La aparición de la obra extraviada de Sorolla ha sido un buen detector de nuestros propios prejuicios. Ya solo cuando conocimos a Andrés Hurtado desconfiamos. No creíamos que hubiera cogido tal pintura de la basura porque le gustó el marco. Nos sonó a excusa de la picaresca nacional. Pero, de repente, nos percatamos de su acento murciano. Y la mirada se nos levantó. Así es cómo contemplamos su salón repleto de molduras, cajones entreabiertos, unos pajaritos de porcelana besándose, bobinas de hilos de colores, las llaves del Seat y busto con sostén. Ahí, hecho centro del bodegón, estaba el Sorolla, sobre una tabla de planchar convertida en podium de arte. Y qué arte.
Aunque faltaba otro giro de guion para azuzar la sonrisa de los prejuicios cañís. El hombre de camisa de tirantes con palmeras fosforitas es también la transformista Lola Montiel. Los de Espejo Público no tardaron en pedirle que se travistiera para empujar a más excéntrica la escena. Y se travistió, claro. Porque a Lola Montiel, como a Lola y a Montiel, le gusta ser transparente a cámara.
Murciano, con síndrome de acumular cosas y folclórica transformista. Qué más podíamos pedir. Las mofas clasistas que llevamos una vida entera practicando se unían juntas en una noticia. Todos corriendo a ejercer el meme. Imposible contenerse. Solo faltaba ver cómo se rescataba la obra pictórica y regresaba a casa. No decepcionó. Llegó la policía y, sin ningún embalaje para protegerlo, un agente introdujo el cuadro como el que mete la bolsa de la playa al maletero, junto al extintor del coche y las chancletas del veraneo. Que siempre hay que portar en el vehículo un calzado de repuesto por si te metes al mar a chapotear un poquito.
Mientras, en la puerta de su casa, Andrés Hurtado decía adiós con la manita a la patrulla de policía. Como se despiden los abuelos de sus nietos. El final de la trama estuvo a la altura del arco narrativo completo de una historia que nos ha dado risa porque congrega tantas realidades de las que nos hemos reído sistemáticamente. Y nos seguimos riendo.
Aunque, entre tanto, nadie parezca preguntarse lo esencial: cómo es posible que una obra de Sorolla apareciera en un basurero de Sevilla. Un transparente ejemplo de cómo a diario nos quedamos distraídos en anécdotas que tapan por completo las relevancias. Los expertos en manipulación social lo saben. Lo ejercen. Aunque ningún guionista se hubiera atrevido a combinar tantos delirantes giros de guion que, al final, muestran la maravillosa España de barrio que somos. Hasta en la manera de rescatar una obra artística extraviada.
Pinta que no conoceremos qué paso en realidad con el Sorolla. A la mayoría del personal le da igual. Porque ha sido mejor la trama que el suceso en sí. Que tal vez solo esconda un descuido mucho más sencillo que el hogar de Andrés Hurtado, donde los cajones del taquillón no cierran bien. Están desbordantes de recuerdos, souvenirs, regalos de promoción, sueños e ingenuidad sin miedo al qué dirán. Sin necesidad de esconder nada cuando viene la tele. Porque para ti está correcto. Y un marco más en casa jamás te sobra. Así las manualidades por crear nunca se acabarán.
Las cosas grandes, las cosas pequeñas.
La aparición de la obra extraviada de Sorolla ha sido un buen detector de nuestros propios prejuicios. Ya solo cuando conocimos a Andrés Hurtado desconfiamos. No creíamos que hubiera cogido tal pintura de la basura porque le gustó el marco. Nos sonó a excusa de la picaresca nacional. Pero, de repente, nos percatamos de su acento murciano. Y la mirada se nos levantó. Así es cómo contemplamos su salón repleto de molduras, cajones entreabiertos, unos pajaritos de porcelana besándose, bobinas de hilos de colores, las llaves del Seat y busto con sostén. Ahí, hecho centro del bodegón, estaba el Sorolla, sobre una tabla de planchar convertida en podium de arte. Y qué arte.
Aunque faltaba otro giro de guion para azuzar la sonrisa de los prejuicios cañís. El hombre de camisa de tirantes con palmeras fosforitas es también la transformista Lola Montiel. Los de Espejo Público no tardaron en pedirle que se travistiera para empujar a más excéntrica la escena.Y se travistió, claro. Porque a Lola Montiel, como a Lola y a Montiel, le gusta ser transparente a cámara.
Murciano, con síndrome de acumular cosas y folclórica transformista. Qué más podíamos pedir. Las mofas clasistas que llevamos una vida entera practicando se unían juntas en una noticia. Todos corriendo a ejercer el meme. Imposible contenerse. Solo faltaba ver cómo se rescataba la obra pictórica y regresaba a casa. No decepcionó. Llegó la policía y, sin ningún embalaje para protegerlo, un agente introdujo el cuadro como el que mete la bolsa de la playa al maletero, junto al extintor del coche y las chancletas del veraneo. Que siempre hay que portar en el vehículo un calzado de repuesto por si te metes al mar a chapotear un poquito.
Mientras, en la puerta de su casa, Andrés Hurtado decía adiós con la manita a la patrulla de policía. Como se despiden los abuelos de sus nietos. El final de la trama estuvo a la altura del arco narrativo completo de una historia que nos ha dado risa porque congrega tantas realidades de las que nos hemos reído sistemáticamente. Y nos seguimos riendo.
Aunque, entre tanto, nadie parezca preguntarse lo esencial: cómo es posible que una obra de Sorolla apareciera en un basurero de Sevilla. Un transparente ejemplo de cómo a diario nos quedamos distraídos en anécdotas que tapan por completo las relevancias. Los expertos en manipulación social lo saben. Lo ejercen. Aunque ningún guionista se hubiera atrevido a combinar tantos delirantes giros de guion que, al final, muestran la maravillosa España de barrio que somos. Hasta en la manera de rescatar una obra artística extraviada.
Pinta que no conoceremos qué paso en realidad con el Sorolla. A la mayoría del personal le da igual. Porque ha sido mejor la trama que el suceso en sí. Que tal vez solo esconda un descuido mucho más sencillo que el hogar de Andrés Hurtado, donde los cajones del taquillón no cierran bien. Están desbordantes de recuerdos, souvenirs, regalos de promoción, sueños e ingenuidad sin miedo al qué dirán. Sin necesidad de esconder nada cuando viene la tele. Porque para ti está correcto. Y un marco más en casa jamás te sobra. Así las manualidades por crear nunca se acabarán.
20MINUTOS.ES – Televisión
