La vida traza un camino complejo entre la infancia y la maternidad, entre la hija y la madre, entre el cuerpo y el alma. Lo cotidiano se convierte en una declaración de principios, combustible de la lírica, con toda la complejidad que arrastra. Carmen Ruiz Fleta había estado aquí, en Motel Margot. Siempre tiene una habitación reservada. Hemos hecho café y puesto los móviles en modo avión, imaginándonos, por un instante, que viajamos lo suficientemente lejos como para no reconocernos. Hablamos de su último libro Quedarse a vivir, editado por Prensas Universitarias en su colección de La Gruta de las Palabras.
Tiempo y espacio, ¿este libro, el proceso de escritura, es un puzle disciplinado o una explosión vital? Cuando uno se acerca a “Quedarse a vivir” puede notar un tono capitular, pero, de pronto, un poema lo desordena todo…
No existe una pretensión de unidad, pero sí de coherencia. Este libro responde a un tiempo vital concreto desde el que miro al pasado y al futuro. No se mira a la niñez y la adolescencia igual desde los 47 que desde los 30 años. Es verdad que nos contamos muchas mentiras y que la memoria es muy poco fiable. Yo no he hecho otra cosa que contarme desde que escribo y siempre soy la misma, pero siempre soy otra. Así que, para responder a tu pregunta, te diría que el libro se parece más a un puzle con piezas perdidas que a una disciplina atada a una cronología o un tema. En lo que sí hay intención es en componer una suerte de trilogía con los títulos aparecidos en La Gruta de las Palabras: Vida doméstica, Los secretos de los demás y este Quedarse a vivir, en los que la madurez, la maternidad, la pérdida de mi padre y la fascinación por los caminos no tomados están presentes en buena parte de los poemas.
Asumimos entonces que la lectura del libro puede ser tomada de manera única, pero que también hay una sugerencia de irse hacia atrás, 2017, 2022 y este 2025. Entonces, sin linealidad temporal, sin puros capítulos, puede que existe una concatenación emocional pero sin cronología euclídea ni transcripción lírica de un diario…
No, para nada debe tomarse como una cronología, ni tampoco como una traducción literal de mi vida. Por supuesto que la materia prima básica de mis textos son vivencias y emociones propias (no sé escribir de otro modo). Desde ellas miro el mundo y a mi misma. Y sobre todo intento expresar la estupefacción por el paso del tiempo, que me parece, junto con el amor, el gran misterio de la vida.
Al leer los textos uno se encuentra (y quizá por primera vez), una especie de poeta creando un personaje. En estado de limitada espiritualidad, Carmen Ruiz sale Carmen Ruiz, se contempla y esos instantes sin parte del escenario, los que lo rodean personajes del poema: ¿Practicas el extrañismo? ¿Usas la distancia para alimentar el verso?, ¿te sorprendes por el fuego y las lágrimas del día a día para poder retornar y escribir?
Escribir ya implica “extrañarse”. Transformar una emoción o una angustia en texto poético exige razonarla, darle forma, pensarla como un objeto. Quizá por eso la escritura ayude a sanar, porque tienes que salirte de ti, tomar un poco de distancia, para encontrar la mejor manera de contar lo que sientes.
Carmen Ruiz Fleta, que se mueve entre Venecia, el sexto curso de la EGB, un verano en la playa. Carmen Ruiz Fleta recordándonos que somos más valientes en las fotografías e, incluso, atrevidos en los poemas. ¿Qué te reservas de tu vida? ¿Cuánto guardas?
Me descubro mucho, es verdad. En mi vida “civil” soy generalmente una persona prudente y la a poesía me libera de lastres y convenciones que yo misma me impongo. Así que, sí, escribo desde la piel, me desnudo mucho en los poemas, pero también te digo que procuro dejar siempre un renglón oculto al lector.
Creo que has escrito tu verso (mi verso, nuestro verso) definitivo: Yo solo les pido a mis hijos una cosa: que me sobrevivan. ¿sabes que hay en estas palabras toda la sabiduría de la humanidad?
Volvemos a lo mismo, al misterio del amor y del tiempo. He vivido de cerca el desgarro de perder a un hijo porque lo he visto en mi abuela y en mi propia madre. Desde niña he convivido con muertes prematuras muy cercanas. Cuando tenía tres años mi hermano pequeño, de año y medio, murió. Y cuando tenía 10 falleció mi tío, que aún no había cumplido los 40 años. Desde que soy madre no concibo dolor más grande que ver morir a un hijo. Y, aun así, el tiempo continúa, cicatriza, mueve. El sol sale, sentimos hambre, frío, calor. Mi madre, que es absolutamente prosaica, dice que cuando murió su hijo sintió que se había quedado sin brazos. Es lo que más temo, el fantasma más oscuro que se me aparece muchas veces, especialmente cuando me ha tocado esperar en el pasillo de un hospital (que no han sido pocas).
Antes de escribir muchos poetas tienen un ciclo de lecturas que suelen ser gasolina para el proceso de trabajo, normalmente en esa cohesión final que hace del conjunto de poemas un libro. Incluso, a veces, durante la escritura, vuelve a clásicos (clásicos para ti, entiéndeme) para buscar ritmo. ¿Qué había en esas mochilas?
Pues ya lo siento, pero te tengo que mentar la autora de la cita que abre el libro. Cayó en mis manos la Trilogía de Copenhague de Tove Ditlevsen. Yo no había leído nada de esta escritora danesa y solo tenía como referencia las comparaciones con Lucia Berlin. En esa obra transita por su infancia, juventud y madurez con una crudeza y una honestidad que me dejaron temblando. Esa manera de asomarse a sí misma sin ninguna indulgencia me sacudió. La obra me llevó a sus poemas. Muchos de ellos son como mordiscos, por lo incómodo y poco complaciente. En la mochila también llevo unas cuantas carpetas azules de cartón llenas de poemas mecanografiados en los años setenta. Son los poemas de mi tío, al que te aludía antes, que se suicidó con 38 años y al que rindo homenaje en este libro.
Hay en este libro unos islotes que me han sorprendido, quizá no los más habituales, recuerdo en otros libros el teatro como la quimera perdida, la infancia prudente (en eso hemos estado todos), la sensación de la pubertad… pero ahora, en esas TDK, ya están las canciones de COU y la facultad, ¿Crees que esa memoria poética tiene que ver con tu propio tránsito personal, ver a tus hijos que ya no son niños, las personas que nos hacemos mayores, menos eléctricos?
Probablemente tenga que ver con eso. Ver que tus hijos se convierten en personas autónomas, que desarrollan un carácter propio, que tú has dejado de ser su único referente e influencia hace que vuelvas al pasado de otro modo. Y que, inevitablemente, proyectes en ellos. ¿Cómo era yo a los 7, a los 10 años? ¿Qué temía, qué detestaba, qué era lo que más deseaba?
La constelación familiar, bisabuelas, la madre, la sangre. ¿Tu esfuerzo por conservar su memoria te hace buscar semejanzas vitales con ellas? ¿Es tu poesía una poesía femenina o familiar? Creo que esta pregunta es importante.
No me gusta la etiqueta “poesía femenina”. Yo soy una mujer y desde esta condición siento y escribo. Soy capaz de conmoverme y de “sentirme dicha” por textos escritos por mujeres y también por hombres. Pero tengo la convicción de que las mujeres preservan el latir de cada casa: guardan la memoria, conservan los objetos que les rinden tributo a quienes ya no están, son fuertes para parir y para enterrar y, como digo en un poema, son capaces de condensar todo el amor del mundo en el papel que envuelve el bocadillo. Yo me siento muy orgullosa de ser un eslabón de mi particular saga de mujeres y muy orgullosa de haber forjado otro eslabón en mi hija.
Hablemos del último poema.
El último poema es un homenaje a mi tío Paco, hermano de mi madre, que te he mencionado antes. Ha sido un personaje que atravesó mi infancia. Era una presencia intermitente. Cuando aparecía lo iluminaba todo, era estruendoso, llegaba cargado de palabras y de regalos sorprendentes. Pasaba un tiempo en casa de mis abuelos y luego desaparecía. Íbamos a Correos a recoger cartas suyas o a enviarle algo a no sé qué dirección. Cuando él desaparecía no se hablaba de él. O si se hacía, era entre susurros y silencios repentinos. Él escribía, siempre me han dicho que esta veleidad mía de la poesía solo la podía haber heredado de él. No ha sido hasta hace muy poco que he podido leer sus textos. Con 38 años fue a morirse a un pueblo llamado Cármenes con el que nada le unía. Solo que Carmen era el nombre de su bisabuela, su abuela, su madre, su hermana y su sobrina, que soy yo y que entonces tenía 10 años. Siento que tengo que hacer algo con esta historia, y este homenaje a mi tío poeta (anónimo, porque siento que siempre lo fue para mí) es un pequeñito primer paso.
Tu padre ha sido una presencia en los poemas. La paz que intentabas alcanzar atrapándolo en los versos, cuando la agonía era inevitable. Pero me gustaría volver a la figura de tu madre. Por ejemplo, el magnífico poema que abre el libro, que leíste el día de la fiesta-aniversario de La gruta de las palabras, que creo que puede ayudar a entender una buena parte del libro (aunque, en su perfecta arquitectura sigo encontrando recovecos después de dos y tres lecturas que me descolocan):
En este libro mi madre está más presente que en ningún otro. Quizá por lo que te he ido comentando en esta conversación, porque a esta edad miras de otra manera. Y valoras cosas que antes pasaban desapercibidas o concebías como una ley natural, algo inevitable. Mi madre es esa ley natural que ha hecho que todo funcionara siempre, hasta en los momentos más complicados.
Ese primer poema parte de una de mis clásicas obsesiones, la de atrapar el tiempo, ya sea en una polaroid o en el acto absurdo de guardar estación tras estación, año tras año, prendas que sé que jamás me volveré a poner. No porque no me gusten, ni porque no me encajen, ni porque hayan pasado de moda. Simplemente no me las pondré porque pertenecían a una Carmen que ya no es, pero que, a la vez, no quiero que se marche del todo. En este texto aparecen todos esos “yoes” pasados que me niego a dejar de ser aunque ya esté en un momento vital distinto: la niña, la adolescente, la profesional ambiciosa… Entre ellas tienen mucho en común, entre otras cosas, el temor a perder a su madre.
Has escrito mucho en tu vida. Eres periodista. Tus poemas son sinceros y concretos, sin demasiadas florituras. Has hecho de ese tu sello. Los que te leen lo identifican en la parte formal. ¿Podemos esperar tus lectores que este, hablando del tercer libro en una trilogía, sea un punto y aparte? ¿Te buscarás en otros lugares, en construcciones que, quizá, te exijan cuotas nuevas -y, nunca olvidemos, la poesía siempre viene con hambre atrasada? Al final es difícil saber qué es más rebelde en la poesía, si mantener una voz constante o aventurarse hacia estadios literarios cualitativamente distintos…
Tengo la intuición de que, efectivamente, con Quedarse a vivir acaba algo, un recorrido de tres libros marcados por la maternidad, la muerte de mi padre y una especie aceptación serena de la vida. El cuerpo enmudecer durante un tiempo o adentrarme por otros derroteros (si soy capaz de hacerlo, claro).
Escribir la dosis mínima para ir tirando. Otro verso que me ha impresionado. Es vital o es literario.
En este caso me refiero a escribir la dosis mínima para no dejar de ser yo. La escritura es parte de lo que me configura como persona, pero siempre estoy en deuda con ella, porque le dedico poco tiempo. Es una combinación de necesidad y obligación íntima, ajena, en mi caso, a la rueda de la literatura que mencionas. Nunca me ha obsesionado publicar, aunque no oculto la dosis de vanidad que me produce hacerlo.
Si te pido alguna película que respire el mismo aire que el libro, canciones que deberían sonar el día que los versos salieran a bailar o cuadros y museos que usarían el libro como guía…
Este libro me suena muy a finales de los noventa y comienzos de los 2000. Un poco a Pearl Jam y un poco a Los Especialistas. Suena también a Iva Zannichi (a mi padre le encantaba La orilla blanca. La orilla negra, y ya que los he ubicado imaginariamente en Venecia…). Hay encuentros y almuerzos que podrían incluirse en una película de Cesc Gay y un eco amortiguado del Serrat de los setenta que me devuelve a mis padres jóvenes.
Escuchamos y no juzgamos. Gracias por venir. La luz siempre está encendida. No cierres al salir. Mañana volveremos.
Con la mudanza terminada: Carmen Ruiz Fleta nos presenta Quedarse a vivir (PUZ, 2025)
La vida traza un camino complejo entre la infancia y la maternidad, entre la hija y la madre, entre el cuerpo y el alma. Lo cotidiano se convierte en una declaración de principios, combustible de la lírica, con toda la complejidad que arrastra. Carmen Ruiz Fleta había estado aquí, en Motel Margot. Siempre tiene una habitación reservada. Hemos hecho café y puesto los móviles en modo avión, imaginándonos, por un instante, que viajamos lo suficientemente lejos como para no reconocernos. Hablamos de su último libro Quedarse a vivir, editado por Prensas Universitarias en su colección de La Gruta de las Palabras.
Tiempo y espacio, ¿este libro, el proceso de escritura, es un puzle disciplinado o una explosión vital? Cuando uno se acerca a “Quedarse a vivir” puede notar un tono capitular, pero, de pronto, un poema lo desordena todo…
No existe una pretensión de unidad, pero sí de coherencia. Este libro responde a un tiempo vital concreto desde el que miro al pasado y al futuro. No se mira a la niñez y la adolescencia igual desde los 47 que desde los 30 años. Es verdad que nos contamos muchas mentiras y que la memoria es muy poco fiable. Yo no he hecho otra cosa que contarme desde que escribo y siempre soy la misma, pero siempre soy otra. Así que, para responder a tu pregunta, te diría que el libro se parece más a un puzle con piezas perdidas que a una disciplina atada a una cronología o un tema. En lo que sí hay intención es en componer una suerte de trilogía con los títulos aparecidos en La Gruta de las Palabras: Vida doméstica, Los secretos de los demás y este Quedarse a vivir, en los que la madurez, la maternidad, la pérdida de mi padre y la fascinación por los caminos no tomados están presentes en buena parte de los poemas.
Asumimos entonces que la lectura del libro puede ser tomada de manera única, pero que también hay una sugerencia de irse hacia atrás, 2017, 2022 y este 2025. Entonces, sin linealidad temporal, sin puros capítulos, puede que existe una concatenación emocional pero sin cronología euclídea ni transcripción lírica de un diario…
No, para nada debe tomarse como una cronología, ni tampoco como una traducción literal de mi vida. Por supuesto que la materia prima básica de mis textos son vivencias y emociones propias (no sé escribir de otro modo). Desde ellas miro el mundo y a mi misma. Y sobre todo intento expresar la estupefacción por el paso del tiempo, que me parece, junto con el amor, el gran misterio de la vida.

Al leer los textos uno se encuentra (y quizá por primera vez), una especie de poeta creando un personaje. En estado de limitada espiritualidad, Carmen Ruiz sale Carmen Ruiz, se contempla y esos instantes sin parte del escenario, los que lo rodean personajes del poema: ¿Practicas el extrañismo? ¿Usas la distancia para alimentar el verso?, ¿te sorprendes por el fuego y las lágrimas del día a día para poder retornar y escribir?
Escribir ya implica “extrañarse”. Transformar una emoción o una angustia en texto poético exige razonarla, darle forma, pensarla como un objeto. Quizá por eso la escritura ayude a sanar, porque tienes que salirte de ti, tomar un poco de distancia, para encontrar la mejor manera de contar lo que sientes.
Carmen Ruiz Fleta, que se mueve entre Venecia, el sexto curso de la EGB, un verano en la playa. Carmen Ruiz Fleta recordándonos que somos más valientes en las fotografías e, incluso, atrevidos en los poemas. ¿Qué te reservas de tu vida? ¿Cuánto guardas?
Me descubro mucho, es verdad. En mi vida “civil” soy generalmente una persona prudente y la a poesía me libera de lastres y convenciones que yo misma me impongo. Así que, sí, escribo desde la piel, me desnudo mucho en los poemas, pero también te digo que procuro dejar siempre un renglón oculto al lector.
Creo que has escrito tu verso (mi verso, nuestro verso) definitivo: Yo solo les pido a mis hijos una cosa: que me sobrevivan. ¿sabes que hay en estas palabras toda la sabiduría de la humanidad?
Volvemos a lo mismo, al misterio del amor y del tiempo. He vivido de cerca el desgarro de perder a un hijo porque lo he visto en mi abuela y en mi propia madre. Desde niña he convivido con muertes prematuras muy cercanas. Cuando tenía tres años mi hermano pequeño, de año y medio, murió. Y cuando tenía 10 falleció mi tío, que aún no había cumplido los 40 años. Desde que soy madre no concibo dolor más grande que ver morir a un hijo. Y, aun así, el tiempo continúa, cicatriza, mueve. El sol sale, sentimos hambre, frío, calor. Mi madre, que es absolutamente prosaica, dice que cuando murió su hijo sintió que se había quedado sin brazos. Es lo que más temo, el fantasma más oscuro que se me aparece muchas veces, especialmente cuando me ha tocado esperar en el pasillo de un hospital (que no han sido pocas).

Antes de escribir muchos poetas tienen un ciclo de lecturas que suelen ser gasolina para el proceso de trabajo, normalmente en esa cohesión final que hace del conjunto de poemas un libro. Incluso, a veces, durante la escritura, vuelve a clásicos (clásicos para ti, entiéndeme) para buscar ritmo. ¿Qué había en esas mochilas?
Pues ya lo siento, pero te tengo que mentar la autora de la cita que abre el libro. Cayó en mis manos la Trilogía de Copenhague de Tove Ditlevsen. Yo no había leído nada de esta escritora danesa y solo tenía como referencia las comparaciones con Lucia Berlin. En esa obra transita por su infancia, juventud y madurez con una crudeza y una honestidad que me dejaron temblando. Esa manera de asomarse a sí misma sin ninguna indulgencia me sacudió. La obra me llevó a sus poemas. Muchos de ellos son como mordiscos, por lo incómodo y poco complaciente. En la mochila también llevo unas cuantas carpetas azules de cartón llenas de poemas mecanografiados en los años setenta. Son los poemas de mi tío, al que te aludía antes, que se suicidó con 38 años y al que rindo homenaje en este libro.
Hay en este libro unos islotes que me han sorprendido, quizá no los más habituales, recuerdo en otros libros el teatro como la quimera perdida, la infancia prudente (en eso hemos estado todos), la sensación de la pubertad… pero ahora, en esas TDK, ya están las canciones de COU y la facultad, ¿Crees que esa memoria poética tiene que ver con tu propio tránsito personal, ver a tus hijos que ya no son niños, las personas que nos hacemos mayores, menos eléctricos?
Probablemente tenga que ver con eso. Ver que tus hijos se convierten en personas autónomas, que desarrollan un carácter propio, que tú has dejado de ser su único referente e influencia hace que vuelvas al pasado de otro modo. Y que, inevitablemente, proyectes en ellos. ¿Cómo era yo a los 7, a los 10 años? ¿Qué temía, qué detestaba, qué era lo que más deseaba?
La constelación familiar, bisabuelas, la madre, la sangre. ¿Tu esfuerzo por conservar su memoria te hace buscar semejanzas vitales con ellas? ¿Es tu poesía una poesía femenina o familiar? Creo que esta pregunta es importante.
No me gusta la etiqueta “poesía femenina”. Yo soy una mujer y desde esta condición siento y escribo. Soy capaz de conmoverme y de “sentirme dicha” por textos escritos por mujeres y también por hombres. Pero tengo la convicción de que las mujeres preservan el latir de cada casa: guardan la memoria, conservan los objetos que les rinden tributo a quienes ya no están, son fuertes para parir y para enterrar y, como digo en un poema, son capaces de condensar todo el amor del mundo en el papel que envuelve el bocadillo. Yo me siento muy orgullosa de ser un eslabón de mi particular saga de mujeres y muy orgullosa de haber forjado otro eslabón en mi hija.
Hablemos del último poema.
El último poema es un homenaje a mi tío Paco, hermano de mi madre, que te he mencionado antes. Ha sido un personaje que atravesó mi infancia. Era una presencia intermitente. Cuando aparecía lo iluminaba todo, era estruendoso, llegaba cargado de palabras y de regalos sorprendentes. Pasaba un tiempo en casa de mis abuelos y luego desaparecía. Íbamos a Correos a recoger cartas suyas o a enviarle algo a no sé qué dirección. Cuando él desaparecía no se hablaba de él. O si se hacía, era entre susurros y silencios repentinos. Él escribía, siempre me han dicho que esta veleidad mía de la poesía solo la podía haber heredado de él. No ha sido hasta hace muy poco que he podido leer sus textos. Con 38 años fue a morirse a un pueblo llamado Cármenes con el que nada le unía. Solo que Carmen era el nombre de su bisabuela, su abuela, su madre, su hermana y su sobrina, que soy yo y que entonces tenía 10 años. Siento que tengo que hacer algo con esta historia, y este homenaje a mi tío poeta (anónimo, porque siento que siempre lo fue para mí) es un pequeñito primer paso.
Tu padre ha sido una presencia en los poemas. La paz que intentabas alcanzar atrapándolo en los versos, cuando la agonía era inevitable. Pero me gustaría volver a la figura de tu madre. Por ejemplo, el magnífico poema que abre el libro, que leíste el día de la fiesta-aniversario de La gruta de las palabras, que creo que puede ayudar a entender una buena parte del libro (aunque, en su perfecta arquitectura sigo encontrando recovecos después de dos y tres lecturas que me descolocan):
En este libro mi madre está más presente que en ningún otro. Quizá por lo que te he ido comentando en esta conversación, porque a esta edad miras de otra manera. Y valoras cosas que antes pasaban desapercibidas o concebías como una ley natural, algo inevitable. Mi madre es esa ley natural que ha hecho que todo funcionara siempre, hasta en los momentos más complicados.
Ese primer poema parte de una de mis clásicas obsesiones, la de atrapar el tiempo, ya sea en una polaroid o en el acto absurdo de guardar estación tras estación, año tras año, prendas que sé que jamás me volveré a poner. No porque no me gusten, ni porque no me encajen, ni porque hayan pasado de moda. Simplemente no me las pondré porque pertenecían a una Carmen que ya no es, pero que, a la vez, no quiero que se marche del todo. En este texto aparecen todos esos “yoes” pasados que me niego a dejar de ser aunque ya esté en un momento vital distinto: la niña, la adolescente, la profesional ambiciosa… Entre ellas tienen mucho en común, entre otras cosas, el temor a perder a su madre.
Has escrito mucho en tu vida. Eres periodista. Tus poemas son sinceros y concretos, sin demasiadas florituras. Has hecho de ese tu sello. Los que te leen lo identifican en la parte formal. ¿Podemos esperar tus lectores que este, hablando del tercer libro en una trilogía, sea un punto y aparte? ¿Te buscarás en otros lugares, en construcciones que, quizá, te exijan cuotas nuevas -y, nunca olvidemos, la poesía siempre viene con hambre atrasada? Al final es difícil saber qué es más rebelde en la poesía, si mantener una voz constante o aventurarse hacia estadios literarios cualitativamente distintos…
Tengo la intuición de que, efectivamente, con Quedarse a vivir acaba algo, un recorrido de tres libros marcados por la maternidad, la muerte de mi padre y una especie aceptación serena de la vida. El cuerpo enmudecer durante un tiempo o adentrarme por otros derroteros (si soy capaz de hacerlo, claro).
Escribir la dosis mínima para ir tirando. Otro verso que me ha impresionado. Es vital o es literario.
En este caso me refiero a escribir la dosis mínima para no dejar de ser yo. La escritura es parte de lo que me configura como persona, pero siempre estoy en deuda con ella, porque le dedico poco tiempo. Es una combinación de necesidad y obligación íntima, ajena, en mi caso, a la rueda de la literatura que mencionas. Nunca me ha obsesionado publicar, aunque no oculto la dosis de vanidad que me produce hacerlo.

Si te pido alguna película que respire el mismo aire que el libro, canciones que deberían sonar el día que los versos salieran a bailar o cuadros y museos que usarían el libro como guía…
Este libro me suena muy a finales de los noventa y comienzos de los 2000. Un poco a Pearl Jam y un poco a Los Especialistas. Suena también a Iva Zannichi (a mi padre le encantaba La orilla blanca. La orilla negra, y ya que los he ubicado imaginariamente en Venecia…). Hay encuentros y almuerzos que podrían incluirse en una película de Cesc Gay y un eco amortiguado del Serrat de los setenta que me devuelve a mis padres jóvenes.
Escuchamos y no juzgamos. Gracias por venir. La luz siempre está encendida. No cierres al salir. Mañana volveremos.
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