La Administración estadounidense ha estado y sigue profundamente dividida respecto a la vuelta de la líder opositora a su país Leer La Administración estadounidense ha estado y sigue profundamente dividida respecto a la vuelta de la líder opositora a su país Leer
María Corina Machado salió de Venezuela el 9 de diciembre de 2025, en secreto y por vía marítima hacia Curazao, y llegó en avión a Noruega para recibir el Nobel de la Paz. Se perdió la ceremonia y perdió también ese día la oportunidad de volver a casa. Primero fue el régimen de Nicolás Maduro el que cerró la puerta. Después, de otra manera pero con el mismo resultado, el Gobierno de Donald Trump. Hasta ahora, pero con condiciones. «Es una mujer muy amable. Me entregó su Premio Nobel, así que ¿qué más puedo decir? Espero que esté a salvo, es una mujer muy amable. Pero nos va muy bien en Venezuela«, resumió este mediodía, hora local, el presidente estadounidense desde los jardines de la Casa Blanca.
Este domingo, 320 días después, la líder de la oposición ha vuelto a casa. Con el permiso o la permisividad, más que el entusiasmo, de Washington. La Administración ha estado y sigue profundamente dividida en este caso. Hay una parte, pragmática y sin ningún tipo de lazo con Latinoamérica, que cree que ella es un problema y que a Estados Unidos le va muy bien con las cosas como están. Sin experimentos de transición democrática y centrados en relaciones comerciales y energéticas. El régimen post-Maduro obedece en todo, no replica y no pone problemas, en lo que parece una advertencia a Machado de que no se oponga a un proceso en el que, por el momento, no tiene un papel principal asignado.
Pero hay otra parte de la Administración, la más ideológica, y también la que tiene vínculos sentimentales o personales, que cree que es posible lograr el mismo resultado que ahora, o uno mejor, con Machado o la oposición en el poder. Una vez que ha quedado claro el marco que prefiere Trump, consideran que no es tan importante quién esté formalmente al frente del país, mientras siga la línea de puntos.
En ese equilibrio se enmarca la reacción de Marco Rubio al regreso de Machado. «Las condiciones que permiten el regreso seguro de la Sra. Machado a Venezuela son el resultado directo de las conversaciones de reconciliación apoyadas por Estados Unidos, que ya han logrado la liberación de cientos de presos políticos y el retorno del exilio de cientos de figuras de la oposición política», escribió el secretario de Estado en X. «Estados Unidos espera que se sigan respetando las libertades de todos los sectores de la vida política venezolana. Del mismo modo, esperamos que todos los actores políticos respalden estas conversaciones, que representan la mejor oportunidad que ha tenido Venezuela en 30 años para lograr de forma pacífica no sólo unas elecciones libres y justas, sino también una democracia duradera», añadió.
Que además Trump y los republicanos estén sufriendo una sangría de votos hispanos, cuando quedan menos de dos semanas para las elecciones legislativas, es motivo añadido. El regreso de María Corina probablemente sea algo a lo que agarrarse para todos los decepcionados por las operaciones migratorias contra los latinos y por la permisividad con los herederos de Maduro. Especialmente en Florida, Texas y algunos estados más.
«VIVA VENEZUELA LIBRE! Mi amiga María Corina Machado siempre contará con todo nuestro apoyo. Todos tenemos que acompañarla, velar por ella y defenderla ante cualquier atentado del régimen. Esto es hasta el final (…) Quiero dejar esto bien claro: desde el Congreso de los Estados Unidos, responsabilizo directamente a Delcy y Jorge Rodríguez, Diosdado Cabello, Padrino López y González López de cualquier daño que pueda sufrir. Si estos delincuentes corruptos continúan con las amenazas, terminarán pulverizados como los secuaces del régimen de Castro que protegían a Maduro. ¿Queda claro?», ha escrito en las redes sociales el congresista republicano de Florida Carlos Giménez, uno de los principales aliados del exilio venezolano y que se juega la reelección el 3 de noviembre.
Durante los últimos meses, la Administración de Donald Trump ha contribuido a mantener a María Corina Machado lejos del centro de las decisiones sobre el futuro de Venezuela, mientras estrechaba poco a poco su relación con Delcy Rodríguez, la presidenta encargada del país. No hay semana en la que Trump no felicite, elogie y ensalce a Rodríguez y la relación que han construido. Su lenguaje es colonial, o casi. Lo dejó muy claro anoche mismo en un mitin de campaña en Perry (Georgia), poniéndolo al nivel de Groenlandia y dando por controlado no sólo el país, sino también sus hidrocarburos.
Machado intentó volver hace unas semanas hasta en siete ocasiones y de mil formas, pero todos los caminos se iban cerrando. Ella y su equipo, que tratan en todo momento de no enfadar a Marco Rubio y Trump, no lo dicen en voz alta y apuntan a otras autoridades, como, por ejemplo, las holandesas. Pero diarios como The Wall Street Journal han revelado que Estados Unidos comunicó a las autoridades neerlandesas que no respaldaba esos intentos, lo que, según el diario, habría contribuido a que se retirara el permiso para que su avión aterrizara en Curazao. Marco Rubio, sin embargo, negó que Washington hubiera pedido impedir su entrada y rechazó públicamente las acusaciones.
La situación para el Ejecutivo estadounidense es muy complicada. Es una cuestión de política, dinero y poder, no de amistad o cuestiones morales. Tratan de cuadrar el círculo. Escuchar las peticiones de Machado y el exilio venezolano, y de los millones de personas que piden, exigen, elecciones libres, mientras profundizan la relación con Caracas. Cientos de inversores, abogados y oportunistas viajan cada día entre Washington, Miami y Caracas para aprovechar lo que ven como un momento único para enriquecerse.
La Casa Blanca y Rubio han apostado por Dinorah Figuera como interlocutora de la oposición venezolana para negociar con el Gobierno de Delcy Rodríguez una transición democrática. Figuera presidió la Asamblea Nacional elegida en 2015, el Parlamento opositor que Estados Unidos reconoció como institución legítima durante el primer mandato de Trump. Tras años de exilio en España, regresó este año y este mismo mes Marco Rubio se reunió con ella en Washington y afirmó que contaba con el «100 % de apoyo» de Estados Unidos.
La relación entre Rodríguez y el secretario de Estado ayuda a explicar parte del precario equilibrio actual. Están en las antípodas en todo; son enemigos naturales casi perfectos. Pero, según una investigación de The New York Times, publicada en julio, el contacto es constante, fluido y plenamente satisfactorio. Ambos despachan diariamente en español por WhatsApp, y Rubio ejerce una influencia decisiva sobre las finanzas, el petróleo y las decisiones de gobierno. Fuentes de ambos países lo describieron como una especie de «virrey de Venezuela».
Machado necesita abrirse un hueco, crear un espacio para que Trump y Rubio empiecen a virar hacia lo que ella pide: elecciones. Y es plenamente consciente de que la única forma es evitar la confrontación. «Agradecemos al presidente Donald Trump, al secretario de Estado Marco Rubio, al Gobierno de los Estados Unidos, al Congreso y a los Gobiernos aliados por su continuo liderazgo y apoyo», ha dicho este domingo el equipo de la líder opositora en un comunicado.
Son todo fórmulas evasivas. Estados Unidos afirma que su intervención acabará conduciendo a una transición democrática, pero evidentemente ha priorizado la estabilidad y los acuerdos con Rodríguez frente a la incorporación de Machado al proceso. Por ejemplo, retirando sanciones contra ella o su hermano. Es verdad que la presión ha forzado a Delcy a decir que habrá elecciones en el futuro próximo, pero sin compromisos precisos. Al mismo tiempo, Machado sostiene que su regreso ayudaría a encauzar las demandas de cambio de los venezolanos, lo que no se alinea necesariamente con las preferencias de la Casa Blanca y algunos operadores.
Históricamente, los principales apoyos de María Corina Machado en Washington se encuentran entre los republicanos, sobre todo los de Florida. Allí están los sectores más críticos con el castrismo y el chavismo. El interlocutor más importante es Rubio, pero de Florida también son el mencionado Giménez, Mario Díaz-Balart y María Elvira Salazar. Los tres son republicanos por Florida y han respaldado públicamente tanto a la dirigente opositora como a Edmundo González, y han reclamado que Estados Unidos tenga en cuenta el resultado de las elecciones venezolanas de 2024.
«Querida María Corina: hoy, regresas al país por el que has arriesgado todo. He sido testigo de tu valentía y determinación de primera mano, y he tenido el honor de estar a tu lado en esta lucha. Tu regreso marca un momento importante. Las fuerzas democráticas se están organizando, nuevas voces están dando un paso al frente, y el país está entrando en un nuevo capítulo. Ahora, los venezolanos deben decidir qué tipo de país quieren y quién quieren que lo lidere. Que Dios te bendiga, te proteja y guíe a Venezuela hacia la libertad que su pueblo merece», ha escrito Salazar en su cuenta de X.
Otro aliado destacado es Rick Scott, senador republicano del mismo estado. Entre los demócratas, figuras como Jeanne Shaheen, senadora por Nuevo Hampshire, y Dick Durbin, senador por Illinois, han respaldado una transición democrática y participado en iniciativas bipartidistas de apoyo a la opositora. Pero mantienen menos trato con Machado, que ha apostado buena parte de su capital al éxito de esta Administración.
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