Máximo tiene 55 años, Federico, 53. La madre de Máximo se llama Clara, la de Federico, Aurora. Ambas tienen demencia, una es hermética y callada, la otra impulsiva e irónica. Federico no conoce a Máximo, aunque están unidos por un hilo existencial. Es Federico un personaje de ficción que navega en las nostálgicas aguas de la memoria, del dolor y de la soledad. Máximo, de carne y hueso, conoce, sin embargo, interiormente a Federico, incluso lo ha creado, es más, le ha dado el nombre de uno de sus poetas preferidos, García Lorca. Para que conste su voluntad de mantenerse a salvo del personaje por mucho que se parezca a él.
Máximo oye un día a su madre que pregunta por su hermano, a él, que es hijo único. Así empieza la duda del ser real y un viaje a la desmemoria en la que dos actores, Máximo y Federico, conviven, cada uno en su papel y en su vértigo, en Mamá está dormida (Planeta). Este es el título de la última novela del escritor valenciano Máximo Huerta, que sale a las librerías este miércoles 28 de enero, un periplo en busca de una identidad y de la respuesta más dolorosa.
Crear mentiras es novelar, mentir es maravilloso porque te lo inventas y haces tu propia fábula de la verdad
Este libro emocional y tremendamente íntimo, es el resultado de cómo una interrogación inocente se convierte en sospecha, que mezclada con el mal de su madre, hace más consistente su argumento, también más duro de digerir. «La pregunta sucedió en mi casa. En ese momento no la puedes gestionar. Todos los españoles que están cuidando son mentirosos por que crear mentiras es novelar, mentir es maravilloso porque te lo inventas y lo creas tú, haces tu pequeña fábula de la verdad», explica el autor ante una treintena de periodistas que asisten a la presentación de esta no biografía, para que conste en acta.
«Empecé a escribir esta novela a raíz de esa epifanía de mi madre, que sin saberlo, me dio la génesis. Es cuando todo se desdobla y creo a Aurora, que no es un nombre al azar, sino la luz que las personas con demencia tienen a veces, los ratos en que están luminosos, en que crees que todo va a ir a mejor». Huerta conoce bien las entrañas de esta enfermedad con la que convive indirectamente a través de su propia madre, que siempre le pidió que no la ingresara en una residencia. «Lo he respetado por si no cumplo y un día se me aparece para echármelo en cara», bromea.
Nadie preguntó a nuestras madres de jóvenes que quería ser de mayores
Con esta premisa, el protagonista Federico (García Lorca trató muy bien a las mujeres, de ahí el homenaje del autor), se entrega a una travesía con su madre, Aurora, en autocaravana, en un espacio tan estrecho, incómodo y hostil, define, «como es un útero, con una madre y un hijo metidos allí con una perra vieja, con destino al pasado y a Vera de Bidasoa» (lugar donde tiene lugar el desenlace)». Para descubrir si ese hermano, Félix, existe, y sobre todo, para realizar un tributo a las madres, «a las que nadie preguntó de jóvenes qué querían ser de mayores», reflexiona casi con culpa el escritor.
El destino, esa localidad navarra bendecida por ser la cuna de Pío Baroja, no es tampoco casual. Es lo que Huerta llama «uno de esos destinos turbios, donde se enseñaba a las mujeres a ser madres, esposas y buenas hijas, clones de Pilar Primo de Rivera, fundadora de la Sección Femenina». Este organismo tiene un papel fundamental en el libro, lo que representa una crítica a aquel modelo organizativo machista y abusador hacia las mujeres y determina el giro final de la novela.
El cuidado le ha venido muy bien a todos los gobiernos porque ha sido invisible. Cuidar es algo que no hace ruido, no tiene épica
Huerta sintetiza ante la prensa el corazón de su novela como un homenaje a los cuidadores, esencialmente a sus madres, y traza una crítica social y una llamada a navegantes. «En este viaje, el hijo se va desdibujando, como todos los cuidadores, y la que va cogiendo protagonismo es ella, porque la ficción y la demencia tienen mucho de cinematográfico. Él se va difuminando, se va haciendo menos. Cuidar es empezar a despedirse y el cuidado le ha venido muy bien a todos los gobiernos porque ha sido invisible. Cuidar es algo que no hace ruido, no tiene épica. Es algo que han hecho solo las mujeres. En el caso de la novela lo hace solo un hijo, un hombre, con lo que implica la incomodidad de la desnudez, el pudor, las conversaciones que nunca se han tenido antes».
Estamos en un tiempo de demencia social, se nos olvida de dónde venimos
Huerta apela lo que todos tenemos para enfrentar el futuro. «Si algo tiene esta novela, es que hay dos caras de la memoria, la que se pierde y la que no se quiere contar. El único patrimonio es la memoria, lo que queramos o no contar cada uno. Los países también están teniendo alzhéimer y demencia. Y están repitiendo cosas que pensaban que ya no pasarían. Eso nos lleva a la memoria de esa época, pero también de esta. Estamos en un tiempo de demencia social, se nos olvida de dónde venimos».
«Pero a mí me gusta retratarme sobre los pequeños detalles, no sobre la épica», puntualiza el escritor. Y recuerda, removido, los entresijos, las anécdotas de un viaje «que nunca haré con mi madre», solo en la imaginación. No ha viajado nunca en autocaravana y ni siquiera ha estado en Vera del Bidasoa. «Pero la ficción -insiste- permite hacer lo que queramos, corregir, incluso, vengarte del pasado. Cuidar son batallas del día a día, que vas ganando y dan pocas alegrías».
El misterio de la mente es el mayor de todos los que tenemos
Mamá está dormida contiene lágrimas, risas, ironía, sarcasmo, humor, disfrute, abrazos, olores, reproches… «Yo digo que esta novela es fundamentalmente de amor y de misterio. Lo primero porque es un hijo que ha perdido a su pareja y su único pilar es la madre, por lo que no se sabe quién cuida a quién: si el hijo a la madre o esta es el único sostén de su hijo. Y misterio porque no se sabe qué va a pasar en esa carretera, y el misterio de la mente que es el mayor que tenemos todos. Todos o nos van a cuidar o tendremos que ser cuidados. Nos da pudor enfrentarnos a la fragilidad».
El título de la novela es, a juicio del escritor, » tranquilizador y al mismo tiempo, inquietante. Todos los que han cuidado saben que es una frase que incluye todo lo que se pasa, la incertidumbre también». Huerta dice tener una responsabilidad máxima sobre esta novela, a pesar de llevar diez títulos anteriores y considerar la literatura y su librería Doña Leo su presente y su futuro, sin más. Cree que se lo debe a su madre, por quien lo dejó todo en 2017 para instalarse en su pueblo, Buñol. Eso sí, no le gustaría que ella, de poder hacerlo, la leyera. «Le conté 26 veces de qué va, y ella fue una gran lectora, pero leería entre líneas lo que cuento».
La paciencia para cuidar no la tienes, la vas adquiriendo como única solución
Máximo Huerta, alter ego de Federico, hace balance de sus debilidades en esta presentación: sobre la paciencia, virtud que se sobrentiende para cuidar a alguien dice «que algo peor que no tenerla, es el arrepentimiento. La paciencia no la tienes, la vas adquiriendo como única solución».
La travesía motor del libro «es un viaje hacia el pasado, que te permite la ficción. Tengo nostalgia hasta de cosas que no voy a vivir. Poseo la certeza de ser hijo único y eso me ha hecho ser introspectivo e introvertido, lo que te acerca a la melancolía. He sido alguien muy sufridor».
Aun así, «me habría gustado tener hermanos para discutir y decirles: ahora te quedas tú a cuidar. Esa soledad, esa zozobra del protagonista, solo la siente quien no ha tenido hermanos».
Esta es la novela que me habría gustado leer a mí
Escribir esta novela no ha sido terapéutico para Huerta. «Si lo hubiera sido, yo seguiría escribiendo de esto para curarme. Terapéutico para mí, es leer. Esta es la novela que me habría gustado leer a mí escrita por otra persona».
Termina con una frase que resume el sentido de la novela, el de la existencia, al fin: «La vida no se recuerda de manera ordenada, jamás. Es salpicada, no se recuerda de manera cronológica. Fabulamos nuestra vida». Y con un ruego cuando se lea la novela: que la gente abrace más a sus mayores, les pregunte, les digan más ‘te quiero’.
El escritor valenciano alcanza su título número 11, un homenaje a su madre en forma de viaje y de búsqueda de la verdad.
Máximo tiene 55 años, Federico, 53. La madre de Máximo se llama Clara, la de Federico, Aurora. Ambas tienen demencia, una es hermética y callada, la otra impulsiva e irónica. Federico no conoce a Máximo, aunque están unidos por un hilo existencial. Es Federico un personaje de ficción que navega en las nostálgicas aguas de la memoria, del dolor y de la soledad. Máximo, de carne y hueso, conoce, sin embargo, interiormente a Federico, incluso lo ha creado, es más, le ha dado el nombre de uno de sus poetas preferidos, García Lorca. Para que conste su voluntad de mantenerse a salvo del personaje por mucho que se parezca a él.
Máximo oye un día a su madre que pregunta por su hermano, a él, que es hijo único. Así empieza la duda del ser real y un viaje a la desmemoria en la que dos actores, Máximo y Federico, conviven, cada uno en su papel y en su vértigo, en Mamá está dormida (Planeta). Este es el título de la última novela del escritor valenciano Máximo Huerta, que sale a las librerías este miércoles 28 de enero, un periplo en busca de una identidad y de la respuesta más dolorosa.
Crear mentiras es novelar, mentir es maravilloso porque te lo inventas y haces tu propia fábula de la verdad
Este libro emocional y tremendamente íntimo, es el resultado de cómo una interrogación inocente se convierte en sospecha, que mezclada con el mal de su madre, hace más consistente su argumento, también más duro de digerir. «La pregunta sucedió en mi casa. En ese momento no la puedes gestionar. Todos los españoles que están cuidando son mentirosos por que crear mentiras es novelar, mentir es maravilloso porque te lo inventas y lo creas tú, haces tu pequeña fábula de la verdad», explica el autor ante una treintena de periodistas que asisten a la presentación de esta no biografía, para que conste en acta.
«Empecé a escribir esta novela a raíz de esa epifanía de mi madre, que sin saberlo, me dio la génesis. Es cuando todo se desdobla y creo a Aurora, que no es un nombre al azar, sino la luz que las personas con demencia tienen a veces, los ratos en que están luminosos, en que crees que todo va a ir a mejor». Huerta conoce bien las entrañas de esta enfermedad con la que convive indirectamente a través de su propia madre, que siempre le pidió que no la ingresara en una residencia. «Lo he respetado por si no cumplo y un día se me aparece para echármelo en cara», bromea.
Nadie preguntó a nuestras madres de jóvenes que quería ser de mayores

Con esta premisa, el protagonista Federico (García Lorca trató muy bien a las mujeres, de ahí el homenaje del autor), se entrega a una travesía con su madre, Aurora, en autocaravana, en un espacio tan estrecho, incómodo y hostil, define, «como es un útero, con una madre y un hijo metidos allí con una perra vieja, con destino al pasado y a Vera de Bidasoa» (lugar donde tiene lugar el desenlace)». Para descubrir si ese hermano, Félix, existe, y sobre todo, para realizar un tributo a las madres, «a las que nadie preguntó de jóvenes qué querían ser de mayores», reflexiona casi con culpa el escritor.
El destino, esa localidad navarra bendecida por ser la cuna de Pío Baroja, no es tampoco casual. Es lo que Huerta llama «uno de esos destinos turbios, donde se enseñaba a las mujeres a ser madres, esposas y buenas hijas, clones de Pilar Primo de Rivera, fundadora de la Sección Femenina». Este organismo tiene un papel fundamental en el libro, lo que representa una crítica a aquel modelo organizativo machista y abusador hacia las mujeres y determina el giro final de la novela.
El cuidado le ha venido muy bien a todos los gobiernos porque ha sido invisible. Cuidar es algo que no hace ruido, no tiene épica
Huerta sintetiza ante la prensa el corazón de su novela como un homenaje a los cuidadores, esencialmente a sus madres, y traza una crítica social y una llamada a navegantes. «En este viaje, el hijo se va desdibujando, como todos los cuidadores, y la que va cogiendo protagonismo es ella, porque la ficción y la demencia tienen mucho de cinematográfico. Él se va difuminando, se va haciendo menos. Cuidar es empezar a despedirse y el cuidado le ha venido muy bien a todos los gobiernos porque ha sido invisible. Cuidar es algo que no hace ruido, no tiene épica. Es algo que han hecho solo las mujeres. En el caso de la novela lo hace solo un hijo, un hombre, con lo que implica la incomodidad de la desnudez, el pudor, las conversaciones que nunca se han tenido antes».

Estamos en un tiempo de demencia social, se nos olvida de dónde venimos
Huerta apela lo que todos tenemos para enfrentar el futuro. «Si algo tiene esta novela, es que hay dos caras de la memoria, la que se pierde y la que no se quiere contar. El único patrimonio es la memoria, lo que queramos o no contar cada uno. Los países también están teniendo alzhéimer y demencia. Y están repitiendo cosas que pensaban que ya no pasarían. Eso nos lleva a la memoria de esa época, pero también de esta. Estamos en un tiempo de demencia social, se nos olvida de dónde venimos».
«Pero a mí me gusta retratarme sobre los pequeños detalles, no sobre la épica», puntualiza el escritor. Y recuerda, removido, los entresijos, las anécdotas de un viaje «que nunca haré con mi madre», solo en la imaginación. No ha viajado nunca en autocaravana y ni siquiera ha estado en Vera del Bidasoa. «Pero la ficción -insiste- permite hacer lo que queramos, corregir, incluso, vengarte del pasado. Cuidar son batallas del día a día, que vas ganando y dan pocas alegrías».
El misterio de la mente es el mayor de todos los que tenemos
Mamá está dormida contiene lágrimas, risas, ironía, sarcasmo, humor, disfrute, abrazos, olores, reproches… «Yo digo que esta novela es fundamentalmente de amor y de misterio. Lo primero porque es un hijo que ha perdido a su pareja y su único pilar es la madre, por lo que no se sabe quién cuida a quién: si el hijo a la madre o esta es el único sostén de su hijo. Y misterio porque no se sabe qué va a pasar en esa carretera, y el misterio de la mente que es el mayor que tenemos todos. Todos o nos van a cuidar o tendremos que ser cuidados. Nos da pudor enfrentarnos a la fragilidad».

El título de la novela es, a juicio del escritor, » tranquilizador y al mismo tiempo, inquietante. Todos los que han cuidado saben que es una frase que incluye todo lo que se pasa, la incertidumbre también». Huerta dice tener una responsabilidad máxima sobre esta novela, a pesar de llevar diez títulos anteriores y considerar la literatura y su librería Doña Leo su presente y su futuro, sin más. Cree que se lo debe a su madre, por quien lo dejó todo en 2017 para instalarse en su pueblo, Buñol. Eso sí, no le gustaría que ella, de poder hacerlo, la leyera. «Le conté 26 veces de qué va, y ella fue una gran lectora, pero leería entre líneas lo que cuento».
La paciencia para cuidar no la tienes, la vas adquiriendo como única solución
Máximo Huerta, alter ego de Federico, hace balance de sus debilidades en esta presentación: sobre la paciencia, virtud que se sobrentiende para cuidar a alguien dice «que algo peor que no tenerla, es el arrepentimiento. La paciencia no la tienes, la vas adquiriendo como única solución».
La travesía motor del libro «es un viaje hacia el pasado, que te permite la ficción. Tengo nostalgia hasta de cosas que no voy a vivir. Poseo la certeza de ser hijo único y eso me ha hecho ser introspectivo e introvertido, lo que te acerca a la melancolía. He sido alguien muy sufridor».
Aun así, «me habría gustado tener hermanos para discutir y decirles: ahora te quedas tú a cuidar. Esa soledad, esa zozobra del protagonista, solo la siente quien no ha tenido hermanos».
Esta es la novela que me habría gustado leer a mí
Escribir esta novela no ha sido terapéutico para Huerta. «Si lo hubiera sido, yo seguiría escribiendo de esto para curarme. Terapéutico para mí, es leer. Esta es la novela que me habría gustado leer a mí escrita por otra persona».
Termina con una frase que resume el sentido de la novela, el de la existencia, al fin: «La vida no se recuerda de manera ordenada, jamás. Es salpicada, no se recuerda de manera cronológica. Fabulamos nuestra vida». Y con un ruego cuando se lea la novela: que la gente abrace más a sus mayores, les pregunte, les digan más ‘te quiero’.
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