La odisea de María Corina Machado

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Me pregunto si en algún momento María Corina Machado descansa de su actividad frenética y escapa a un cine. Sería una oportunidad para la líder opositora venezolana de ver la nueva versión del viaje de Odiseo que ha dirigido Christopher Nolan. En la oscuridad y delante de las imágenes espectaculares de la figura homérica que vaga en medio de la adversidad con la voluntad de regresar a Ítaca, reflexionaría acerca de los errores y obstáculos que han desdibujado lo que se perfilaba como su papel estelar en una eventual transición a la democracia en su país. ¿Cuándo y quiénes, podría preguntarse la dirigente de Vente Venezuela, le colocaron el Caballo de Troya que ha debilitado su liderazgo en un proceso custodiado por el gobierno del presidente Donald Trump?

Más allá de una aventura épica de la Antigüedad que tiene mucho de intrigas políticas trasladables a nuestro tiempo, María Corina ha brillado por su ausenciaen la reunión que han mantenido en Caracas delegados del gobierno chavista y representantes de la oposición. Dicho encuentro ha sido presidido por el actual presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, y la opositora Dinorah Figuera, diputada y miembro del partido Primero Justicia. Todos los actores que han intervenido en este nuevo intento por alcanzar un acuerdo han pasado por la criba de Estados Unidos. Desde el operativo en el país sudamericano el pasado 3 de enero para llevarse preso a Nicolás Maduro, Washington teledirige a la que fuera vicepresidenta del gobernante depuesto, Delcy Rodríguez, con la intención de que este chavismo reciclado y obediente encabece una hoja de ruta que, de acuerdo al secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, incluye tres fases: estabilización, reconstrucción y, finalmente, convocatoria de elecciones libres.

Lo llamativo es que en el camino trazado por Estados Unidos el protagonismo de María Corina, quien hasta hace poco soportó las tempestades del chavismo desde la clandestinidad en Venezuela, se fue diluyendo aceleradamente. Dio igual la batalla electoral de 2024 frente a la aplastante maquinaria chavista, de la que salieron victoriosos en las urnas el candidato de la oposición, Edmundo González, y su segunda no tan a la sombra, María Corina, artífice de una campaña que sorteó el acoso oficialista. Era predecible que Maduro ignorara los resultados incontestables. Lo que no lo fue tanto es que, después de derrocar al sucesor de Chávez y con las riendas de Venezuela en sus manos, Washington decidió no validar ese resultado electoral. De la noche a la mañana, Delcy y la cúpula chavista se convirtieron en los solícitos gestores de una tutela en la que el presidente estadounidense pone énfasis en los beneficios que obtiene por medio del control de la producción de petróleo y un trato preferente en el ámbito comercial que ha transformado a Caracas en anfitriona de empresarios armados con maletines.

Antes de una reunión que puede ser determinante para una oposición que lleva años luchando, ha quedado en evidencia que, si bien la administración Trump ha preferido contar con figuras más dispuestas al diálogo con el chavismo que María Corina, la propia oposición no puede esquivar lo obvio: ella es la activista con mayor reconocimiento dentro del país y en la diáspora que conforman los casi 9 millones de venezolanos dispersos por el mundo. Así lo ha manifestado Henrique Capriles, quien no siempre ha coincidido con María Corina. Incluso Figuera ha declarado que hay que incluirla en unas negociaciones que deberían culminar en la participación de todos los partidos políticos.

Desde un exilio que se ha hecho permanente a pesar de sus intentos por volver a Venezuela que tanto Washington como Caracas han impedido, María Corina ha puntualizado que, aunque no participa en esta mesa de negociación, no es su intención oponerse a un plan del que fue sacada de la primera línea y descrita por Trump como «una mujer agradable», pero sin «el apoyo ni el respeto en Venezuela». Una amarga secuencia en la que el mandatario estadounidense se quedó con el Premio Nobel de la Paz que ella le cedió en su afán por congraciarse con él.

Por esos cambalaches del destino y la realpolitik, hoy María Corina Machado es una opositora errante. En los momentos más desesperados ha contemplado regresar tal y como se marchó hace meses con la ayuda de Estados Unidos: en una azarosa travesía por mar. Venezuela es su Ítaca hasta próximo aviso de Washington.

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