La megaobra que cambió el rumbo del refino en España: «O se invertían 3.000 millones o se cerraba»

Repsol estuvo a punto de clausurar el complejo más antiguo del país, pero acabó desembolsando 3.500 millones en su ampliación. Hoy emplea a 900 personas y aporta el 7% del PIB de Murcia Leer Repsol estuvo a punto de clausurar el complejo más antiguo del país, pero acabó desembolsando 3.500 millones en su ampliación. Hoy emplea a 900 personas y aporta el 7% del PIB de Murcia Leer  

La mayor inversión industrial de la historia de España no fue un camino de rosas. En la primera década de los 2000, la ampliación de la refinería de Repsol en el valle de Escombreras (Cartagena), la primera que se puso en marcha en el país, se hizo con ese título. La petrolera movilizó 3.200 millones en el proyecto C10, en el que trabajaron más de 20.000 personas. Se jugaban el futuro del complejo murciano, pero también el de otras refinerías españolas de Repsol, cuyo futuro estaba ligado al de Cartagena. Y es que la industria estaba atravesando un mal momento, en el contexto de una Europa que, en aquellos años, empezaba a cerrar refinerías sin contemplaciones.

Para entender lo que significó el C10 hay que remontarse al origen de la industria refinera. El petróleo crudo es como el trigo recién cosechado: en bruto sirve para muy poco. Una refinería es como un molino, donde la materia prima se manipula hasta convertirla en productos como el diésel, la gasolina o el queroseno; que alimentan al transporte o a la industria. Entre finales de los 90 y los primeros 2000, muchos gobiernos europeos apostaron masivamente por el diésel, porque reducía emisiones frente a la gasolina. Este dio el sorpasso y se convirtió en el carburante dominante en las carreteras de España, Italia o Francia.

Pero refinar diésel es más complicado y más caro que producir gasolina, de modo que llegó un momento en que la demanda de diésel en Europa era mayor de la que sus refinerías podían producir. Para adaptar sus centros industriales a esa nueva realidad, las petroleras del Viejo Continente tenían que invertir miles de millones de euros por planta.

Algunas optaron por cerrar, otras desviaron su inversión a países con menores costes como Marruecos. Repsol decidió renovar el centro cartagenero y, en paralelo, dedicar otros 800 millones más a modernizar el de Bilbao, que opera a través de Petronor. En total, desembolsó 4.000 millones para blindar una red petrolera que, todavía hoy, asegura a España un papel estratégico para la autonomía europea.

Hubo voces de peso dentro de Repsol que se resistieron al C10. «Provocó un debate interno al más alto nivel. A los financieros, en general, no les gusta demasiado invertir y ya había estudios que defendían que la demanda mundial de combustible iba a caer. Dentro de la cúpula, algunos objetaron que no se llegaría a amortizar un desembolso tan gigantesco. Al final, se rentabilizó antes de lo previsto. Yo siempre defendí el proyecto: o se invertía o se cerraba», asegura una fuente entonces integrante del comité de dirección.

«Ni Cartagena ni Bilbao tenían ya futuro sin esa inversión. El C10 tenía sentido desde la visión industrial y estratégica para la seguridad, pero no tanto desde lo estrictamente financiero», apunta un histórico alto cargo de la energética, quien enmarca el C10 en «una apuesta personal» de Antonio Brufau, que en aquel momento llevaba un par de años presidiendo la petrolera, y del entonces responsable de Downstream, Pedro Florentino Fernández.

«En este tipo de decisiones siempre hay a quien le preocupa la rentabilidad a corto plazo. Brufau defendió una apuesta industrial de largo plazo. La realidad es que existía una demanda significativa de diésel en España y Europa que la refinería de Cartagena no podía surtir. Lo que allí se hizo no fue una reforma, fue una planta completamente nueva», completa. «Hubo dudas estratégicas, pero es que no había otra opción. Si no se asumía la inversión, Cartagena caía y, con ella, la refinería de Puertollano, que está unida a la murciana», corrobora un tercer exdirectivo de la energética

El Consejo de Repsol aprobó el C10 en diciembre de 2007, pero la maquinaria se empezó a mover unos años antes. «En las navidades de 2005 ya estábamos planteando el proyecto y la última unidad se puso en marcha en 2011. El mercado estaba saturadísimo. Cuando el C10 no estaba aún aprobado ya tuvimos que encargar unos reactores que costaban unos 40 millones. De otro modo, no hubieran llegado a tiempo, pues tenían tres años de plazo de entrega», recuerda Pilar Sanz, la primera mujer que trabajó en la refinería murciana y que acabó liderándola.

La hemeroteca complementa la memoria de la química. «Estamos haciendo malabares. Hay una demanda impresionante de acero. Hemos anticipado las compras, pero necesitamos 35.000 toneladas de acero y nos falta mucho todavía. Estamos en lista de espera para construir los reactores en una factoría de Japón, donde hemos tenido que depositar fianzas», declaró en 2007 Ángel Crespo, el entonces director de la planta de Cartagena, a La Opinión de Murcia.

Sanz entró como becaria y acabó dirigiendo uno de los mayores proyectos de ingeniería y construcción del país. Trabajó en Repsol durante 30 años, toda su vida, hasta su jubilación en 2022. Cuando comenzó, ni siquiera había baños diferenciados para mujeres. Define el C10 como el mayor desafío de su carrera, a todos los niveles. «Como no había materiales, calculamos por adelantado, como pudimos, hasta las toneladas de chapa que íbamos a necesitar. Sellamos acuerdos con vendedores mediante fórmulas que nunca habíamos utilizado». De aquellos días, Sanz recuerda el talento humano y también el riesgo: «Si el proyecto no se hubiera aprobado, Repsol habría encajado unos costes hundidos de 175 millones. Esa cifra la recuerdo bien».

El proyecto original del complejo refinero del valle de Escombreras se remonta a principios de los años 40. En plena posguerra y en el marco de la autárquica franquista, el Instituto Nacional de Industria (INI) asumió todas las participaciones del Estado en empresas de hidrocarburos y también la construcción de la refinería de Cartagena. Fue la primera de la península ibérica en ponerse en marcha, en 1950 y con un capital social de 325 millones de pesetas. La sociedad que gestionaba el complejo se llamaba Refinería de Petróleos de Escombreras S.A. (Repesa). De hecho, fue en Cartagena donde nació el nombre de la mayor petrolera española, después de que Repesa imprimiera el nombre de Repsol en sus latas de aceites lubricantes.

La localización de la refinería siempre fue estratégica, junto a uno de los mejores puertos del Mediterráneo para el trasiego de petróleo. A día de hoy, emplea a 900 personas, su actividad supone más del 60% del tráfico de mercancías del Puerto de Cartagena y genera el 7% del PIB regional. Además, el complejo ha consolidado a España como punta de lanza de la seguridad de suministro europea, sobre todo desde la guerra en Ucrania, que convirtió al país en la gasolinera de la UE.

Según los datos del Ministerio de Industria, en 2022, las exportaciones de petróleo y sus derivados superaron los 29.000 millones, un 66% más que en 2021. La actividad se ha mantenido. En 2024, de España salió combustible por valor de 24.500 millones y, entre enero y octubre de 2025, esta partida superó los 17.600 millones, una cifra que ya sobrepasa a la del conjunto de 2021, cuando la crisis energética apenas comenzaba a dibujarse en el horizonte europeo.

Los testigos de aquellos días señalan que, en 2007, lo de producir combustibles a base de aceite de cocina usado no estaba ni mucho menos en los planes de Repsol; pero reconocen que fue esa segunda oportunidad lo que casi dos décadas después ha permitido a Cartagena acoger la primera planta de producción a gran escala de combustibles de origen renovable de la península. Con una inversión de 250 millones, en 2024 comenzó su producción y tiene capacidad para fabricar 250.000 toneladas anuales de estos carburantes verdes.

«Vinieron personas de distintos complejos para echar una mano. Se fue haciendo un equipazo que, básicamente, fue cumpliendo hitos y permitió arrancar la unidad a tiempo sin accidentes», destaca Carlos Martínez, gerente de Combustibles 100% Renovables en la refinería de Cartagena. Estima en cuatro años el desarrollo del proyecto y tiene claro cuál fue la semilla: «Todo esto se sustenta en lo que se hizo en su momento en el C10, porque sin eso no tendríamos la base. También en el respeto a la experiencia que personas como Pilar, que estuvieron allí, nos han transmitido».

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