¿Por qué no estábamos todos viendo ‘Sidosa’?

Ayer fui al cine a ver Sidosa, el documental de Jordi Évole sobre la historia de Eduardo Casanova, el mítico Fidel de Aída, y su diagnóstico de VIH con apenas 17 años. Salí con el corazón encogido… Muy encogido. Y también con una pregunta bastante incómoda: ¿por qué no estábamos todos en la sala? El documental se exhibió solo en algunos cines, casi como un evento puntual, y hoy se proyecta de forma residual en unos pocos. La curiosidad me llevó a mirar la venta de entradas. En algunas salas del centro de Madrid, lleno. En otras… no tanto. Y esto dice más de nosotros que de la peli.

Sidosa no es solo una historia personal. Es un espejo. Una bofetada de realidad. Una invitación a mirar de frente algo que durante años hemos preferido evitar: el estigma, el miedo, el rechazo, la ignorancia. Al VIH hay que mirarlo a los ojos, porque es cosa de todos. En España, más de 150.000 personas conviven con VIH. Miles no lo saben. No porque no quieran, sino porque les sigue dando miedo hacerse la prueba. Pesa más el qué dirán que el cuidarse. Que el cuidar a los demás.

Y mientras, seguimos actuando como si esto fuese un tema exclusivo de hombres que tienen sexo con hombres. Mientas, las infecciones en la población heterosexual crecen. Hoy, una persona con VIH que sigue su tratamiento no enferma de SIDA, no muere y no transmite el virus. Indetectable es intransmisible. Así de claro. Así de esperanzador.

Sidosa también es una reivindicación. Incluso en su título, que parece decir ‘aquí estoy, sin miedo’. Por eso duele ver salas medio vacías. Porque el VIH no entiende de etiquetas. Nosotros, a veces, sí. Pero esta historia es de todos. Y merece ser vista por todos. Ojalá hubiese más historias que nos ayuden a comprender, a empatizar y a informarnos. Menos Torrente, o al menos menos sátiras mal entendidas, y más Sidosa.

 El documental de Eduardo Casanova se proyecta hoy en algunos cines.  

Ayer fui al cine a ver Sidosa, el documental de Jordi Évole sobre la historia de Eduardo Casanova, el mítico Fidel de Aída, y su diagnóstico de VIH con apenas 17 años. Salí con el corazón encogido… Muy encogido. Y también con una pregunta bastante incómoda: ¿por qué no estábamos todos en la sala? El documental se exhibió solo en algunos cines, casi como un evento puntual, y hoy se proyecta de forma residual en unos pocos. La curiosidad me llevó a mirar la venta de entradas. En algunas salas del centro de Madrid, lleno. En otras… no tanto. Y esto dice más de nosotros que de la peli.

Sidosa no es solo una historia personal. Es un espejo. Una bofetada de realidad. Una invitación a mirar de frente algo que durante años hemos preferido evitar: el estigma, el miedo, el rechazo, la ignorancia. Al VIH hay que mirarlo a los ojos, porque es cosa de todos. En España, más de 150.000 personas conviven con VIH. Miles no lo saben. No porque no quieran, sino porque les sigue dando miedo hacerse la prueba. Pesa más el qué dirán que el cuidarse. Que el cuidar a los demás.

Y mientras, seguimos actuando como si esto fuese un tema exclusivo de hombres que tienen sexo con hombres. Mientas, las infecciones en la población heterosexual crecen. Hoy, una persona con VIH que sigue su tratamiento no enferma de SIDA, no muere y no transmite el virus. Indetectable es intransmisible. Así de claro. Así de esperanzador.

Sidosa también es una reivindicación. Incluso en su título, que parece decir ‘aquí estoy, sin miedo’. Por eso duele ver salas medio vacías. Porque el VIH no entiende de etiquetas. Nosotros, a veces, sí. Pero esta historia es de todos. Y merece ser vista por todos. Ojalá hubiese más historias que nos ayuden a comprender, a empatizar y a informarnos. Menos Torrente, o al menos menos sátiras mal entendidas, y más Sidosa.

 20MINUTOS.ES – Cultura

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