Entre la pandemia y la loca carrera de la IA hay una analogía: un grupo de científicos juega al juego de los dioses y termina desatando la tormenta perfecta Leer Entre la pandemia y la loca carrera de la IA hay una analogía: un grupo de científicos juega al juego de los dioses y termina desatando la tormenta perfecta Leer
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Explica en estas páginas Francisco Pascual que la aparente contrición de las grandes factorías de IA respecto al vertiginoso desarrollo de la herramienta poco tienen que ver con aspectos como el altruismo, la empatía o la bondad que convierte al ser humano en el bien más preciado. En realidad, las voces apocalípticas y los asustaviejas profesionales son una cortina de humo frente al verdadero problema, relacionado con la salud del negocio. Distintos datos dan cuerpo a este planteamiento, pero la principal prueba es el capital riesgo, convertido en inmenso surtidor de una industria que desde noviembre de 2022 vende sus excelencias con un magnetismo difícil de igualar.
Empresas vinculadas a la producción de chips, el despliegue de centros de datos, la infraestructura en la nube y los grandes modelos de lenguaje basan su pegada en unas elevadísimas expectativas de crecimiento. La pega aparece cuando el precio de las acciones presupone que la expansión de la IA será rápida, sostenida y con márgenes elevados, un triplete demasiado endeble a nada que falla el más mínimo detalle. Basta con que el crecimiento sea bueno pero no excepcional para que las valoraciones resulten difíciles de justificar. Y ahí se revive el fantasma de la burbuja startupera y el posterior VC winter, sólo que esta vez con desembolsos todavía más bestiales y marcas de primera magnitud.
También debe tenerse en cuenta la atomización del sector en las franjas media y baja de la pirámide, aunque no sea detalle menor que arriba, en el ático del megapoder, compitan entre sí Google, Microsoft, OpenAI y Anthropic, más todas las empresas chinas con modelos de código abierto. Proveniente de múltiples flancos, esta oferta infinita presupone que habrá un mercado dispuesto a suscribirse a una, dos o tres opciones, y que ese mercado acatará, en virtud del secuestro que supone migrar procesos a un ecosistema vanguardista y único, las subidas de precio decretadas por el proveedor (suscripción) o el viraje a esquemas más agresivos basados en el consumo de tokens. La realidad es que muchas compañías, incluidas las más aristocráticas de los índices bursátiles europeos, están dispuestas a abrazar el nuevo icono pero necesitan que el desembarco se plasme a sus ritmos, no al que marca Silicon Valley.
Algunos asustaviejas tienen cierto caché, pero han estado situados en la segunda fila de la IA. Cuando es un CEO el que parlotea sobre la hecatombe que se nos viene encima, sospechar es razonable. Nadie con una cuenta corriente tan saturada de ceros como Sam Altman se despierta por las mañanas bañado en el sudor frío de una pesadilla de exterminio total. No es el miedo, sino los sueños de grandeza, la gasolina de estos líderes.
A China, sin embargo, hay que tenerle pavor. Frente al incipiente enfoque occidental basado en la creación de un estándar internacional de supervisión, acuerdos de cooperación con países no alineados y sanciones similares a las que impiden a ciertas naciones entregarse al programa nuclear, la superpotencia asiática ha patrocinado una institución que es la horma de su zapato, la Organización Mundial de Cooperación en IA. Si Donald Trump le echase un vistazo al listín de los 37 estados adscritos, diría que esta iniciativa constituye sin duda otro Eje del Mal. Lo paradójico es que el mismo control que rechazan los chinos lo aborrece el presidente estadounidense. Esta guerra hay que ganarla por lo civil o por lo criminal.
Se le puede dar algo de cancha al club de los apocalípticos si se establece una analogía con el covid. Pese a que aún coexisten diferentes relatos sobre el origen de la pandemia, el del accidente de laboratorio goza de predicamento y retrata en toda su dimensión los estragos que causa la estupidez humana: jugando a ser dioses biotecnológicos, un grupo de científicos provocó al satán de la reacción en cadena. Por eso no importa lo que digan Altman o Dario Amodei. Si China sigue a lo suyo y si las revueltas de agentes autónomos se instalan en el open source, provocarán el caos primero allí y después acá. El planeta no es de nadie, como diría Carmen Calvo, aunque sea de todos, y un monumental fallo sistémico en Pekín percute igual en Madrid que en San Francisco, pasando por Nuuk.
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