El orden mundial intenta ponernos a la defensiva. Trump cuelga un vídeo creado por IA tirando a la basura al cómico Stephen Colbert. La cuenta oficial de la Casa Blanca también lo comparte. El programa de Colbert que antes presento David Letterman, el mítico Late Show, cierra para siempre. Con ayuda de las presiones del gobierno norteamericano que sabe que, mientras las redes sociales amplifican las locuras del villano, la comedia inteligente deja en evidencia sus autocracias. Incluso alimenta el espíritu critico, que nos hace más libres ante los que nos atolondran.
Pero Colbert no se ha quedado paralizado por la rabia -como quisieran algunos- y ha cerrado su programa con Paul McCartney cantando en directo en el mismo plató, el Teatro Sullivan de Nueva York, donde los Beatles actuaron por primera vez en Estados Unidos el 9 de febrero de 1964. Fue aquel The Ed Sullivan Show el programa musical que los catapultó a la fama. Allí, por cierto, también actuó Carmen Sevilla o Pepa Flores. Ahora se cierra el círculo y el futuro del emblemático teatro de la cadena CBS se tambalea. Tal vez se convierta en un restaurante de comida rápida. O algo.
Colbert y Paul, juntos, cerrando el legendario plató con Hello, Goodbye de The Beatles. «You say, ‘Goodbye’ and I say, ‘Hello, hello, hello‘». Están los señores atascados en la intensidad del ‘adiós’, ellos prefieren marcharse celebrando todo lo que significa un ‘hola’. Curiosidad. Acogida. Cordialidad. Empatía. La alegría como modo de vida. La sonrisa compartida como forma de resiliencia. Ni siquiera dejar de cantar, hasta cuando nos quieren torcer la esperanza.
Al otro lado del océano Atlántico, en la vieja Europa, horas después, Javier Calvo y Javier Ambrossi han sido reconocidos en Cannes a la mejor dirección con su nueva película La bola negra, que afronta a Federico García Lorca sin tratar con evasivas su identidad sexual. En los colegios donde sonaba todo el rato «maricón el último» parecía que había que salvar a Lorca de aquella quema. La opresión es perpetua si esquivamos la sexualidad como si no fuera decisiva en la existencia de cada persona.
En la tele y en las redes, vemos el discurso de agradecimiento de Los Javis. Pero, también, contemplamos como salen del cine bailando. Lo hacen después de no contener ninguna de sus emociones dentro de la sala. Para algunos puede ser la sobreactuación de los comediantes. Aunque, en realidad, tiene mucho de alcanzar la capacidad de festejar todo lo que somos y todo lo que sentimos en una sociedad que no siempre nos lo permitió. Una sociedad que nos repite constantemente lo que es «lo normal» y lo que no puede ser «lo normal». Lo que es serio y lo que es ridículo. Lo que es aceptable y lo que es un insulto.
Hoy, se puede optar por el victimismo. O se puede elegir la verbena de no dejarnos las emociones dentro. Que es bien distinto. Los Javis lo contagian en la puesta de largo de su película. Lo consiguen, probablemente, desde la seguridad de la experiencia de estos años de gloria y, a la vez, porque mantienen cierta adrenalina de la adolescencia en la que siempre piensas que puedes cambiar el planeta brincando, abrazando, besando, bailando. Ese sentimiento de la curiosidad infinita de la edad del pavo en la que siempre sientes que tienes todo el presente por delante. Hasta cuando la lágrima sobresalta al percatarse de que la vida no es justa. Pero ya no frenas los sentimientos como antes. Porque hay ojos empapados que representan que nos podemos permitir ser. Incluso cuando parece que la sociedad quiere regresar al pasado que nos hacía o invisibles o sórdidos. Un retorno imposible. Porque tenemos claro que vamos a mirar al futuro con más Hello que Goodbye.
Dos
El orden mundial intenta ponernos a la defensiva. Trump cuelga un vídeo creado por IA tirando a la basura al cómico Stephen Colbert. La cuenta oficial de la Casa Blanca también lo comparte. El programa de Colbert que antes presento David Letterman, el mítico Late Show, cierra para siempre. Con ayuda de las presiones del gobierno norteamericano que sabe que, mientras las redes sociales amplifican las locuras del villano, la comedia inteligente deja en evidencia sus autocracias. Incluso alimenta el espíritu critico, que nos hace más libres ante los que nos atolondran.
Pero Colbert no se ha quedado paralizado por la rabia -como quisieran algunos- y ha cerrado su programa con Paul McCartney cantando en directo en el mismo plató, el Teatro Sullivan de Nueva York, donde los Beatles actuaron por primera vez en Estados Unidos el 9 de febrero de 1964. Fue aquel The Ed Sullivan Show el programa musical que los catapultó a la fama. Allí, por cierto, también actuó Carmen Sevilla o Pepa Flores. Ahora se cierra el círculo y el futuro del emblemático teatro de la cadena CBS se tambalea. Tal vez se convierta en un restaurante de comida rápida. O algo.
Colbert y Paul, juntos, cerrando el legendario plató con Hello, Goodbye de The Beatles. «You say, ‘Goodbye’ and I say, ‘Hello, hello, hello‘». Están los señores atascados en la intensidad del ‘adiós’, ellos prefieren marcharse celebrando todo lo que significa un ‘hola’. Curiosidad. Acogida. Cordialidad. Empatía. La alegría como modo de vida. La sonrisa compartida como forma de resiliencia. Ni siquiera dejar de cantar, hasta cuando nos quieren torcer la esperanza.
Al otro lado del océano Atlántico, en la vieja Europa, horas después, Javier Calvo y Javier Ambrossi han sido reconocidos en Cannes a la mejor dirección con su nueva película La bola negra, que afronta a Federico García Lorca sin tratar con evasivas su identidad sexual. En los colegios donde sonaba todo el rato «maricón el último» parecía que había que salvar a Lorca de aquella quema. La opresión es perpetua si esquivamos la sexualidad como si no fuera decisiva en la existencia de cada persona.
En la tele y en las redes, vemos el discurso de agradecimiento de Los Javis. Pero, también, contemplamos como salen del cine bailando. Lo hacen después de no contener ninguna de sus emociones dentro de la sala. Para algunos puede ser la sobreactuación de los comediantes. Aunque, en realidad, tiene mucho de alcanzar la capacidad de festejar todo lo que somos y todo lo que sentimos en una sociedad que no siempre nos lo permitió. Una sociedad que nos repite constantemente lo que es «lo normal» y lo que no puede ser «lo normal». Lo que es serio y lo que es ridículo. Lo que es aceptable y lo que es un insulto.
Hoy, se puede optar por el victimismo. O se puede elegir la verbena de no dejarnos las emociones dentro. Que es bien distinto. Los Javis lo contagian en la puesta de largo de su película. Lo consiguen, probablemente, desde la seguridad de la experiencia de estos años de gloria y, a la vez, porque mantienen cierta adrenalina de la adolescencia en la que siempre piensas que puedes cambiar el planeta brincando, abrazando, besando, bailando. Ese sentimiento de la curiosidad infinita de la edad del pavo en la que siempre sientes que tienes todo el presente por delante. Hasta cuando la lágrima sobresalta al percatarse de que la vida no es justa. Pero ya no frenas los sentimientos como antes. Porque hay ojos empapados que representan que nos podemos permitir ser. Incluso cuando parece que la sociedad quiere regresar al pasado que nos hacía o invisibles o sórdidos. Un retorno imposible. Porque tenemos claro que vamos a mirar al futuro con más Hello que Goodbye.
20MINUTOS.ES – Televisión
