Las plataformas de streaming y las redes sociales se han convertido en un altavoz de contenidos perversos que serían reprobados por la sociedad si se produjeran en medios de comunicación tradicionales. Lo vemos con la crisis de imagen que sufre Telecinco al haberse saltado límites del cotilleo nacional y el reality show.
El espectador asocia la ética de los programas con sus cadenas de televisión. No sucede igual en el auge de emisiones ‘online’ en las que sus creadores fardan de no tener «filtros». Y su interés se multiplica por el morbo de una audiencia que ha naturalizado como “entretenimiento” consumir violencia verbal e incluso celebrar la brutalidad física.
Una foto perversa de una sociedad deshumanizada que se legitima en plataformas como Youtube, que facilitan la emisión en directo sin necesidad de una gran infraestructura. Allí se generan contenidos que, después, cogen vuelo en las redes sociales de la abreviatura. Las principales, TikTok o X. En su dinámica de vídeos cortos, se fragmentan, comparten y viralizan los momentos más polémicos.
De otra forma, la perversión del retorcimiento de las redes sociales también avanza en apps como Twitch. Entre jugadores de videojuegos se cuelan retos que ponen en riesgo la vida de personas vulnerables que necesitan sentirse aplaudidas. Incluso por los que en realidad son sus opresores disfrazados de «colegas». Hace unos días, falleció, en Vilanova i la Geltrú, un hombre de 37 años con la webcam encendida tras supuestamente realizar uno de estos desafíos.
Pero, a diferencia de la tele, nadie culpabiliza a las pantallas que permiten tales emisiones. El reality show de La casa de los gemelos ha sido, por ejemplo, un controvertido éxito gracias a la fuerza de Youtube, una empresa de Google con su oficina repleta de cojines de colores y columpios para trabajar sintiéndose en Disneyland. O así imaginamos Google desde el otro lado del océano. Quizá, por eso mismo, las instituciones públicas europeas, esas que supuestamente protegen nuestra convivencia democrática, nunca entendieron con la suficiente amplitud de miras la revolución de Internet y dieron casi vía libre a estas sonrientes empresas con sedes que parecían parques de atracciones.
Esa percepción se ha contagiado a la población. Utilizamos estas aplicaciones como simpáticas aliadas que nos facilitan la vida y ni siquiera nos percatamos de que nos han reducido a dóciles consumidores. Hasta las cedemos, sin rechistar, el rastro de nuestra huella digital.
Youtube, TikTok y cía son invisibles para nuestro ojo crítico. Salen ilesas de los conflictos que acogen. De hecho, son maestras en hacer como que nada va con ellas. Las mismas que nos conquistaron regalándonos alegres vídeos de gatitos son las que están sirviendo de altavoz a personas que devalúan la convivencia y mercantilizan la mentira. A veces, muchas veces, miran para otro lado cuando albergan directos que comprometen la dignidad humana. Y ganan dinero con ello. Porque Youtube, por supuesto, se queda con una parte de la tarta de los ingresos que generan todos los autores de contenido que acoge y buscan monetizar sus contenidos. Sean inspiradores creadores, sean predicadores o sean hacedores de un reality show que va de ‘alternativo’. Aunque utilice el soporte de una multinacional. Sin embargo, lo han conseguido: parece que el ruido del reality de Los Gemelos solo es responsabilidad de los gemelos y sus cobayas. Youtube pasaba por allí. Porque a las redes sociales y plataformas de vídeo las seguimos imaginando en una arcadia feliz con alegres gafapastas que acceden a su despacho lanzándose por un tobogán gigante.
¿Las plataformas de streaming miran para otro lado con los contenidos reprobables que acogen y rentabilizan?
Las plataformas de streaming y las redes sociales se han convertido en un altavoz de contenidos perversos que serían reprobados por la sociedad si se produjeran en medios de comunicación tradicionales. Lo vemos con la crisis de imagen que sufre Telecinco al haberse saltado límites del cotilleo nacional y el reality show.
El espectador asocia la ética de los programas con sus cadenas de televisión. No sucede igual en el auge de emisiones ‘online’ en las que sus creadores fardan de no tener «filtros». Y su interés se multiplica por el morbo de una audiencia que ha naturalizado como “entretenimiento” consumir violencia verbal e incluso celebrar la brutalidad física.
Una foto perversa de una sociedad deshumanizada que se legitima en plataformas como Youtube, que facilitan la emisión en directo sin necesidad de una gran infraestructura. Allí se generan contenidos que, después, cogen vuelo en las redes sociales de la abreviatura. Las principales, TikTok o X. En su dinámica de vídeos cortos, se fragmentan, comparten y viralizan los momentos más polémicos.
De otra forma, la perversión del retorcimiento de las redes sociales también avanza en apps como Twitch. Entre jugadores de videojuegos se cuelan retos que ponen en riesgo la vida de personas vulnerables que necesitan sentirse aplaudidas. Incluso por los que en realidad son sus opresores disfrazados de «colegas». Hace unos días, falleció, en Vilanova i la Geltrú, un hombre de 37 años con la webcam encendida tras supuestamente realizar uno de estos desafíos.
Pero, a diferencia de la tele, nadie culpabiliza a las pantallas que permiten tales emisiones. El reality show de La casa de los gemelos ha sido, por ejemplo, un controvertido éxito gracias a la fuerza de Youtube, una empresa de Google con su oficina repleta de cojines de colores y columpios para trabajar sintiéndose en Disneyland. O así imaginamos Google desde el otro lado del océano. Quizá, por eso mismo, las instituciones públicas europeas, esas que supuestamente protegen nuestra convivencia democrática, nunca entendieron con la suficiente amplitud de miras la revolución de Internet y dieron casi vía libre a estas sonrientes empresas con sedes que parecían parques de atracciones.
Esa percepción se ha contagiado a la población. Utilizamos estas aplicaciones como simpáticas aliadas que nos facilitan la vida y ni siquiera nos percatamos de que nos han reducido a dóciles consumidores. Hasta las cedemos, sin rechistar, el rastro de nuestra huella digital.
Youtube, TikTok y cía son invisibles para nuestro ojo crítico. Salen ilesas de los conflictos que acogen. De hecho, son maestras en hacer como que nada va con ellas. Las mismas que nos conquistaron regalándonos alegres vídeos de gatitos son las que están sirviendo de altavoz a personas que devalúan la convivencia y mercantilizan la mentira. A veces, muchas veces, miran para otro lado cuando albergan directos que comprometen la dignidad humana. Y ganan dinero con ello. Porque Youtube, por supuesto, se queda con una parte de la tarta de los ingresos que generan todos los autores de contenido que acoge y buscan monetizar sus contenidos. Sean inspiradores creadores, sean predicadores o sean hacedores de un reality showque va de ‘alternativo’. Aunque utilice el soporte de una multinacional. Sin embargo, lo han conseguido: parece que el ruido del reality de Los Gemelos solo es responsabilidad de los gemelos y sus cobayas. Youtube pasaba por allí.Porque a las redes sociales y plataformas de vídeo las seguimos imaginando en una arcadia feliz con alegres gafapastas que acceden a su despacho lanzándose por un tobogán gigante.
20MINUTOS.ES – Televisión
