Steve Witkoff, un amateur con exceso de confianza en la primera línea de la diplomacia

El enviado especial de la Casa Blanca es un empresario del ladrillo, amigo personal de Trump desde los años 80 e inexperto en política exterior, seducido por el poder de Putin Leer El enviado especial de la Casa Blanca es un empresario del ladrillo, amigo personal de Trump desde los años 80 e inexperto en política exterior, seducido por el poder de Putin Leer  

A mediados de los años 80, Donald Trump, multimillonario y personaje del papel couché, decía a todo el que quisiera escucharle que él sería capaz de acabar con la Guerra Fría en un día. Que lo único necesario (y estaba haciendo lobby para ello) es que el presidente Ronald Reagan, su amigo Ronnie, lo nombrara embajador plenipotenciario y que, en un abrir de ojos, explotando su talento único como negociador, sentaría a los rusos en la mesa y firmaría un acuerdo. 40 años después, Trump es presidente por segunda vez y sigue viendo el mundo exactamente de la misma forma. Adora a los poderosos, las figuras autoritarias y a los que considera ganadores. Desprecia a los perdedores, a los que «no tienen las cartas» para jugar una partida importante. Y, sobre todo, cree que él, sus amigos y sus familiares son los únicos cualificados para resolver los problemas del mundo. Ni diplomáticos, ni políticos al uso, ni expertos: los empresarios, los que entienden el «arte del acuerdo».

Eso explica el poder de Steve Witkoff, un amateur de 68 años, con una fortuna de más de 2.000 millones de dólares y conflictos de intereses por todas partes. Es su enviado especial para Oriente Próximo y lo que surja. El hombre sin ninguna formación o experiencia en política exterior que se ha reunido ya tres veces con Vladimir Putin y se ha dejado seducir por su retórica; el que apretó a Benjamin Netanyahu, el que media entre líderes árabes y grupos terroristas. Estados Unidos ha aupado históricamente a empresarios, abogados y figuras que saltaban del sector privado o académico al público para ocupar puestos clave de su política exterior. Sobre todo como embajadores y enviados especiales, pero también ministros. Trump prácticamente sólo confía en ellos. Por eso nombró secretarios de Estado a ejecutivos como Rex Tillerson o Mike Pompeo y puso al frente de Defensa a otros como Mark Esper. Pero este caso es especial.

Marco Rubio es, sobre el papel, el responsable de la diplomacia estadounidense, pero en las capitales de Europa y Asia han comprendido que, para llegar de verdad al oído del presidente, es a menudo mejor cortejar a Witkoff, un magnate inmobiliario considerado por algunos el secretario de Estado en la sombra. Porque Rubio tiene el cargo, pero también un pasado como rival de Trump, alguien que lo insultó y desprecio. Witkoff, en cambio, es un amigo desde hace más de 40 años, un compañero de golf (jugaba con él el día en que un hombre armado con un fusil y agazapado en la maleza fue detenido a unos cientos de metros de ambos), alguien a quien aprecia, respeta y con ninguna ambición política.

Witkoff, como Trump, es neoyorkino. Nació en el Bronx y se crio en Long Island, en una familia judía que fabricaba abrigos para mujeres. Estudió Derecho y Ciencias Políticas y estrechó lazos con el hoy presidente una madrugada de 1986, en las negociaciones maratonianas de una operación inmobiliaria. Witkoff, socio del bufete Dreyer & Traub, que representaba al magnate, fue a por comida a un local abierto 24 horas en la calle 39 Este y rescató a un Trump hambriento y sin efectivo. «Le pedí un bocadillo de jamón y queso suizo», explicó hace dos años en un tribunal, cuando testificó a favor de su amigo en uno de los juicios de Trump por fraude. El snack sentó la base para su posterior amistad.

Trump convenció a Witkoff para que se especializara en derecho inmobiliario y se pasara a la promoción. En la década de los 90 creó su empresa, el Grupo Witkoff, propietaria de varias propiedades en Nueva York, entre las que destacan el Hotel Park Lane y el Edificio Woolworth. Al igual que Trump, tiene a familiares cercanos al frente de los negocios, incluyendo a su ex mujer, Lauren Rappoport, y a sus hijos Zach y Alex, quien es codirector ejecutivo. Y que tienen controvertidos negocios de criptomonedas en común con los hijos del presidente.

Su lazo personal con el presidente es muy fuerte, en ambas direcciones. En julio de 2024, en la Convención Nacional Republicana dijo que tenía el «privilegio» de llamar a Trump un «verdadero y querido amigo durante muchos años, en los buenos y malos momentos», como, por ejemplo, la muerte de uno de sus hijos por sobredosis en 2011. Witkoff es un incondicional, completamente leal, y estuvo a su lado tras los divorcios, las bancarrotas, los juicios y, sobre todo, no renegó tras el asalto al Capitolio y lo que parecía su caída en desgracia. Por eso este lo trata como alguien casi de la familia. «Una persona como Donald Trump tiene muchísimos conocidos, demasiados para siquiera nombrarlos o contarlos. Tiene muy pocos amigos de verdad fuera de su familia, y Steve es el primus inter pares de ellos», ha afirmado Susie Wiles, la poderosa jefa de gabinete de la Casa Blanca.

Witkoff ha servido a su líder tanto en Moscú, Tel Aviv o Doha como en la negociación con los rivales republicanos a los que Trump destrozó en las primarias del partido. En una comida después de las elecciones de noviembre de 2024, él mismo se postuló por sorpresa como posible enviado presidencial a Oriente Próximo, aludiendo a sus lazos con la región (en realidad, con los fondos soberanos de países del Golfo, que lo rescataron en el pasado de fallidas operaciones comerciales). Era el mismo cargo que en el primer mandato del republicano tuvo su yerno, Jared Kushner. «Y Trump me miró y dijo: ‘Bueno, un millón de personas lo han intentado. Elijamos a un buen tipo que sea inteligente'», ha contado el empresario.

Su estilo es claramente más discreto. No levanta la voz, pero su lenguaje es muy parecido al de Trump: con objetivo y promesas grandilocuentes y el mismo exceso de confianza. No habla otros idiomas, no tiene ninguna experiencia en política exterior ni formación básica de diplomacia. No maneja los códigos, los matices y sensibilidades. No entiende la cultura, la historia y las tradiciones de los gobiernos o las organizaciones con las que tiene que tratar. Y no parece creer que eso tenga importancia.

Ha asegurado en entrevistas y podcast que, para las negociaciones de paz, sigue su instinto, se fía de su intuición y su historial de éxito en operaciones inmobiliarias. Y, sobre todo, usa como activo su relación personal y el acceso al presidente. Desde enero, ha explicado, «ha leído muchos libros y visto documentales de Netflix sobre conflictos mundiales», y ha llegado a la conclusión que ser un outsider, alguien ajeno al pasado y por tanto menos cínico y pesimista, es la mejor baza, y que «puede aprovechar la falta de experiencia y triunfar donde los profesionales han fracasado». Igual que Trump en la política.

La realidad es muy distinta. Es un aficionado que no entiende a menudo la gravedad de lo que ocurre, que simplifica y relativiza de forma dramática, que se apoya en falsedades (especialmente en el caso del este de Ucrania) y que se centra en el resultado del que poder presumir, sean cuales sean las consecuencias o víctimas. Alguien que utiliza con absoluta irresponsabilidad teléfonos móviles privados y no encriptados para llamadas o mensajes en grupos de mensajería expuestos. Trabaja con un equipo muy pequeño, media docena de personas, que no cobra por su trabajo e incluso a menudo paga él los viajes en su propio avión privado. Un «jinete solitario», desorganizado, que improvisa constantemente, con oficinas a medio camino entre la Casa Blanca y el Departamento de Estado. Acompañado en sus viajes por su novia, Lauren Olaya, ex golfista profesional.

Rindiendo cuentas sólo al líder, con una autonomía casi absoluta. Y con conflictos de intereses abrumadores. Hace años, Witkoff quedó atrapado por un escándalo con un estafador malayo, con un hotel que no lograba vender y los bancos presionando para que devolviera el préstamo que había usado para comprarlo. Se movió con fondos árabes y, al final, el de Qatar, interesado por sus vínculos con Trump, acudió al rescate. Ahora, una década después, su hijo Alex ha ido consiguiendo dinero de los mismos actores del Golfo con los que su padre negociaba paz en la región.

Putin se ha burlado una y otra vez de él. Lo hace esperar durante horas cuando va a Moscú, le dice lo que quiere oír y sus asesores han creado un vínculo fuerte. Y efectivo. Tras cada viaje, Witkoff vuelve a Washington haciendo suyas las propuestas del Kremlin, diciendo sin reparo ante las cámaras cómo respeta y confía en Putin. Y asesora en privado (según se vio la semana pasada en la filtración de una llamada) a los rusos sobre la mejor forma de seducir al presidente de Estados Unidos. «Me gusta Putin, no es un mal tipo», le dijo, encantado, a Tucker Carlson, otro amigo de Trump seducido por el líder ruso y cegado por su acceso privilegiado.

«Creo que el señor Witkoff ha adoptado la estrategia del lado ruso. Creo que es muy peligroso porque, consciente o inconscientemente, no lo sé, está difundiendo narrativas rusas», lamentó en primavera Volodimir Zelenski. No por casualidad no va a Kiev ni permite que Marco Rubio vaya a Moscú. Sólo él o, como en esta ocasión, el yerno de Trump. Los que ven oportunidades de negocio en todas partes, desde la Franja de Gaza como una nueva Riviera a las commodities rusas.

Witkoff es lo más parecido a un realista en Relaciones Internacionales, alguien que piensa y actúa en términos de interés definido como poder, pero obviando décadas, si no siglos, de guerras, odios y pasiones. Alguien que cree que, si no hay acuerdos, no es por lo mucho que hay en juego, sino por la falta de talento o creatividad de los que llevan las riendas. «No soy un ideólogo, soy un diplomático aficionado. Pero la diplomacia es negociación y lo he hecho toda mi vida», le dijo a un periodista de The Atlantic antes de verano.

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