El envejecimiento ha cambiado sus tiempos, las familias que pueden las adelantan y los gobiernos vuelven a mirar hacia ellas para recaudar. Eso sí, hay 10 regímenes distintos Leer El envejecimiento ha cambiado sus tiempos, las familias que pueden las adelantan y los gobiernos vuelven a mirar hacia ellas para recaudar. Eso sí, hay 10 regímenes distintos Leer
La lectura del testamento del duque de Halstead provoca el primer gran terremoto de The Gentlemen. En el arranque de la serie de Guy Ritchie, que acaba de estrenar segunda temporada en Netflix, el aristócrata británico muere y deja título, mansión y prácticamente todo su patrimonio a Eddie, su segundo hijo. Freddy, el primogénito, que daba por hecho que heredaría la fortuna familiar, se queda desencajado. Ducados británicos y todo lo que sucede bajo sus tierras aparte (no habrá spoilers en este texto): ¿pueden un padre o una madre españoles dejar todo a uno de sus hijos y nada al resto? ¿Se puede desheredar a todos?
El mundo de las herencias está cambiando en nuestro país como reflejo de la propia sociedad. Por un lado, vivimos más y, por tanto, heredamos más tarde. En apenas cinco décadas, la edad media a la que se recibe la primera herencia ha pasado aproximadamente de los 30 a los 50 años. Esos 20 años de distancia suponen una gran diferencia entre recibir dinero (si es que lo hay) cuando se busca la entrada para la primera vivienda o hacerlo con la hipoteca ya firmada, los hijos (si los hay) crecidos y buena parte de las grandes decisiones económicas de la vida tomadas.
Y ese retraso tiene un coste. Un estudio de Fedea elaborado por José Ignacio Conde-Ruiz y Francisco García-Rodríguez estima que cada año adicional que tarda en recibirse una herencia está asociado con una reducción de alrededor del 2% de la riqueza a largo plazo. La cosa se entiende mejor con un ejemplo: recibir 100.000 euros a los 30 años y 100.000 a los 50 son en términos contables la misma herencia, pero económicamente son dos motores muy diferentes. A los 30 pueden pagar la entrada de una vivienda, reducir una hipoteca, financiar un negocio o empezar a invertir. A los 50, muchas de esas decisiones ya están tomadas y el dinero ha perdido dos décadas en las que podría haber generado rendimientos.
Es una consecuencia poco explorada del éxito de la longevidad, advierten los expertos de Fedea. «España se ha acostumbrado a mirar el envejecimiento por el lado de las pensiones, la sanidad, la dependencia o la falta de trabajadores. Pero vivir más también está modificando silenciosamente el calendario por el que la riqueza pasa de una generación a la siguiente».
Las familias no se están quedando quietas y cada vez más padres deciden ayudar a sus hijos antes de su hora. Las donaciones marcaron en 2025 un máximo histórico en España: 225.662 operaciones ante notario, un 13,1% más que un año antes. El propio Consejo General del Notariado vincula el fenómeno con el creciente «apoyo intergeneracional» y la planificación del patrimonio en vida.
Este movimiento tectónico de riqueza tiene una lógica sencilla. Los progenitores tienen que salir al rescate de una generación que de otra forma no tiene acceso a la vivienda o que, si accede a ella, no puede permitirse otras derivadas como emprender, ya que esta y el alto coste de la vida absorben todos sus ingresos. La herencia empieza así a adelantarse en vida.
En este fenómeno, claro, también hay escalones sociales. Fedea constata que las transferencias inter vivos se concentran en los hogares de mayor riqueza y nivel educativo. Para una familia con patrimonio suficiente, esperar al fallecimiento no es imprescindible: puede donar parte del dinero si sus hijos lo necesitan. Los hogares con menos recursos no tienen esa opción y sus hijos deben esperar. Surge una nueva forma de desigualdad: no sólo importa cuánto se recibe, también cuándo.
Este fenómeno empieza a preocupar también fuera de España. La OCDE acaba de colocar las herencias en el centro de la discusión sobre cómo financiar sociedades cada vez más envejecidas. El organismo calcula que el envejecimiento reducirá el peso de los ingresos ligados al trabajo y aumentará al mismo tiempo las necesidades de gasto en pensiones, sanidad y dependencia. Ante esa combinación, pide estudiar otras bases tributarias. Y ahí aparece la riqueza.
En un informe publicado este año, la OCDE señala que los impuestos sobre herencias y patrimonio son un área que merece «mayor consideración». En el caso de las sucesiones, propone revisar exenciones y simplificar el diseño de los tributos para mejorar su eficacia y capacidad recaudatoria. Sobre los impuestos recurrentes al patrimonio es bastante más cauta: advierte de su complejidad administrativa y de que en experiencias anteriores han recaudado menos de lo esperado.
La organización ha vuelto a poner el foco sobre el asunto esta misma semana. Su último informe sobre financiación de la protección social advierte de que «las herencias van a aumentar». La revalorización de los activos acumulados por las generaciones de más edad y la caída de la natalidad provocarán que haya más riqueza para repartir y menos herederos por cada legado. La OCDE sostiene que unos impuestos sucesorios bien diseñados podrían ganar peso en la cesta fiscal, recaudar y, al mismo tiempo, reducir desigualdades. Hay un obstáculo nada menor: sólo un tercio de los ciudadanos consultados por la organización considera estos impuestos «justos o muy justos».
La cuestión de la herencia se mueve así entre dos fuerzas. Llega cada vez más tarde y corre el riesgo de reforzar las diferencias patrimoniales, pero al mismo tiempo va a mover cantidades crecientes de riqueza y empieza a contemplarse como una posible fuente adicional para financiar el coste de una población envejecida.
Por si no fuera suficiente, España añade a esa lotería generacional otra peculiaridad: el lugar de residencia. Dos personas con el mismo patrimonio, el mismo número de hijos y exactamente la misma última voluntad pueden tener posibilidades radicalmente distintas para repartir sus bienes. El país convive con diez regímenes sucesorios diferentes y el nuevo Índice Autonómico de Libertad Testamentaria (IALT), elaborado por la Fundación para el Avance de la Libertad, pone nota a esa fragmentación.
La distancia es enorme. En un extremo de este índice aparecen el Valle de Ayala, un pequeño enclave alavés que es la auténtica aldea gala de las herencias en España, con libertad absoluta (100 puntos). Y en el otro extremo, los 37,08 puntos del régimen común al que está sometida la mayor parte de la población española. La brecha no la marca exactamente dónde se reside, sino la vecindad civil, que es la que establece qué Derecho sucesorio se aplica.
Volvamos al ejemplo de la serie: si el duque de The Gentlemen hubiera estado sujeto al Código Civil español, su decisión habría encontrado límites. Cuando se tiene descendientes, dos tercios de su patrimonio están sujetos a las legítimas. Uno de ellos, el tercio de mejora, permite favorecer a uno o varios descendientes y sólo el tercio restante es enteramente de libre disposición para legar a quien se quiera.
Desheredar a un hijo completamente no es tan sencillo en España. No basta con que la relación sea mala o inexistente o con decidir que otro hermano necesita más el dinero. La desheredación exige alguna causa prevista legalmente y generalmente acaba discutiéndose ante los tribunales.
Pero basta viajar a un pequeño rincón de Álava para encontrarse con un mundo diferente. El mencionado Valle de Ayala, en el noroeste de la provincia y colindante con Vizcaya, constituye una pequeña isla jurídica. Su fuero se aplica a quienes tienen vecindad civil ayalesa en Ayala/Aiara, Amurrio y Okondo y en varias poblaciones de Artziniega. Allí sobrevive una institución con raíces medievales que lleva la libertad testamentaria prácticamente hasta sus últimas consecuencias. La ley permite aquí disponer libremente de los bienes y apartar a los legitimarios «con poco o mucho». Una expresión mucho más elocuente que cualquier tratado jurídico.
Un padre con un millón de euros y tres hijos puede dejar el millón a uno solo. Puede dar una cantidad simbólica a dos y casi todo al tercero. O puede apartarlos y elegir otro destino fuera de su casa para su patrimonio. No existe una legítima material equivalente a la que protege a los descendientes en el régimen común.
No es precisamente una innovación del siglo XXI. El Fuero de Ayala fue redactado en 1373, cuando la riqueza se medía mucho más en tierras, casas y ganado que en acciones, depósitos o fondos de inversión. Buena parte del ordenamiento desapareció, pero la libertad de testar sobrevivió. Más de 650 años después, una institución medieval permite a los vecinos de este pequeño territorio hacer con su fortuna algo que millones de españoles no pueden.
A poca distancia aparece el segundo territorio de este particular ranking de libertad testamentaria. Navarra obtiene 96,25 puntos sobre 100 y conserva una de las expresiones más pintorescas del Derecho en España. La legítima foral navarra se representó tradicionalmente mediante «cinco sueldos febles o carlines» por los bienes muebles y «una robada de tierra en los montes comunes» por los inmuebles. ¿Y eso qué significa? El sueldo, en este caso, poco. Los carlines fueron monedas navarras medievales y los llamados febles eran piezas de menor valor que desaparecieron de los bolsillos hace siglos. La expresión, sin embargo, ha sobrevivido en el Derecho Foral. La robada es otro vestigio, equivale a unos 898,45 metros cuadrados.
¿Tiene entonces un navarro derecho a tierras sólo por nacer? No. Hoy aquellos cinco sueldos y esa robada de tierra no valen nada. El Fuero Nuevo establece que la legítima navarra no tiene «contenido patrimonial exigible», lo que convertido a euros es básicamente cero. Un padre navarro puede por tanto reconocer formalmente a sus hijos como legitimarios, pero no está obligado por ello a entregarles una determinada parte de su fortuna. De ahí surge la conocida expresión «testar a la navarra», que tiene cierta lógica histórica: en una sociedad agraria, dividir generación tras generación una casa o una explotación podía terminar haciéndola inviable. El Derecho foral desarrolló mecanismos que han permitido conservar unido el patrimonio familiar y escoger quién debía continuar con el legado.
El régimen común apenas alcanza 37,08 puntos en el IALT, por lo que la foto final de este índice es bastante paradójica: algunas de las mayores libertades para decidir el destino de una fortuna en la España del siglo XXI proceden de instituciones nacidas cuando todavía circulaban carlines y la riqueza se medía en robadas de tierra. Lo que es nuevo es el envejecimiento y su efecto sobre las herencias en clave de brecha social. «El envejecimiento amplifica la desigualdad por una doble vía: retrasa las herencias para todos y concentra la única forma de protegerse frente a ese retraso entre quienes ya parten con ventaja», concluyen los expertos de Fedea José Ignacio Conde-Ruiz y Francisco García-Rodríguez.
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