Trump y la táctica de la comunicación que fatiga hasta paralizarnos

La fatiga del absurdo. Así Donald Trump nos empuja a un agotamiento colectivo. Lo vemos con sus comparecencias públicas. En una sociedad hiperconectada a la que se le ha excitado la impaciencia desde la viralidad, Trump realiza discursos largos, con hilos argumentales desordenados y dignos del bocachancla que habla más que piensa. Debemos dedicar mucho tiempo para entenderlo.

Ahí, paradójicamente, se sustenta su éxito como orador: dispara tantas ideas inconexas que son imposibles de rebatir. Uno no sabe por dónde empezar, pues inunda dialécticamente el terreno hasta crear un lodo que nos deja atrapados en arenas movedizas. Lo que despierta un cansancio general que se transforma en un temor que paraliza, dentro y fuera de sus fronteras. Incluso se interioriza la sensación de que la diplomacia política que brotó de las crudezas del siglo XX ya no sirve.

Trump aturde pero, a la vez, cuenta con la virtud añadida de que su expresividad es paródica. Sus parlamentos consiguen disfrazar la burla del matón de la clase de alegría de monologuista. Una combinación perversa: las muecas siempre han hecho más entrañables a los villanos. No es nada nuevo, la gestualidad más caricaturizable puede terminar humanizando la falta de humanidad.

En el caso de Trump, es un empresario millonario sin escrúpulos que representa la victoria del individualismo del sueño americano. Muchos quieren sentirse reflejados en su seguridad de «hombretón fuerte» que, además, es hábil regalando los oídos con ideas cortas envueltas en escenografías largas. Su capacidad dialéctica es tan pobre que es identificable, ya que es como un cuñado explicándote una película de acción con malos muy malos y buenos muy buenos. Sus fieles ven el mundo como una ficción épica que calienta las emociones más vehementes, las que anulan el raciocinio. Lo que lleva a algunos hasta a celebrar bombardeos, cual hazaña de videojuego.

Consecuencias de cuando dejamos de ser ciudadanos críticos para ser hinchas. En la civilización de creyentes quedan desactivados aquellos que intentan rebatir con argumentos honestos. Más aún si el debate se produce en el acelerón de unas redes sociales en donde no hay espacio para los matices. Así se ha naturalizado que el golpe en la mesa es la única manera para ser visto. Porque los algoritmos promocionan la demagogia simplona que irrita y esconden las ideas complejas que son la base de la vida. La ignorancia se publicita por simple, la sabiduría se castiga porque duda. La tormenta perfecta para Trump: es incontinente, es incontrolable, es excesivo. Fatiga. Desconcierta. Desmotiva. Nos deja aturdidos sin saber qué hacer. Si podemos hacer algo…

 Una de las técnicas infalibles hasta ahora de la oratoria de Donald Trump.  

La fatiga del absurdo.  Así Donald Trump nos empuja a un agotamiento colectivo. Lo vemos con sus comparecencias públicas. En una sociedad hiperconectada a la que se le ha excitado la impaciencia desde la viralidad, Trump realiza discursos largos, con hilos argumentales desordenados y dignos del bocachancla que habla más que piensa. Debemos dedicar mucho tiempo para entenderlo.

Ahí, paradójicamente, se sustenta su éxito como orador: dispara tantas ideas inconexas que son imposibles de rebatir. Uno no sabe por dónde empezar, pues inunda dialécticamente el terreno hasta crear un lodo que nos deja atrapados en arenas movedizas. Lo que despierta un cansancio general que se transforma en un temor que paraliza, dentro y fuera de sus fronteras.Incluso se interioriza la sensación de que la diplomacia política que brotó de las crudezas del siglo XX ya no sirve.

Trump aturde pero, a la vez, cuenta con la virtud añadida de que su expresividad es paródica. Sus parlamentos consiguen disfrazar la burla del matón de la clase de alegría de monologuista. Una combinación perversa: las muecas siempre han hecho más entrañables a los villanos. No es nada nuevo, la gestualidad más caricaturizable puede terminar humanizando la falta de humanidad. 

En el caso de Trump, es un empresario millonario sin escrúpulos que representa la victoria del individualismo del sueño americano. Muchos quieren sentirse reflejados en su seguridad de «hombretón fuerte» que, además, es hábil regalando los oídos con ideas cortas envueltas en escenografías largas. Su capacidad dialéctica es tan pobre que es identificable, ya que es como un cuñado explicándote una película de acción con malos muy malos y buenos muy buenos. Sus fieles ven el mundo como una ficción épica que calienta las emociones más vehementes, las que anulan el raciocinio.  Lo que lleva a algunos hasta a celebrar bombardeos, cual hazaña de videojuego.

Consecuencias de cuando dejamos de ser ciudadanos críticos para ser hinchas. En la civilización de creyentes quedan desactivados aquellos que intentan rebatir con argumentos honestos. Más aún si el debate se produce en el acelerón de unas redes sociales en donde no hay espacio para los matices. Así se ha naturalizado que el golpe en la mesa es la única manera para ser visto. Porque los algoritmos promocionan la demagogia simplona que irrita y esconden las ideas complejas que son la base de la vida. La ignorancia se publicita por simple, la sabiduría se castiga porque duda. La tormenta perfecta para Trump: es incontinente, es incontrolable, es excesivo. Fatiga. Desconcierta. Desmotiva. Nos deja aturdidos sin saber qué hacer. Si podemos hacer algo…

 20MINUTOS.ES – Televisión

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