Aún es primavera el día del encuentro con Mònica Guilera (Castelldefels, 57 años), pero el calor ya se ha instalado en Vilanova i la Geltrú, una ciudad costera de la provincia de Barcelona. En una casita del casco antiguo está la vivienda-taller de esta maestra cestera, un apelativo que, en realidad, se le queda corto. Quizás porque nadie ha conseguido llevar la cestería tradicional catalana tan lejos, reinventándola con un lenguaje contemporáneo sin que pierda su esencia.
Desde su taller en Vilanova i La Geltrú (Barcelona), esta artista de las fibras vegetales reinventa la cestería tradicional catalana con un lenguaje contemporáneo y sin que esta pierda su esencia
Aún es primavera el día del encuentro con Mònica Guilera (Castelldefels, 57 años), pero el calor ya se ha instalado en Vilanova i la Geltrú, una ciudad costera de la provincia de Barcelona. En una casita del casco antiguo está la vivienda-taller de esta maestra cestera, un apelativo que, en realidad, se le queda corto. Quizás porque nadie ha conseguido llevar la cestería tradicional catalana tan lejos, reinventándola con un lenguaje contemporáneo sin que pierda su esencia.
Tras un cuarto de siglo de oficio, la historia de esta artista de las fibras vegetales podría decirse que empezó en una oficina. “A finales de los años noventa, era secretaria de dirección en una multinacional, pero ya soñaba con trabajar con las manos”, arranca Guilera. Ni ella misma sabe explicar de dónde le venía este impulso. Solo quería huir de aquella vida e inventarse otra totalmente diferente. Así que decidió tantear el terreno tomando primero clases de cerámica y luego de encuadernación, hasta que se cruzó con un libro sobre cestería clásica ibérica. Este hallazgo fortuito despertó su curiosidad y la condujo hasta Roser Albó, una figura fundamental en la recuperación y difusión de la cestería tradicional catalana.
“Con 30 años cumplidos empecé a tomar clases. Me costaba mucho aprender la técnica, no era nada rápida, pero me obstiné: quería ser cestera, pensé que me daría la clase de vida que buscaba. También tuve la suerte de que Roser me ayudara mucho. Fue ella quien me presentó a Lluís Grau y Joan Farré, maestros cesteros con los que aprendí mucho”, prosigue Guilera desde su taller, rodeada de fajos de mimbre, prototipos y cestas a medio hacer. Aunque su situación actual pueda parecer idílica, no le gusta romantizar su oficio. “Durante los años que estuve formándome, tuve que volver a vivir con mis padres. Luego compartí casa durante mucho tiempo. Conquistar la autonomía trabajando de cestera y, además, partiendo desde cero, no fue nada fácil. Ha habido mucho sacrificio y trabajo duro. No fue un cuento de hadas como algunos que se ven por las redes sociales”, puntualiza.

La escuela de Guilera ha sido la cestería popular catalana, que tiene un repertorio muy rico porque estaba pensada para cubrir las necesidades de la vida doméstica y de los oficios tradicionales. “Aquí está mi base, que es muy sólida. También es cierto que en aquella época no había otra manera de aprender, no existía internet ni las posibilidades que hay ahora. Pero cuando aprendes desde la tradición, entiendes el porqué de las proporciones, qué fibras son las adecuadas, cómo hay que aplicarlas…”, afirma. La artesana se estrenó con pequeñas producciones hechas a mano que vendía en ferias de artesanía. “Por suerte, siempre había alguien que compraba, ni que fuera por nostalgia. También diré que si alguien ha salvado la cesta catalana han sido los aficionados a recolectar setas”, asevera.
Después de más de una década de experiencia en cestería popular, salir de su zona de confort fue un paso natural. “Poco a poco se dio una transición de lo tradicional a lo más contemporáneo. Cogía la típica cesta para ir al mercado y la hacía un poco más honda y quizás no tan alargada, y ya veía que algo cambiaba”, explica, mientras sostiene entre sus manos un modelo precioso que encajaría con esta descripción. Estas ganas de experimentar se multiplicaron al conocer a su actual pareja, Tim Johnson, un polifacético artista británico con quien realiza proyectos artísticos, además de impartir cursos de cestería por toda Europa: “Convivir con él me ha influido mucho. Mis piezas empezaron a cambiar. Una idea me llevaba a otra, ya no podía parar”.

Guilera coge una pieza redonda que podría servir para poner fruta o, simplemente, para decorar una mesa. Está hecha con la misma técnica que las nanses, unas trampas submarinas que usaban los pescadores de Vilanova i la Geltrú para atrapar peces y que ahora son su objeto de estudio. “Traspaso la técnica y los materiales que usaban ellos, como el junco marino y el olivo, al mimbre, que se comporta de manera diferente porque no es tan rígido y eso hace que tenga que buscar soluciones diferentes”, asevera.
Los diseños de Guilera —ya sean cestas, bolsos, mochilas o fruteros— son bellas y funcionales, pero también pueden admirarse como pequeñas esculturas, como si fueran obras de arte. “Al final he conseguido un estilo propio, reconocible, y estoy muy contenta, pero no sé muy bien cómo ha sucedido. Lo que sí sé es que en cada pieza pongo todos mis sentidos. Aún me apasiona mi trabajo. La artesanía requiere mucha práctica y eso se ve en el resultado. Es un trabajo muy honesto”, insiste.

Sus piezas de mimbre se venden en la galería Aura de Barcelona, en su tienda online y también en ferias especializadas tan reconocidas como la Fira del Cistell de Salt, en Girona, y la Fira Monogràfica de les Fibres Vegetals de Mas de Barberans, un pueblo minúsculo del sur de Tarragona. Esta última feria, vinculada al Museu de la Pauma, siempre se celebra el primer fin de semana de agosto —este año el 1 y 2 de agosto—, cuenta con artesanos venidos de diferentes países y atrae a miles de visitantes. Para Guilera es tan especial que, además de sus best sellers, en esta edición presentará nuevas piezas en las que no faltarán sus característicos hilos de colores.
La introducción de dichos hilos marcó un antes y un después en la evolución de su estilo. “Abrí la ventana al color”, sentencia. Y ya no pudo cerrarla. Además, en algunos diseños, también aplica pieles teñidas para confeccionar las asas. Guilera combina estos fogonazos de color con la paleta de tonos naturales del mimbre, su material fetiche, junto con la caña y las hojas de palmera que recolecta ella misma cuando podan los árboles del paseo marítimo de su ciudad.

El resultado final no solo entra por los ojos, también reivindica un oficio ancestral y la necesidad de reconsiderar el papel de la artesanía en nuestra vida cotidiana. “Mi gran ilusión es que la cesta regrese al día a día, que realmente se haga servir. La artesanía no es tan exclusiva como para que cada uno de nosotros no podamos tener una cesta hecha a mano y disfrutarla. ¿No es preferible a una bolsa de plástico?”, se pregunta quien también ha hecho de la sostenibilidad su bandera.
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