El retrato social de la detonación de un edificio en la Calle Alcalá de Madrid en 1992

El 29 de febrero de 1992 se detonaba un edificio de cinco alturas en plena calle de Alcalá. Cuando cruza la M30 y se adentra en el popular barrio de Quintana. Allí los vecinos estaban expectantes. Las cámaras de televisión, también.

Los coches seguían circulando junto a un edificio repleto de explosivos que iba a ser convertido, de golpe, en escombros. Y la gente se arremolinaba junto a a línea de seguridad. Había que ver el espectáculo del estallido del hormigón.

Hoy el bloque se hubiera desmontado poco a poco. Como está sucediendo con el edificio histórico del Hospital 12 de Octubre. Entonces, a principios de los noventa, sin todavía demasiado miedo a tragarnos toneladas de cemento convertidas en polvo, se optó por los peligros de la pólvora. Tan inminente, tan sin piedad, tan a pocos metros de otros inmuebles. Solo protegidos por una malla verde, de esas que los abuelos agujeran para lograr una mirilla por la que poder contemplar la evolución de las obras.

¿La calle la vais a cortar, no?”, preguntaba un peatón. “Hombre, claro”, contestaba un policía. Sin embargo, la ingenuidad nacional se iba colocando en primera fila. Aún no estábamos inmunes por las catástrofes recreadas por IA y demostrábamos cierta inconsciencia al aproximarnos, en vez de alejarnos, de un lugar a punto de saltar por los aires. “Tienen que bajar a la esquina de abajo, aquí se corre riesgo”, explicaba otro agente un rato antes de la voladura.

Y se cortó el tráfico. Y las sirenas sonaron. Hasta tres veces. El edificio reventó. El pueblo aplaudió. Como el que contempla una función de teatro con mucho efecto especial. “Qué bonito”, exclamó una señora. Pero, de repente, la nube de partículas grises del edificio empezó a ir hacia los espectadores fascinados con la destructora pirotécnica. Todos empezaron a huir de la polvareda. Ya era tarde. Un señor de traje y corbata se quedó parado antes de llegar el polvo. Quiso su foto con el humo gris. Un adelantado a los influencers, tres décadas antes de las redes sociales. Cerca, la cámara grabó a un niño saltando sobre el suelo emblanquecido como si fuera nieve. “A comerse los polvorones”, ironizó un operario ante el percal.

La agresividad siempre termina pringando. Incluso cuando creemos verla desde fuera del cordón de seguridad. Aquella detonación, imposible hoy en un casco urbano con tanta vida en tan poco espacio, también habla de la adrenalina de mirar como un show una explosión. El estruendo que antes era algo puntual en nuestras vidas y que, hoy, nos estalla en las manos con solo abrir TikTok.

 Los vecinos se acercaron a ver el derribo sin imaginar la nube de polvo que les caería encima.  

El 29 de febrero de 1992 se detonaba un edificio de cinco alturas en plena calle de Alcalá. Cuando cruza la M30 y se adentra en el popular barrio de Quintana. Allí los vecinos estaban expectantes. Las cámaras de televisión, también.   

Los coches seguían circulando junto a un edificio repleto de explosivos que iba a ser convertido, de golpe, en escombros. Y la gente se arremolinaba junto a a línea de seguridad. Había que ver el espectáculo del estallido del hormigón.

Hoy el bloque se hubiera desmontado poco a poco. Como está sucediendo con el edificio histórico del Hospital 12 de Octubre. Entonces, a principios de los noventa, sin todavía demasiado miedo a tragarnos toneladas de cemento convertidas en polvo, se optó por los peligros de la pólvora. Tan inminente, tan sin piedad, tan a pocos metros de otros inmuebles. Solo protegidos por una malla verde, de esas que los abuelos agujeran para lograr una mirilla por la que poder contemplar la evolución de las obras.

¿La calle la vais a cortar, no?”, preguntaba un peatón. “Hombre, claro”, contestaba un policía. Sin embargo, la ingenuidad nacional se iba colocando en primera fila. Aún no estábamos inmunes por las catástrofes recreadas por IA y demostrábamos cierta inconsciencia al aproximarnos, en vez de alejarnos, de un lugar a punto de saltar por los aires. “Tienen que bajar a la esquina de abajo, aquí se corre riesgo”, explicaba otro agente un rato antes de la voladura.

Y se cortó el tráfico. Y las sirenas sonaron. Hasta tres veces. El edificio reventó. El pueblo aplaudió. Como el que contempla una función de teatro con mucho efecto especial. “Qué bonito”, exclamó una señora. Pero, de repente, la nube de partículas grises del edificio empezó a ir hacia los espectadores fascinados con la destructora pirotécnica. Todos empezaron a huir de la polvareda. Ya era tarde. Un señor de traje y corbata se quedó parado antes de llegar el polvo. Quiso su foto con el humo gris. Un adelantado a los influencers, tres décadas antes de las redes sociales. Cerca, la cámara grabó a un niño saltando sobre el suelo emblanquecido como si fuera nieve. “A comerse los polvorones”, ironizó un operario ante el percal. 

La agresividad siempre termina pringando. Incluso cuando creemos verla desde fuera del cordón de seguridad. Aquella detonación, imposible hoy en un casco urbano con tanta vida en tan poco espacio, también habla de la adrenalina de mirar como un show una explosión. El estruendo que antes era algo puntual en nuestras vidas y que, hoy, nos estalla en las manos con solo abrir TikTok.

 20MINUTOS.ES – Televisión

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