La magia de ‘El Grand Prix’: el truco maestro de Ramón García

Recuerdo la impresión de la primera vez que entré en El Grand Prix. Eran los años 2000, el programa todavía se realizaba en el que fue plató más grande de Europa. Los 2200 metros del estudio L3 de los Estudios Buñuel acogía una escenografía inmensa. Con su plaza de arena para la vaquilla, con su set central de pruebas, con su larga piscina, con su grada con el público azul mar y amarillo arena.

Ahí estaba Ramón García. Ahí sigue hoy Ramón García. 22 años después la televisión ha cambiado mucho. Pero El Grand Prix continúa transmitiendo la autenticidad de lo que somos. Se siente cuando vemos la espontaneidad de los pueblos participar. Se siente con la capacidad de jugar también de los propios presentadores. Ramón, Lalachus y, la incorporación de este año, Gorka Rodríguez, que reúne una de las grandes habilidades de la tele en desuso: aporta contexto cuando habla. Aunque hable poquito: enriquece el conocimiento sobre lo que vemos.

Las tablas de Ramontxu ayudan, pues ordena ideas con la capacidad de escuchar a su entorno sin tregua. Así enriquece el guion con la improvisación que incorpora aquello genuino que acontece. Y todos se implican. Porque Ramón transmite la honestidad del aliado que no te va a clavar nada por la espalda. Ir con la empatía de frente ha sembrado ese cariño tangible de la calle por García y El Grand Prix. Estamos inmunes de una televisión de prime time en la que todo se ve tan forzado como editado. Los talents shows y los realities se han transformado en una factoría en cadena de clichés. Sabemos que después de la actuación, viene la sentencia. Incluso la bronca. Todo se ve prefabricado. Todo es muy previsible.

En cambio, a El Grand Prix acude la gente de las Españas con el orgullo de representar a sus vecinos. Y se lo han entrenado: para escalar los más rápidos «la cucaña», saltar sin resbalarse «los troncos locos» y sonreírse al verse disfrazados de ardillas. Esa es otra clave del éxito del programa: los disfraces que amortiguan los golpes no se ven cutres. Son un cómic que nos devuelve a la risa de la ingenuidad de cuando éramos pequeños.

Hay que montar las pruebas, hay que organizar los cientos de personas en un plató que ya no es tan grande como el antiguo, pues los estudios Buñuel de TVE fueron derribados víctimas de la especulación inmobilaria. Pero el centro del programa sigue intacto: la alegría de celebrar juntos. Aunque nos caigamos y perdamos. Esa es la tele que crea comunidad, la que nos enfrenta a cómo somos y, a la vez, nos invita a soñar cómo queremos ser. En esa materia prima la tele no ha cambiado tanto desde hace 23 años en el que escribe estas líneas ya estaba de plató en plató. Ahora estamos más resabiados, más incrédulos. Ahora vemos más las trampas, pero encendemos El Grand Prix y nos sorprendemos a nosotros mismos encontrándonos con la ilusión televisiva que creíamos perdida fruto de la autenticidad bien aprovechada en un prime time. Ahí está su gran truco para hacer la magia de El Grand Prix: confiar en la complicidad. Escribo a Ramón. Se lo digo. Me contesta: “Esa es una de las claves de su éxito….. y divertirnos mucho haciéndolo……yo me río viéndolo”. Al final, el entretenimiento televisivo venía a ser simplemente esto.

 El truco definitivo de Ramón García  

Recuerdo la impresión de la primera vez que entré en El Grand Prix. Eran los años 2000, el programa todavía se realizaba en el que fue plató más grande de Europa. Los 2200 metros del estudio L3 de los Estudios Buñuel acogía una escenografía inmensa. Con su plaza de arena para la vaquilla, con su set central de pruebas, con su larga piscina, con su grada con el público azul mar y amarillo arena.

Ahí estaba Ramón García. Ahí sigue hoy Ramón García. 22 años después la televisión ha cambiado mucho. Pero El Grand Prix continúa transmitiendo la autenticidad de lo que somos. Se siente cuando vemos la espontaneidad de los pueblos participar. Se siente con la capacidad de jugar también de los propios presentadores. Ramón, Lalachus y, la incorporación de este año, Gorka Rodríguez, que reúne una de las grandes habilidades de la tele en desuso: aporta contexto cuando habla. Aunque hable poquito: enriquece el conocimiento sobre lo que vemos.

Las tablas de Ramontxu ayudan, pues ordena ideas con la capacidad de escuchar a su entorno sin tregua. Así enriquece el guion con la improvisación que incorpora aquello genuino que acontece. Y todos se implican. Porque Ramón transmite la honestidad del aliado que no te va a clavar nada por la espalda. Ir con la empatía de frente ha sembrado ese cariño tangible de la calle por García y El Grand Prix. Estamos inmunes de una televisión de prime time en la que todo se ve tan forzado como editado. Los talents shows y los realities se han transformado en una factoría en cadena de clichés. Sabemos que después de la actuación, viene la sentencia. Incluso la bronca. Todo se ve prefabricado. Todo es muy previsible.

En cambio, a El Grand Prix acude la gente de las Españas con el orgullo de representar a sus vecinos. Y se lo han entrenado: para escalar los más rápidos «la cucaña», saltar sin resbalarse «los troncos locos» y sonreírse al verse disfrazados de ardillas. Esa es otra clave del éxito del programa: los disfraces que amortiguan los golpes no se ven cutres. Son un cómic que nos devuelve a la risa de la ingenuidad de cuando éramos pequeños.

Hay que montar las pruebas, hay que organizar los cientos de personas en un plató que ya no es tan grande como el antiguo, pues los estudios Buñuel de TVE fueron derribados víctimas de la especulación inmobilaria. Pero el centro del programa sigue intacto: la alegría de celebrar juntos. Aunque nos caigamos y perdamos. Esa es la tele que crea comunidad, la que nos enfrenta a cómo somos y, a la vez, nos invita a soñar cómo queremos ser. En esa materia prima la tele no ha cambiado tanto desde hace 23 años en el que escribe estas líneas ya estaba de plató en plató. Ahora estamos más resabiados, más incrédulos. Ahora vemos más las trampas, pero encendemos El Grand Prix y nos sorprendemos a nosotros mismos encontrándonos con la ilusión televisiva que creíamos perdida fruto de la autenticidad bien aprovechada en un prime time. Ahí está su gran truco para hacer la magia de El Grand Prix: confiar en la complicidad. Escribo a Ramón. Se lo digo. Me contesta: “Esa es una de las claves de su éxito….. y divertirnos mucho haciéndolo……yo me río viéndolo”. Al final, el entretenimiento televisivo venía a ser simplemente esto.

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