Luis Landero recupera el arte de escuchar en ‘Coloquio de invierno’: «Las pantallas atrofian la inteligencia, me parece bien prohibirlas»

Las paredes de la vivienda madrileña de Luis Landero están decoradas prácticamente solo con anaqueles y estanterías repletas de libros. En su salón luminoso a pesar de la lluvia que golpea las ventanas, se respira la misma calma y quietud con que el escritor extremeño cultiva sus novelas. La última, Coloquio de invierno, bien podría haber discurrido allí, en un ambiente sosegado donde poder hablar de todo, sin interrupciones ni ruidos molestos. El libro, editado como toda su obra por Tusquets, encierra a ocho personajes variopintos en un hotel que queda apartado por el temporal ‘Filomena’. No pueden salir, ni comunicarse, así que no les queda más remedio que sobrevivir a esa soledad compartiendo sus historias. Coloquio de invierno son varios cuentos dentro de uno, al estilo imaginado de Las mil y una noches y de El Decamerón. En la conversación, y a modo de anécdota, el móvil de Landero sonará algunas veces, lo que ‘rompe’ por unos minutos esa atmósfera creada por su discurso. Aunque Luis Landero, Premio Nacional de las Letras en 2022 por Lluvia fina y considerado uno de los mejores narradores de la literatura en castellano, no necesita ninguna excusa ni justificación. Es lo que tiene ser un clásico contemporáneo y uno de los mejores novelistas que, además, y tras casi 60 títulos, no piensa jubilarse del oficio de escribir.

La memoria rescata muy poco de lo vivido. Y es muy tramposa. El olvido destroza la memoria y eso la imaginación lo rehace

Es posible que tenga alguna historia que no contaré nunca, alguna historia personal, alguna decepción amorosa…

La tradición oral se ha perdido a partir de cuando aparece la televisión

Los de Silicon Valley mandan a sus hijos a colegios donde están prohibidas las pantallas

La mentira campea a sus anchas actualmente. En política y en todo

Me habría gustado poder conversar con Cervantes, con el Arcipreste de Hita y con Galdós

 El escritor extremeño, a punto de cumplir 78 años, firma un trabajo sobre la lentitud a través de ocho personajes recluidos en un refugio durante un temporal.  

Entrevista

Luis Landero
Luis LanderoIsabel Wagemann

El escritor extremeño, a punto de cumplir 78 años, firma un trabajo sobre la lentitud a través de ocho personajes recluidos en un refugio durante un temporal.

Las paredes de la vivienda madrileña de Luis Landero están decoradas prácticamente solo con anaqueles y estanterías repletas de libros. En su salón luminoso a pesar de la lluvia que golpea las ventanas, se respira la misma calma y quietud con que el escritor extremeño cultiva sus novelas. La última, Coloquio de invierno, bien podría haber discurrido allí, en un ambiente sosegado donde poder hablar de todo, sin interrupciones ni ruidos molestos. El libro, editado como toda su obra por Tusquets, encierra a ocho personajes variopintos en un hotel que queda apartado por el temporal ‘Filomena’. No pueden salir, ni comunicarse, así que no les queda más remedio que sobrevivir a esa soledad compartiendo sus historias. Coloquio de invierno son varios cuentos dentro de uno, al estilo imaginado de Las mil y una noches y de El Decamerón. En la conversación, y a modo de anécdota, el móvil de Landero sonará algunas veces, lo que ‘rompe’ por unos minutos esa atmósfera creada por su discurso. Aunque Luis Landero, Premio Nacional de las Letras en 2022 por Lluvia fina y considerado uno de los mejores narradores de la literatura en castellano, no necesita ninguna excusa ni justificación. Es lo que tiene ser un clásico contemporáneo y uno de los mejores novelistas que, además, y tras casi 60 títulos, no piensa jubilarse del oficio de escribir.

Esta es una novela de historias pero donde están conceptos claros como la lentitud, el diálogo, la capacidad de escuchar, la de comprender… ¿Está de acuerdo?

Así es, porque además para dialogar hace falta lentitud. Para dialogar hace falta pensar. Y para pensar hace falta lentitud. No se puede pensar si se piensa con rapidez, el pensamiento se colapsa. El pensamiento necesita calma, necesita sosiego. Siempre que el coloquio sea un verdadero coloquio, quiero decir, que no sea una conversación atropellada donde unos se arrollan a otros dialécticamente, lo que, entonces, es dialogar sin pensar, sin conceder pausas, sin escuchar al otro.

¿Por qué ha vuelto a ese episodio climático que tan mal nos cayó a muchos? ¿Le evocaba cierta nostalgia?

Yo estaba buscando un motivo para encerrar a esos personajes en un sitio y pensé que la ‘Filomena’ era acertado. ¿Tú crees que la ‘Filomena’ la pensamos y recordamos con dolor? Ni siquiera pasó en toda España. Fueron muchos días de aislamiento, que es lo que aquí también se cuenta. Elegí ese momento porque me venía como anillo al dedo.

La memoria rescata muy poco de lo vivido. Y es muy tramposa. El olvido destroza la memoria y eso la imaginación lo rehace

Las narraciones, ¿nos alejan del presente más tormentoso?

Bueno, nos alejan del presente tormentoso o del presente aburrido. Quiero decir que cuando se cuenta una historia queda en suspenso el presente. Y no podemos contar otra cosa que no sea el pasado. Siempre contamos cosas que nos han ocurrido y que están un poco lejos de nosotros en el tiempo. Muy a menudo, cuando nos vemos en la calle con otros, nos contamos cosas que nos ocurrieron ayer, anteayer o durante el tiempo que no nos hemos visto. Pero sí,  es un modo de alejamiento en el tiempo.

Coloquio de invierno.
Coloquio de invierno.Cedida

También tienen un efecto melancólico. ¿Nos devuelven a eso que fuimos? ¿Por qué recordamos una serie de cosas y otras no?

Sí. Porque la memoria se activa más cuando hablamos del pasado que cuando hablamos de lo que ayer  le contaste al portero en la entrada de tu casa. En cuanto a lo segundo que preguntas, es un misterio sin resolver. Yo, desde luego, no sé resolverlo, Rosa. Mi madre murió con 98 años y recordaba muy bien cosas un poco alejadas en el tiempo, pero no recordaba ni lo de ayer ni lo que había comido ese día. Pero la memoria es muy caprichosa y normalmente se apoya en experiencias decisivas, experiencias importantes que se han hecho fuertes en la memoria. Esos son referentes que la memoria busca, y a veces eso, son momentos que no se sabe por qué la memoria ha elegido para pervivir, para perpetuarse ahí. En realidad, recordamos muy pocas cosas del pasado porque la memoria es una herramienta muy rudimentaria. La memoria rescata muy poco de lo vivido. Y es muy tramposa. El olvido rompe en la memoria, porque el olvido está continuamente destrozando la memoria, y eso la imaginación lo rehace; de algún modo, lo remienda. A veces creemos que hemos vivido cosas, pero en realidad las hemos imaginado o las hemos soñado. Es muy hermoso el que la imaginación acuda en ayuda de la memoria. Es una herramienta mucho más depurada y más refinada que la memoria.

Es posible que tenga alguna historia que no contaré nunca,  alguna historia personal, alguna decepción amorosa…

Los personajes que se sientan en torno a esa mesa y esa ventana nevada ¿salen de su imaginación o de su propia vida? Hay un médico, una bibliotecaria, un militar, un periodista…

Esos personajes, al principio, me los invento, les pongo un nombre, les pongo un oficio, pero luego, una vez que me pongo a escribir, busco algún referente real que yo conozca y que se parezca a ese personaje, sobre todo para para anclarlo en la realidad. Como uno conoce a mucha gente a lo largo de su vida, siempre encuentra algún modelo, aunque sea vagamente. A la hora de escribir, no piensas necesariamente solamente en un modelo, sino en gente que se parece. Eso sirve además de inspiración porque así pisas terreno firme, el personaje ya empieza a funcionar, ya cobra vida.

Luis Landero.
Luis Landero.Isabel Wagemann

¿Hay una historia personal que Luis Landero nunca ha contado ni contará? 

Es posible que tenga alguna historia que no contaré nunca,  alguna historia personal, alguna decepción amorosa, no sé… Son historias un poco confusas o que fueron conflictivas. Historias, además, donde los protagonistas todavía viven y que no puedes contarlas. Pero bueno… que tampoco tendría que rebuscar para encontrarlo. Quiero decir que yo no tengo una vida delictiva, ni mucho menos. Pero sí, hay cosillas en mi vida que yo no contaré nunca, más que nada, por no hacer daño a los demás y por no hacerme daño a mí mismo. Pero no tienen mayor importancia esas historias, vamos, no son ni dramas ni nada de esto.

Bueno, la mayoría de los escritores no ha sido guitarrista y ha hecho giras, como Luis Landero.

Eso lo escribí en El guitarrista y todavía ando dándole vueltas a la posibilidad de escribir algo más sobre sobre la vida del faranduleo que tuve. Pero no sé si lo escribiré, porque a veces las experiencias mejores que te han ocurrido en la vida objetivamente no son las que más te inspiran. A veces te inspiran cosas más pequeñas, que en apariencia, tienen menor importancia, pero que son las que te obligan a a coger la pluma y a escribir. Pero, sí, fue una cosa curiosa aquello de tocar la guitarra. Ya lo dejé hace ya tiempo cuando murió un primo mío que era también mi maestro, Paco. Además, para tocar un instrumento musical tienes que dedicarle 4 o 5 horas todos los días, es muy esclavo. Lo mismo pasa con la escritura, también tienes que dedicarle 4 o 5 horas, más luego leer. De manera que no podría seguir tocando la guitarra ahora: habría que vivir dos vidas.

La tradición oral se ha perdido a partir de cuando aparece la televisión

¿Se está perdiendo la tradición oral? En las suyas se entrevén Las mil y una noches.

Bueno, perderse no se ha perdido del todo. Se ha perdido a partir de cuando aparece la televisión. Cuando la radio, esa tradición adquiere una gran importancia con las radionovelas. Pero con la televisión, las historias no las gestiona el personal, sino que las gestionan los medios de comunicación. No digamos luego ya cuando aparece internet. Aún así, la gente se sigue reuniendo, pero ya es distinto, porque la tradición oral es la transmisión que se hace de padres a hijos durante siglos. Y eso está unido a la vida campesina, al mundo rural. Pero la cultura campesina se extinguió. Dice John Berger en Puerca Tierra, un libro estupendo, que la mayor catástrofe cultural del siglo XX es la extinción de la cultura campesina, que es milenaria y que no está escrita, es oral. Se ha roto la cadena de la transmisión oral. Yo soy uno de los últimos eslabones, como lo son Luis Mateo Díez, Muñoz Molina, Llamazares… gente que ha vivido en el mundo rural y en el urbano. Mis hijos, por ejemplo, son urbanitas puros; ya no han recibido ese legado. 

Sus personajes no llevan móvil y están aislados por el temporal. ¿Esto es una circunstancia premeditada?

No es que sea voluntaria, es que se desprende necesariamente de la propia historia. Los protagonistas no tienen entretenimientos digitales a los que recurrir. Solamente tienen la palabra y tienen su propia vida como referente. Deben inventar sus propias historias y tienen que  hacer de Facebook. Date cuenta que todo esto del móvil y de internet es de anteayer, de no hace mucho. Antes, cuando no existía esto, también existían la televisión, los videojuegos… Pero, efectivamente, las redes sociales y el  uso y más bien el abuso de las pantallas es algo tóxico. Como es muy adictivo, yo mismo lo noto. A veces por la tarde me veo como un gilipollas ahí manejando el móvil y me digo, ¿pero qué hago yo aquí? En vez de hacer otra cosa, puedo ver una película, puedo hacer algo donde yo participe. Lo otro es pasivo, es un consumo de chorraditas al final. Es algo tóxico y y muy peligroso, destructivo para la inteligencia. La inteligencia  se entrena de este modo y con las pantallas se atrofia. Además, todo ese consumo no lo puedes depurar críticamente, ni absorber bien.

Los de Silicon Valley mandan a sus hijos a colegios donde están prohibidas las pantallas

Entonces, ¿está de acuerdo con las restricciones que va a aplicar el gobierno al uso de los móviles a menores de 16 años?

Me parece estupendo. De hecho, la gente que puede y la gente que sabe, sobre todo los grandes informáticos de Silicon Valley , manda a sus hijos a colegios un poco tradicionales que tienen una educación progresiva, pero tradicional y donde están prohibidas las pantallas. Ellos saben mejor que nadie el daño que eso puede producir en un niño. Lo que pasa es que eso es muy difícil, claro, porque es como ponerle puertas al campo digital. Me contaban ayer que en Australia, donde también han prohibido el uso de las redes sociales a los niños y chicos hasta los 16 años, ya han encontrado el modo de burlar esto. La ley se inventa, se hace la trampa.

Luis Landero, escribiendo.
Luis Landero, escribiendo.CEDIDA/Isabel Wagemann

Algo habrá que hacer para controlar esto.

Claro, habrá que hacer algo para no dejar a los  los niños, hablo de niños  de 9, 10, 11 años, a merced de la de la barbarie, de lo que pueden encontrar en los móviles. Empezando por el porno y siguiendo por todo tipo de violencia. De algún modo, es robarles la infancia y pervertirlos. Y, desde luego, los colegios deberían de prohibir el móvil, o sea, móvil, cero. Lo cual no quiere decir prohibir el ordenador, prohibir la enseñanza de la informática o la inteligencia artificial, que es muy útil. Pero que también está haciendo mucho daño en la enseñanza, porque ahora los trabajos los hace la inteligencia artificial y ellos han encontrado el modo de que el profesor no se entere, porque ella sabe cuáles son los tics de la de la inteligencia artificial. Los retocan y maquillan de manera que no se nota. Yo navego en internet, pero lo hago con un nombre falso.

La mentira campea a sus anchas  actualmente. En política y en todo

Viéndolo rodeado de libros no imaginaba yo que le gustaran las redes.

No participo,  pero sí, me gusta ver, por ejemplo, Twitter, Facebook,  Instagram, enterarme un poco, por eso, de vez en cuando, le echo un vistazo. Y, por ejemplo, todo lo que sea de creación, todo lo que sea manipulación, montaje, lo borro. Además, detesto esas falsedades que parecen verdad o que intentan incluso pasar por verdad. Porque la mentira  campea a sus anchas  actualmente. En política y en todo. Y eso sí que es un peligro tremendo, porque, a veces, cuando  tienes una información, no sabes cómo contrastarla, ¿a qué puerta llamas para contrastarla?

¿Tiene amigos escritores con los que se sienta a hablar de cosas que nunca publicarán?

No, no y menos con escritores. Cuando me junto con escritores, de lo que menos hablamos es de literatura. Parece que esto es una cosa que pudorosamente lo apartamos, porque estamos todos cansados de esto. Así que hablamos de cualquier otra, cosa. Pero contarnos, nos contamos cosas, claro, pero igual que tú cuando te reúnes con tus amigas, ni más ni menos. Cuentas anécdotas, das una opinión que tienes sobre algún hecho de la actualidad, de un libro que has leído, una película que has visto, algo que te contaron o algo que has soñado, pero siempre tenemos cantidad de cosas pequeñas que contar. Tenemos muchos cachivaches narrativos en la memoria o lo que es igual, chorraditas, las cosas pequeñas de la vida.

Y la escucha, ¿se está perdiendo también?

Uno de los males que han creado las pantallas es la falta de atención.
Esto se nota en las escuelas, lo dicen los profesores. Que un chaval no consigue más de 20 segundos o 30 segundos de atención; esto es tremendo. La lectura te entrena en la concentración durante bastante tiempo, mientras lees para enterarte de todo, para pensar. Es un entrenamiento maravilloso, igual que alguien entrena los músculos en un gimnasio. Las redes te dan píldoras pequeñas  que duran unos segundos. El problema es que se convierte en un hábito intelectual, el de la brevedad, de la cosa instantánea, un poco como el relámpago.

Como para hablar de largos coloquios.

Hay una falta práctica de verdadero coloquio, de verdadero diálogo. El buen conversador no es el que ya sabe hablar muy bien, es el que sabe escuchar también. El que te habla te está enseñando, te está ayudando, te está inspirando. La conversación es un aprendizaje, porque uno aprende del otro.

Me habría gustado poder conversar con Cervantes, con el Arcipreste de Hita y con Galdós

Sus personajes hacen resumen de sus vidas, en cierto modo. ¿Cuál es el suyo, a los 78 años? 

El balance es que en la vida hay de todo, hay pérdidas y ganancias. Como decía Schopenhauer, la vida es un negocio que no cubre gastos. Pero, bueno, desde el punto de vista literario, que ha sido mi verdadero y mi gran proyecto de vida, el balance es bueno. No por lo que haya conseguido, sino porque he puesto lo mejor de mí mismo en eso y no he escatimado esfuerzos ni tiempo y eso me deja la conciencia muy tranquila. He hecho las cosas lo mejor que he sabido, aunque me hubiera gustado que todo fuera mejor, claro. Y que las novelas que he hecho hubieran sido como las había imaginado al principio. Cosas que he hecho bien, cosas que he hecho mal, pero bueno, en general tampoco creo que le haya hecho daño a nadie especialmente.

¿Con quién le gustaría poder mantener una conversación sin prisas, ni móviles, ni límites de tiempo?

Con Cervantes, desde luego. Si hubiera conocido a Cervantes sería un lujo. Me habría encantado conocerlo, oírlo hablar, sobre todo. Preguntarle algunas cosas, aunque tampoco le iba a dar coñazo. También al Arcipreste de Hita. Hay tantos y tanto personajes curiosos, son autores a los que uno termina queriendo. Galdós sería otro con el que me sentaría a hablar. 

Mostrar comentarios

Comentarios

 20MINUTOS.ES – Cultura

Te Puede Interesar