«Qué se retire». “Qué cringe”. «Vieja». Son los comentarios que se repiten cuando aparece Madonna en el escenario. Ella, que revolucionó la música con la libertad de su talento. Ella, que nunca permitió que le dijeran cómo debía ser y cómo no. Pero ella, ni siquiera ella, se libra de la sentencia pública que no consiente envejecer a las mujeres. Porque solo pasa con las mujeres. Con los hombres no hay tanta preocupación por su jubilación. La insistencia es más volátil. En cambio, cuando vemos a una artista mostrando las arrugas de los años nos choca y hasta se lacra la invitación a irse a su casa. Gran atrevimiento, tutelar la capacidad de decidir.
Así hemos ido naturalizando una sociedad menguante en pluralidad, que da la sensación de solo querer aceptar mujeres jóvenes, ágiles y sonrientes en pantalla. La vejez, como mucho, para anunciar medicamentos. Cuando ya no entras en el molde del florero que te alegra los ojos, te invitan al ámbito doméstico y a los cuidados que demanda.
Y esta invisibilidad favorece estigmas. Necesitamos referentes, también desde la madurez que otorgan los años. Sin embargo, los comentarios que se sueltan sobre Madonna delatan cómo la condescendencia machista continúa bien metida en las cabezas. Y retumba hasta a la misma Reina del Pop, que desmontó esta escuela de toxicidades ya hace cuarenta años.
Tal vez estemos ante una consecuencia directa de una sociedad que olvida más que valora a quienes nos han traído hasta aquí. Sin memoria, es fácil terminar involucionando. De hecho, en la tele, las mujeres veteranas están más escondidas ahora que en los años ochenta, cuando reinaban en Las chicas de oro o Jessica Fletcher. Hoy no existen mujeres maduras en prime time. A pesar de que la mayor parte de la audiencia se sentiría reconocida en ellas: por compartir las mismas generaciones o por animar a encontrarnos con otros mundos que están en este. Como la misma Madonna. Con su manera de reinventarse a través de la emoción de la música, la belleza de la sexualidad, la reapropiación de la iconografía de la cultura de la que venimos y los atrevimientos de los espíritus críticos que nos ayudan a progresar.
Pero algunos hasta osan defender que el público no quiere contemplar según qué realidades. Qué gran mentira. Y qué grandes tabúes resurgen en la edad de oro de las redes sociales, donde los algoritmos y la Inteligencia Artificial están diseñados para alzar la juventud eterna, la delgadez extrema y el histrionismo excesivo. Ahí se hace fuerte la superioridad moral del “son cosas de viejas”, “vete a tu casa” o “abuela” como mofa. Usos enquistados del lenguaje que empujan a anular la experiencia de las que hicieron todo antes. Que nadie pique en el anzuelo, ojalá poder crecer como Madonna. Sin que nadie nos dé la vuelta a la sensatez: los que deben tener vergüenza son los que marginan, no las mujeres que siempre viven con todo el futuro por delante.
Madonna nunca ha dejado de sufrir el machismo. Y así lo ha ido derribando.
«Qué se retire». “Qué cringe”. «Vieja». Son los comentarios que se repiten cuando apareceMadonna en el escenario. Ella, que revolucionó la música con la libertad de su talento. Ella, que nunca permitió que le dijeran cómo debía ser y cómo no. Pero ella, ni siquiera ella, se libra de la sentencia pública que no consiente envejecer a las mujeres. Porque solo pasa con las mujeres. Con los hombres no hay tanta preocupación por su jubilación. La insistencia es más volátil. En cambio, cuando vemos a una artista mostrando las arrugas de los años nos choca y hasta se lacra la invitación a irse a su casa. Gran atrevimiento, tutelar la capacidad de decidir.
Así hemos ido naturalizando una sociedad menguante en pluralidad, que da la sensación de solo querer aceptar mujeres jóvenes, ágiles y sonrientes en pantalla. La vejez, como mucho, para anunciar medicamentos. Cuando ya no entras en el molde del florero que te alegra los ojos, te invitan al ámbito doméstico y a los cuidados que demanda.
Y esta invisibilidad favorece estigmas. Necesitamos referentes, también desde la madurez que otorgan los años. Sin embargo, los comentarios que se sueltan sobre Madonna delatan cómo la condescendencia machista continúa bien metida en las cabezas. Y retumba hasta a la misma Reina del Pop, que desmontó esta escuela de toxicidades ya hace cuarenta años.
Tal vez estemos ante una consecuencia directa de una sociedad que olvida más que valora a quienes nos han traído hasta aquí. Sin memoria, es fácil terminar involucionando. De hecho, en la tele, las mujeres veteranas están más escondidas ahora que en los años ochenta, cuando reinaban enLas chicas de oro o Jessica Fletcher. Hoy no existen mujeres maduras en prime time. A pesar de que la mayor parte de la audiencia se sentiría reconocida en ellas: por compartir las mismas generaciones o por animar a encontrarnos con otros mundos que están en este. Como la misma Madonna. Con su manera de reinventarse a través de la emoción de la música, la belleza de la sexualidad, la reapropiación de la iconografía de la cultura de la que venimos y los atrevimientos de los espíritus críticos que nos ayudan a progresar.
Pero algunos hasta osan defender que el público no quiere contemplar según qué realidades. Qué gran mentira. Y qué grandes tabúes resurgen en la edad de oro de las redes sociales, donde los algoritmos y la Inteligencia Artificial están diseñados para alzar la juventud eterna, la delgadez extrema y el histrionismo excesivo. Ahí se hace fuerte la superioridad moral del “son cosas de viejas”, “vete a tu casa” o “abuela” como mofa. Usos enquistados del lenguaje que empujan a anular la experiencia de las que hicieron todo antes. Que nadie pique en el anzuelo, ojalá poder crecer como Madonna. Sin que nadie nos dé la vuelta a la sensatez: los que deben tener vergüenza son los que marginan, no las mujeres que siempre viven con todo el futuro por delante.
20MINUTOS.ES – Cultura
