que su credibilidad se perdiera aprisionándose en una trinchera vehemente. Enseñaban la patita de sus ideales, claro, pues cada acto que realizamos atesora ideología: desde cómo tratamos al vecino en el ascensor a cómo votamos. Pero, sobre todo, intentaban demostrar que hacían el ejercicio para encontrar el equilibrio de la honestidad. El rigor profesional era lo primero: confiando que el periodismo no consiste tanto en convencer como en comprender. Y así congregaban a públicos transversales.
Pero el empobrecimiento del debate público, televisivo y, por tanto, social nos ha arrastrado a que la discrepancia democrática ya no sea una opción. Táctica de manipulación ¿perfecta?, pues somos más dóciles y, como consecuencia, más manipulables cuando siempre hay que cerrar filas con los que consideramos «los nuestros». Lo que, también, ha desmoronado la influencia de los programas de debate. El espectador, que tiene criterio propio, los ve pronosticables cuando su posicionamiento es evidente. Y no confía. Como mucho se entretiene. Una cosa es tener una línea editorial y otra es la excitación de la reafirmación que cambia el análisis de la actualidad según quién la protagonice. No me digas qué pasa, dime quién lo ha hecho. Se defiende a Zapatero por lo mismo que sería sentenciado uno del PP. Y viceversa.
Una entonación partidista que puede subir el porcentaje de share entre los que quieren encontrar su voz. Incluso ser un nicho de negocio para un canal temático o de Youtube. Pero, ¿multiplica el número real de espectadores delante de la pantalla que permite la rentabilidad de un canal principal de TV? Por lo general, el público más masivo se acaba marchando a buscar una peli, una serie, un docu, un concurso… Se va a un lugar donde no solo están los que quieren tener siempre la razón. Y elige historias que les permiten descubrir desde la empatía.
Es el fracaso del auge de tertulias posicionadas como reclamo de venta. Así consiguen su hueco cortoplacista en el mercado y en las polémicas de las redes, pero el público más independiente, el que supera la barrera del millón y medio de espectadores, agotado de la hiperestimulación de discursos, se termina refugiando en otras producciones audiovisuales que, por suerte, dan igual a los partidos políticos de hoy, obsesionados con colocar su relato en los medios al estilo de las redes: con la futbolización política que nos reduce a fans.
No es de extrañar que la mayor parte de la población acabe en la creatividad que no habla a todo el mundo con la tensión narrativa de los atriles de los partidos políticos. Porque en la calle no dialogamos con la intensidad de los mítines políticos. En las series, en la música, en el ingenio audiovisual se refleja la sociedad real que pone en práctica la política intentándolo cada día. Intentando la vida, lo mejor que puede. Ahí está el quid de la cuestión: la saturación de la perorata, que suena a imposición, frente a la revolución de descubrir al diferente, o al que crees que es diferente, que cambia la convivencia desde las historias que nos acercan a otros mundos que están en este.
20MINUTOS.ES – Televisión
