Purgas, fe y poder: la revolución ideológica en el Pentágono de Pete Hegseth

El secretario de Defensa, después de cesar a decenas de altos mandos, purga también al responsable de la Armada en medio de una espiral descontrolada Leer El secretario de Defensa, después de cesar a decenas de altos mandos, purga también al responsable de la Armada en medio de una espiral descontrolada Leer  

El miércoles por la tarde, el secretario de Defensa de Estados Unidos, Pete Hegseth, cesó al responsable de la Armada, John Phelan. El enésimo despido en el Pentágono por parte de uno de los miembros más polémicos y cuestionados de la administración Trump, un ex presentador de televisión convertido en un fanático religioso e inmerso en una purga permanente.

Hegseth es uno de los altos cargos más cuestionados y señalados desde el primer día. Fue nominado por el presidente y ratificado por el Senado no por sus cualidades, pues la sensación que dejó fue la de ser el secretario de Defensa menos preparado y capacitado quizá en un siglo, sino porque Trump, furioso porque sus propios congresistas y senadores le habían obligado a renunciar a su primera elección para el puesto de fiscal general, se enrocó y redobló la presión, dejando claro que no iba a sufrir una segunda derrota a los pocos días de jurar el cargo. Por eso Hegseth, un exmilitar acusado de problemas con el alcohol y malos tratos, con un expediente cargado de escándalos profesionales y personales, con al menos un acuerdo extrajudicial con el que pagó a una mujer que lo había denunciado por agresión sexual, y con problemas en las cuentas de una organización que dirigió, salió adelante.

Desde entonces, la situación solo ha empeorado. Cuenta a menudo el columnista Ross Douthat, el más conservador de The New York Times y próximo ideológicamente a una parte de la administración, que el fichaje de Hegseth se explica porque al presidente, el político que más televisión consume de la historia del país, le gusta tener a gente muy telegénica y fiel defendiendo sus posturas, aunque sea metiéndose en jardines uno detrás de otro.

Hegseth es un nacionalista cristiano convencido de que el problema del país, y del Ejército, es que abandonó su «espíritu guerrero» y se ablandó al llenar sus filas de mujeres y minorías y al aceptar todo tipo de regulaciones y políticas de diversidad. Cree que sus «guerreros» deben ser libres para combatir usando todo lo que tengan a su disposición, y que las constricciones son una lacra, especialmente las reglas de enfrentamiento. De hecho, llamó la atención de Trump en su primer mandato por su defensa encendida de un soldado acusado de crímenes de guerra. Por eso, Hegseth ha emprendido la mayor revolución en la historia moderna de las fuerzas armadas, echando o relevando a decenas de generales y almirantes, especialmente negros y mujeres. Pero también cambiando las rules of engagement o borrando medidas históricas para proteger a los soldados y a los civiles.

Según los críticos, está completamente fuera de control, empujado por la sensación de que puede ser relevado en cualquier momento si no satisface los deseos del líder. Esta semana ha anunciado que la vacuna de la gripe ya no será obligatoria para las tropas, calificándolo como «devolver la libertad» a los militares. Igual que hace dos semanas quitó la prohibición para que los soldados llevan sus armas personales dentro de las instalaciones militares.

Cuando a principios de mes, dos helicópteros AH-64 Apache durante una misión de entrenamiento cerca de Nashville se desviaron e hicieron una pasada muy poco ortodoxa por encima de una manifestación contra Trump primero, y sobre la casa de Kid Rock, uno de los cantantes favoritos del trumpismo y el mundo MAGA (mientras Kid Rock salía, saludaba encantado y grababa vídeos) los mandos militares suspendieron a los pilotos. Hegseth reaccionó enseguida para anular esa suspensión y aplaudir sus acciones irresponsables.

En octubre, por cierto, en un discurso en el que dijo que no había lugar para «gordos, barbudos o melenudos» entre las tropas y en sus reuniones, afirmó que era hora de «traer de vuelta la masculinidad», porque el suyo es «el Departamento de Guerra, no el Departamento de Wokes». Y por eso anunció que eliminará las prácticas antibullying, para que los cuarteles vuelvan a ser lo que fueron, devolviendo las directrices de entrenamiento básico «a lo que deberían ser: intimidantes, rigurosas y disciplinadas», y autorizando que los sargentos instructores «puedan entrar en contacto físico con los reclutas».

En sus primeros meses, Hegseth se deshizo de Charles Q. Brown Jr., jefe del Estado Mayor Conjunto; de Lisa Franchetti, jefa de Operaciones Navales; de James Slife, número dos de la Fuerza Aérea; y de Jeffrey Kruse, director de la Agencia de Inteligencia de Defensa. En octubre, el general James J. Mingus, segundo del Estado Mayor del Ejército, se vio obligado a dimitir un año antes de lo previsto y sin honores. Randy George, jefe del Estado Mayor del Ejército, fue fulminado hace tres semanas en mitad de la guerra de Irán y sin ninguna razón clara, después de haber protestado por el bloqueo al ascenso de varios candidatos más que cualificados (dos afroamericanos y dos mujeres).

Igualmente, David Hodne, quien fue ascendido en octubre para dirigir el Comando de Transformación y Entrenamiento del Ejército, un puesto de mucho nivel para la modernización y la doctrina del Ejército, y el general William Green Jr., capellán principal del Ejército, han sido apartados. Como antes lo fueron los principales abogados militares (JAG) del Ejército, la Marina y la Fuerza Aérea, en un mensaje muy claro de que no cree en las reglas de la guerra ni en el castigo a quienes cometen crímenes en medio del combate.

La salida forzosa de John Phelan hace unas horas se encuadra en algo más profundo. En abril de 2025, apenas menos de tres meses después de llegar al Pentágono, Hegseth se deshizo de Joe Kasper, su jefe de gabinete. Su caída estuvo ligada a una crisis interna provocada por una investigación de filtraciones y coincidió con el primer embarazoso incidente: la publicación, en un grupo de Signal en el que había un periodista, de planes para bombardear Yemen. Una violación de todas las prácticas aceptadas, de los protocolos de seguridad y de confidencialidad. Pero junto a él fueron destituidos tres altos asesores del Departamento: Dan Caldwell, Darin Selnick y Colin Carroll.

Igualmente, Hegseth tiene una batalla continua con el secretario del Ejército, Dan Driscoll, un amigo de la universidad del vicepresidente JD Vance, un pulso que los analistas creen que sólo puede saldarse con la salida de uno de los dos. Los choques han sido permanentes: por Ucrania (en otoño, Driscoll, y no Hegseth, fue enviado a Ginebra a conversaciones de paz), por Irán, pero también por los nombramientos de altos cargos. Driscoll ha presentado listas de nombres y, según la información publicada por diversos diarios, Hegseth ha vetado a candidatos de minorías. La relación entre ambos está marcada por una mezcla de rivalidad personal, luchas de autoridad y desacuerdos sobre el liderazgo del Ejército. Driscoll está en muchas quinielas como posible reemplazo del secretario y algún diario ha calificado de «paranoia» la reacción de Hegseth y su entorno.

La cuestión religiosa, en alguien que tiene tatuada la expresión Deus Vult y evoca a menudo las cruzadas, ha cobrado especial protagonismo recientemente, ya que el secretario ha trasladado el lenguaje religioso al Pentágono en todos los niveles. No es solo que esté celebrando misas masivas dentro del Departamento, excluyendo además algunas confesiones. O la retórica religiosa ligada a conflictos como Irán, en la que comparó, por ejemplo, el rescate del piloto derribado con la resurrección de Cristo. Sino que Hegseth está mezclando cada vez más la misión militar y la misión espiritual.

Buena parte del debate gira en torno a su afinidad con el pastor Douglas Wilson y la CREC (Communion of Reformed Evangelical Churches). Wilson, un nacionalista radical, está vinculado al Christian Reconstructionism, una corriente que defiende que la vida pública debería ordenarse según principios bíblicos. Igualmente, el secretario tiene lazos profundos con Brooks Potteiger, al que definen como su principal asesor espiritual. Hace unas semanas, Potteiger apareció en un pódcast donde se pedía la «muerte» de James Talarico, un candidato demócrata de Texas, muy creyente él mismo.

Para Hegseth, todo forma parte de una guerra cultural que los suyos deben ganar, a cualquier precio. En libros como La cruzada americana, además de decir que las mujeres no deberían poder combatir, insiste una y otra vez en «aplastar a la izquierda», y enmarca la política doméstica casi como una cuestión de guerra civilizatoria. Eso ayuda a enmarcar el polémico discurso de Trump en Fort Bragg el pasado 1 de octubre, cuando convocó por sorpresa a 800 generales y almirantes para implicarles en la lucha contra los «enemigos domésticos», la «plaga interna» en EE UU y la «izquierda lunática».

«Como presidente, nunca dudaré en defender a nuestro pueblo de las amenazas de violencia, de la horrible plaga que se está produciendo desde dentro. El mes pasado firmé una orden ejecutiva para capacitar a una fuerza de reacción rápida que pueda sofocar disturbios civiles. Y esto será muy importante para los aquí presentes», les dijo a los máximos responsables de los tres ejércitos, «porque es el enemigo interno, y tenemos que controlarlo antes de que se descontrole». «Estados Unidos está siendo invadido desde dentro. No es diferente a un enemigo extranjero, pero es más difícil en muchos sentidos porque no llevan uniforme. Al menos cuando llevan uniforme, puedes eliminarlos», afirmó Trump.

«El ejército se dedica a matar y a romper cosas», ha dicho Hegseth. «Desatamos una violencia aplastante y castigadora contra el enemigo y no luchamos con reglas de combate absurdas. Vamos a liberar a nuestros combatientes para que intimiden, desmoralicen, cacen y maten a los enemigos de nuestro país. Basta de reglas de combate políticamente correctas y autoritarias».

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