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Desde nuestra óptica europea y con la angustia anquilosada por el futuro de la UE, hemos puesto el foco en cómo Viktor Orban ha centrado su campaña en atacar a Bruselas. Sin embargo, su artillería dialéctica iba también en otra dirección: Ucrania. Orban ha hecho de la hostilidad a Kiev una pieza clave de su batalla electoral y del presidente Volodimir Zelenski la ‘bestia negra’ a batir (con permiso del millonario y filántropo George Soros).
Kiev es otra de las capitales que mira con preocupación hacia Budapest. Las razones son de sobra conocidas. Si Orban retiene el poder tras las elecciones de este domingo, se mantendría a su vez el veto al préstamo comunitario de 90.000 millones de euros para Ucrania. Y no conllevaría solo falta de armamento, sino que se repetirían situaciones límite como la de este último invierno, cuando Moscú utilizó el frío como arma contra los civiles.
Los ciudadanos ucranianos han padecido unos meses infernales de bajas temperaturas con apenas calefacción, electricidad e incluso agua. Así que Zelenski necesita una Hungría europeísta para solventar una auténtica crisis energética. De hecho, de los 90.000 millones vetados, se preveía destinar 5.000 millones a restaurar y proteger las redes de suministro.
Hungría roza los diez millones de habitantes y su PIB apenas supera el 1% del de la Unión Europea. Pero Hungría cuenta. Y mucho. Su actual Gobierno es percibido como una espina clavada en el costado de Europa. La situación relatada con Ucrania es un claro ejemplo. Todo está estrechamente ligado: el futuro de los húngaros, el de los ucranianos y el del continente europeo en su conjunto.
Aunque la oposición húngara unificada en torno al candidato Peter Magyar ha mantenido en las últimas semanas una ventaja de diez puntos sobre el partido gobernante Fidesz, el engranaje electoral está perfectamente engrasado para una victoria de Viktor Orban. Ahora bien, si se observa la situación interna del país, los tipos de interés son altos y la economía creció solo un 0,4 % (y eso que se beneficia de la energía barata rusa). El número de emigrantes húngaros ha ido aumentando y la espantada la han protagonizado los trabajadores de entre 20 y 34 años.
Los jóvenes constituyen el principal desafío de Orban (62 años), ya que pueden penalizarlo en las urnas por la coyuntura que atraviesan: o bien se marchan del país o bien conviven con un profundo malestar debido a la falta de vivienda asequible y a una escasez de excelencia educativa. Por ello, Viktor Orban -contra las cuerdas, según las encuestas- ha eliminado el impuesto sobre la renta para los menores de 25 años, así como ha impulsado un programa de ayuda a los compradores de primera vivienda.
El antídoto para este enfado juvenil había sido hasta ahora el populismo, elevado a un ultranacionalismo en el caso del Gobierno húngaro. Los aires nuevos e irreverentes del trumpismo habían calado con éxito en territorio húngaro. Pero en poco tiempo mucho ha cambiado. No es un buen momento para MAGA, un movimiento vinculado automáticamente en Europa a Donald Trump, aquél que está encareciendo aún más el nivel de vida y elevando los precios por la guerra de Irán.
Así, quizá, la visita de este martes y miércoles a Budapest del vicepresidente estadounidense no ha resultado tan rentable para el primer ministro húngaro, ya que la presencia de JD Vance se ha podido vincular más a los actuales apuros económicos que a las ideas de fronteras duras, nacionalismo puro y poder sin límites que tan bien habían funcionado hasta ahora en el país centroeuropeo.
El resultado de las elecciones de hoy demostrará si Viktor Orban ha mutado a ojos de los húngaros de un auténtico líder a un viejo gruñón. A su vez, arrojará otra lectura más global de la que tomará nota el resto del planeta. Ante un fracaso en las urnas del actual primer ministro húngaro, la moraleja de ese veredicto en las urnas sería triple: el ultranacionalismo se puede derrotar a día de hoy con consignas moderadas, el populismo corre el riesgo de perder su atractivo y la unión hace la fuerza (la oposición húngara ha cerrado filas en torno a Peter Magyar).
Y no sólo eso. Estaríamos ante una grieta profunda en el pilar MAGA sobre el que se ha sostenido el nacional-populismo europeo. Si contar con el respaldo de la Administración Trump implica perder votos en vez de ganarlos, ¿qué líderes o partidos de la UE van a querer seguir cobijándose bajo la sombra ‘trumpista’?
Una vez más, todo está interconectado: el destino de Viktor Orban, el del Viejo Continente y el papel de la actual Administración estadounidense en Europa. Un descalabro electoral del premier húngaro podría empujar a los socios europeos de la Casa Blanca a replantearse su relación y a hacer derivar el «America First» (América Primero) en un «America Alone» (América Sola), poniendo un buen océano de por medio.
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