Se reedita la primera novela del último de los grandes narradores americanos, Ángeles de Denis Johnson. Aparecida en 1985 y reeditada en este 2026, es una historia de violencia, distancias y drogas. También una novela sobre la familia. Sobre todas las familias del mundo. La muerte de Johnson fue en 2017 y hoy, sin llegar a la década, vuelve Ángeles a las librerías españolas. Un camino intoxicado, de sustancias y contenido para adultos, gama baja, narcóticos y familias, razas y banderas, casetes y ejecuciones sumarias. Compré aquel libro, con su tapa roja de Anagrama, Ángeles derrotados de Denis Johnson. La traducción era de Benito Gómez Ibáñez. Había una presentación de Manuel Gutiérrez Aragón. Era 2009. Lo dejé apartado. Casi tres lustros más tarde, volví. Volví a Johnson. Johnson ha muerto. Mi lo dijo Rodrigo Fresán, tienes que ir allí, Octavio. Desordenadamente, la reedición de Fiskadoro (editado en 1985). Impresionado acudí a otra parada, otro lugar. En Santiago, de segunda mano, compré Sueños de trenes, de 2011. Y, más tarde, Rodrigo Fresán me insistía. Y lo hice, leí El favor de la sirena, su último libro. Johnson había muerto ya. Y volví al principio, porque Random House nos ha devuelto la primera novela. Acortando el título. Ángeles de Denis Johnson. La misma traducción. Desplazamiento del rostro distorsionado a la estampa del motel apagado. 1983.
Primero Bonnie&Clay en la calurosa Norteamérica. Luego los disparos narcóticos de la familia. Miranda, niña linda, autobuses y rezos. Elvis y Jesús. Salvajes, toros nocturnos. Sombrero y dudas. Jaime. Casa destrozada. Zumo de naranja. Oakland, Indiana. Sentados en el bus. Bolsa de viaje, cuatro cervezas, Kook, el pitillo. El desconocido lleva cervezas, tatuajes, ¿Qué podría salir mal? Bill Houston. Janine&Bill. «Tu vida eterna, toda en un autobús, vómito y lloros». Cerveza y carga de profundidad. Whisky de centeno. Encendiendo la cerveza. Hershey, transbordo, Cleveland, Pittsburg. Llega un momento que no sabes dónde estás o a dónde vas. En el limbo de los autobuses de largo recorrido. Compartir vicios. No aumentarlos. Cinco días en un autobús, palabras como Pittsburgh o Filadelfia. Filadelfia, Campana de la libertad.
Bares, moquetas, snacks, empezar con la cerveza, seguir con el licor, fuera del bar transcurre el tiempo. No se puede ver. Ginebra blanca. Alimento puro de la intoxicación. Campana, sí, la Campana de Filadelfia. Los últimos billetes. En un bus, en otro bus. ¿Pagarías cincuenta millones por esta mujer? Se la lleva a la vendimia. Hay que vender sangre. Sangre. Alimento. Bill Houston pierde el ritmo. Hay hielo fundido. ¿En qué ciudad está? No le interesa saberlo. Chicago. Una y otra vez, este y oeste, ciudades que suenan a baloncesto: Bulls y Suns. David Allan Coe, Hank Williams Jr. ¿todavía vivía Frank Sinatra cuando escribió Johnson el libro? ¿Y cuándo se hizo la primera traducción en España? ¿Y cuándo se hizo la segunda? Después de leerla, escribiendo sobre el libro. Sinatra es uno de esos iconos que no se puede utilizar antes y después, con él, con su vida, con su muerte. Como Bowie, como Cohen. Siempre está ahí, siempre estará ahí.
Atraco sin arma una tienda sin alma. «La vida de seres desconocidos pasaron por las ventanas como un rayo mientras el tren avanzaba». Madre, autobús, Chicago, muy borracho. Calor que exhala la noche, frío extraño. No se puede pelear contra la noche. Ella, con sus hijos. Encuentra cines, hace frío, fuera del cine, cines agradables, cines para adultos, restaurantes cerrados. Phoenix está lejos de Chicago. ¿Cómo sabes que están en Phoenix? La aparición del Hombre del Traje Rojo. ¿Y si es Chicago? Conozco a mucha gente, a él, a otros, a mi cuñado. En el apartamento de su cuñado, en un reservado de un café, pastillas para acelerar, para pensar con claridad, pastillas para no pasarse de frenada. Pastillas para dejarte al borde, del abismo, del infierno, en una habitación. Fluidos que duelen. Imágenes.
Doctor del Río, ve e identifica y le saca el demonio, se había desvanecido, el aspecto borroso de Chicago. El hombre del traje rojo, que parecía Fred Astaire, Linda Lovelace, Ned Colocon, Garganta profunda: «No conozco a tu novio, todo el mundo tiene un tatuaje». En la cama descansaban sus dos hijas, en la mano tenía diez dólares, en dos billetes. Esa era ella.
Bill Houston encuentra: «La búsqueda de un amigo acaba en tragedia», la prensa. Todos los saltos de la narrativa son nutritivos. Necesito saber de James. Necesito que me metas en algo. Formularios, servicios sociales, la película favorita «Amor sin fin». Mientras la están viendo me recuerda películas como Amor a quemarropa, La pistola de mi hermano o Bonnie&Clyde El callejón donde mataron a John Dillinger. Venganza y coca cola. Amor sin fin, la canción de Martin Hewitt.
Señora Houston, en su territorio, chatarra, coches, tres hijos, 27,5 dólares, planes para el final de los tiempos, rodeada de mexicanos. Ciudad de Phoenix, pasar de los toros a los soles. El urbanismo de la ciudad, mormones, mexicanos, negros aterradores. En los bancos se nota el aura de santidad que rodea a la señora. Es un tarot barato, de judaísmo y mentiras. Calor y aire acondicionado. La eterna lucha, el bien contra el mal. No sabes qué es lo bueno ni lo malo. Tuvo hijos, con distintos padres, maridos. En la echadora de cartas, una judía de Queens, puede aprender mucho. O nada. El primer matrimonio, el primer hijo, nuestro Bill. El segundo, nuestros James y Burries. Harold Carter. Un revólver, una marca de sangre y cárcel que se prolonga en el tiempo. Jeannie Philips, la nuera, el ángel de la droga, que quiere algo del jugo de la pensión, la seguridad social ajusta el pensamiento: veinte dólares. Me quedo dormido. Se quedó la señora Houston dormida con una biblia encima: «Soñó que mataban a un hombre a tiros».
El cambio en el cielo y en la tierra. De hijos a madres, de ángeles a extraños. No hay malos y buenos, solo desesperados. Juntar las armas en el desierto. Los chicos recuperan bienes que no se han pagado. James y Stevie. Las mujeres. Nombrar al hijo. Recortar cupones. Tener miedo. El calor y el frío, no es más que la prolongación del temblor que acude con el intercambio térmico. Se juntan. Casa y camas, para tu hermano y sus cómplices. Es todo confuso, Wyatt, el niño raro, el monstruo disminuido. Grazna.: «Solo iba andando por la calle hacia el sol, pero mentalmente participaba de la eternidad de aquel lugar».
Burries, de whisky y cerveza, piensa en su mujer actual, ella trae lo que le ha donado la madre. Piensa en los pantalones cortos de su exmujer. Camarera en un bar de rockeros. Las raíces que entran y salen. Traficante, volver con ella, la sangre en la cara. Jeannie, la mujer, línea de la vida, madre, hijo, las mismas raíces de antes, que entran y salen. Quiero hablar contigo antes de que te marches, le pide, con la heroína licuada. Lucifer, Urantia, el libro de Urantia, textos que en los ochenta te alejaban de lo mundano. Seleccionaban al azar, aseguraban a la gente normal que eran especiales, millones de personas leyendo. El retorno de los brujos, el libro de Urantia. En mitad de la nada, de Turín, Zaragoza o Phoenix. Libro de Urantia y la heroína. Tus vibraciones me colocan. Ahora mismo, los placeres de un ángel. La ceguera de la heroína.
Tenía la impresión, y no era la primera vez, de que su sitio estaba en el infierno y de aquí siempre sería dichoso, le de la sensación de que tocar a James Houston era como una partícula del universo, cada razón que formaba el desierto y con el que ocultaba los fuegos del centro de la Tierra. La familia, Jaime, Bill, Burris, pastillas y zumo y vodka. Reunión familiar en la que la madre reza y ellos, contentos y felices, usan el vino tinto y las pastillas, Stevie, la madre de Jaime: «Ojalá pudiera Harry estar aquí para bendecir la mesa. Pero le tienen allí con todos los asesinos». Stevie puntualizó: «Con los demás asesinos». Burris no puede entrar. Negocios con Dwight Snow, James y Bill Houston. Banco. Esperando bajo el calor. Más calor, un olor terrible. El olor de la lluvia en el asfalto les dejó sin aliento.
A Bill Houston le molestó que Jaime se estuviera convirtiendo en esa clase de personas de la que se puede hablar sin que intervengan aunque se hallen presentes.
Un programa en la televisión. Un programa al azar. Cuando se trasiega lo que hay. Como la jarra de limonada con la ginebra Gordons. La gente con papel de estaño en la cabeza. En los ochenta, los libro de Urantia. Una cerveza y una cápsula de anfetamina. Hacer funcionar la vida con química. Black Reality: «Una persona necesita pastillas para enfrentarse con el mundo, y vino para acompañar las pastillas y, si hay algo más, ya te lo diré».
Al este, lejanas montañas que se fundían con las nubes. ¿A partir de aquí termina la ciudad? José Cuervo, el limón, la metedrina. Una venda marrón, una gota escarlata, los colores de la vida en el límite. Sobre la pálida luz de una luna amarilla. Y mientras, una frase que nadie sabe de dónde ni de cuándo puede suceder: «Se ha desobedecido la orden del presidente. Solo quedan diez días».
Comienza. Ahora, antes de los tiros, antes de la misión. Ahora podría salir mal cualquier cosa. Esperando. Entro al baño. Dejo sangre en el espejo. Yo sé lo que hago, escuchamos grandes éxitos en la radio: Louie, Louie o Like a rolling stone. La emisora, en la fábrica o en el coche, esperando la misión, terminando el turno. Burris con sus anfetaminas en una cadena de montaje, el polvo de la tolva. No recuerdo ningún disparo.
¿Qué ha sucedido? El autor se encuentra con elipsis, esperando, Bill. Mira, te has despertado donde nadie te esperaba. Jamie. Ella, la mujer con hijos, en un sanatorio, cambiando de pabellones, de mujeres con nombre. Madame Curie, Juana de Arco. En el tiempo que los atrapa. Por fin aparece un ángel: <<Es la hora>>. LO ESCUCHA. Unos ángeles como sus hijos, sin sus hijos. ¿Duele? Llora el ángel. Ni te imaginas lo que está por llegar. Hace calor en la tierra, más que en el infierno. En el hospital, el amanecer vierte un calor como un soplete de soldar. Hace tanto calor que parece que cualquier cosa tiene un color: paz violácea, ¿Cuánta locura puede separar a una mujer de la muerte? Cárcel. Te encuentras, un padrastro que le dice: hueles a cianuro.
¿Qué fue de las niñas? El aeropuerto de Phoenix a las 3.45 de la mañana. La mujer de Burrie-ángel de 20 dólares-, la madre que reza, las niñas de la mujer que peleaba con la locura, el vino y las pastillas. Discutiendo sobre el cambio de hora, qué día es hoy, qué día será mañana. ¿Habrá periódico o no lo habrá? ¿Cómo voy a reconocer a su padre? Preguntó Janie, la mujer de Burrie. La madre/abuela contestó: «Debería ser él quien lo hiciera».
Periódico, las noticias sobre sus hijos son tan graves que aparecen en la primera o en la segunda página: ser la madre de un hijo en prisión. Ser la madre de un hijo que va a morir. Señora Houston. El pabellón de la muerte. La madre lo verbalizó: «Es una sala de espera, ya es hora de que aprenda a esperar». ¿Es que no comprende que piensan matar a su hijo dentro de dos semanas? «El alma de un hombre no muere, por eso solo quiero su olor, el de su cuerpo».
Cuando solo te quedan dos semanas un bocadillo de mierda te sabe a gloria, incluso un bocadillo de mierda sin pan. El aire se saborea. Salta, me encuentro mal, nadie quiere volver mañana. Ella consigue vino y droga. Y sale. Se trata de su tiempo, de su vida, un tiempo de papel, es algo más difícil, la carta. Una carta le dice Burrie. Le dice que sigue siendo su hermano.
La aparición de Richard Clay Wilson. Un asesino de niños. Jesucristo es más nuevo y más viejo. En el fondo, la terrible soledad es un estímulo: «Odiar a aquel mutante psicótico, se sentía alejado de esos lugares donde esas cosas tenían sentido». En el lugar donde todo se invade de blues, de mala poesía, de maníacos vagabundos… pasa el tiempo, hasta llegar a las cinco de la mañana. De un martes.
Ella sale, del manicomio, busca un taxi, fresco, aire acondicionado: «Probablemente todo este desierto se convertirá algún día en una cárcel». Ella no lo verá, quizá su hijo sí. Burris recibe el mensaje. Un mensaje de amor de hermano. Cigarrillos y conversación. Un paquete de cigarrillos. Todo en el aire. Aire encerrado. Aire de recuerdo y muerte.
Han decidido ejecutarlo mañana. ¿Crees que no lo sé? Una especie de cuenta atrás, lógicamente. El final del camino suele ser el comienzo de otro, a menos que hablamos de una muerte. En la vigilia la ciudad parecía atestada de tiendas de campañas, como en un siniestro festival. Un rock antiguo, con viejos en el escenario y niños aburridos yendo de un lado a otro, sin escuchar la música, solo corriendo, excitados por los olores y las luces. Una vigilia entre cristianos perdidos, cristianos devotos y cristianos vengativos. Tres tipos de cristianos para una sola ejecución.
Los ángeles, al final, o escuchan y perdona o se dedican, simplemente, a odiar.
El desierto, la ciudad, el estado, todo un país. Un profundo lugar para el letargo. Arcos voltaicos y el seco presentimiento de la noche del desierto, el amanecer del día de la ejecución. No pensé que fuera así. El indiferente y poderoso aliento del calor que se aproxima. Diurno o nocturno, no es realmente importante. Simplemente es. El fuego con el que se queman las bombas. El fuego con el que se incineran hasta la última partícula de mierda del corazón.
Un rifle y Jesús. Una ceremonia de calor. Qué se siente. Qué se siente. Bob Dylan y Johnny Cash, armados de cuerdas y electricidad. Los niños, con la inquietud y el paso del tiempo, se ponen nerviosos, siempre. Gritan y se mueven de un lado a otro. Pase lo que pase. Sea por la cabalgata de Reyes Magos o por una ejecución. Al final el mundo deja de mirar el reloj. Esperar, conmutar, el café del Seven Eleven, el café del Casablanca, con un poco de agua de fuego.
El rostro de Elvis, la ciudad del polvo y el aburrimiento. Ahí, donde los ángeles no pueden elevarse, tienen demasiada tierra del desierto, no podían despegar. Así son las alas. El beso final. El tiempo de la llama. Se apaga. Un libro, un autor. El infinito.
Se reedita la primera novela del último de los grandes narradores americanos, Ángeles de Denis Johnson (1985, reedición 2026, Random House)
Se reedita la primera novela del último de los grandes narradores americanos, Ángeles de Denis Johnson. Aparecida en 1985 y reeditada en este 2026, es una historia de violencia, distancias y drogas. También una novela sobre la familia. Sobre todas las familias del mundo.La muerte de Johnson fue en 2017 y hoy, sin llegar a la década, vuelve Ángeles a las librerías españolas. Un camino intoxicado, de sustancias y contenido para adultos, gama baja, narcóticos y familias, razas y banderas, casetes y ejecuciones sumarias. Compré aquel libro, con su tapa roja de Anagrama, Ángeles derrotados de Denis Johnson. La traducción era de Benito Gómez Ibáñez. Había una presentación de Manuel Gutiérrez Aragón. Era 2009. Lo dejé apartado. Casi tres lustros más tarde, volví. Volví a Johnson. Johnson ha muerto. Mi lo dijo Rodrigo Fresán, tienes que ir allí, Octavio. Desordenadamente, la reedición de Fiskadoro (editado en 1985). Impresionado acudí a otra parada, otro lugar. En Santiago, de segunda mano, compré Sueños de trenes, de 2011. Y, más tarde, Rodrigo Fresán me insistía. Y lo hice, leí El favor de la sirena, su último libro. Johnson había muerto ya. Y volví al principio, porque Random House nos ha devuelto la primera novela. Acortando el título. Ángeles de Denis Johnson. La misma traducción. Desplazamiento del rostro distorsionado a la estampa del motel apagado. 1983.

Primero Bonnie&Clay en la calurosa Norteamérica. Luego los disparos narcóticos de la familia. Miranda, niña linda, autobuses y rezos. Elvis y Jesús. Salvajes, toros nocturnos. Sombrero y dudas. Jaime. Casa destrozada. Zumo de naranja. Oakland, Indiana. Sentados en el bus. Bolsa de viaje, cuatro cervezas, Kook, el pitillo. El desconocido lleva cervezas, tatuajes, ¿Qué podría salir mal? Bill Houston. Janine&Bill. «Tu vida eterna, toda en un autobús, vómito y lloros». Cerveza y carga de profundidad. Whisky de centeno. Encendiendo la cerveza. Hershey, transbordo, Cleveland, Pittsburg. Llega un momento que no sabes dónde estás o a dónde vas. En el limbo de los autobuses de largo recorrido. Compartir vicios. No aumentarlos. Cinco días en un autobús, palabras como Pittsburgh o Filadelfia. Filadelfia, Campana de la libertad.

Bares, moquetas, snacks, empezar con la cerveza, seguir con el licor, fuera del bar transcurre el tiempo. No se puede ver. Ginebra blanca. Alimento puro de la intoxicación. Campana, sí, la Campana de Filadelfia. Los últimos billetes. En un bus, en otro bus. ¿Pagarías cincuenta millones por esta mujer? Se la lleva a la vendimia. Hay que vender sangre. Sangre. Alimento. Bill Houston pierde el ritmo. Hay hielo fundido. ¿En qué ciudad está? No le interesa saberlo. Chicago. Una y otra vez, este y oeste, ciudades que suenan a baloncesto: Bulls y Suns. David Allan Coe, Hank Williams Jr. ¿todavía vivía Frank Sinatra cuando escribió Johnson el libro? ¿Y cuándo se hizo la primera traducción en España? ¿Y cuándo se hizo la segunda? Después de leerla, escribiendo sobre el libro. Sinatra es uno de esos iconos que no se puede utilizar antes y después, con él, con su vida, con su muerte. Como Bowie, como Cohen. Siempre está ahí, siempre estará ahí.
Atraco sin arma una tienda sin alma. «La vida de seres desconocidos pasaron por las ventanas como un rayo mientras el tren avanzaba». Madre, autobús, Chicago, muy borracho. Calor que exhala la noche, frío extraño. No se puede pelear contra la noche. Ella, con sus hijos. Encuentra cines, hace frío, fuera del cine, cines agradables, cines para adultos, restaurantes cerrados. Phoenix está lejos de Chicago. ¿Cómo sabes que están en Phoenix? La aparición del Hombre del Traje Rojo. ¿Y si es Chicago? Conozco a mucha gente, a él, a otros, a mi cuñado. En el apartamento de su cuñado, en un reservado de un café, pastillas para acelerar, para pensar con claridad, pastillas para no pasarse de frenada. Pastillas para dejarte al borde, del abismo, del infierno, en una habitación. Fluidos que duelen. Imágenes.

Doctor del Río, ve e identifica y le saca el demonio, se había desvanecido, el aspecto borroso de Chicago. El hombre del traje rojo, que parecía Fred Astaire, Linda Lovelace, Ned Colocon, Garganta profunda: «No conozco a tu novio, todo el mundo tiene un tatuaje». En la cama descansaban sus dos hijas, en la mano tenía diez dólares, en dos billetes. Esa era ella.
Bill Houston encuentra: «La búsqueda de un amigo acaba en tragedia», la prensa. Todos los saltos de la narrativa son nutritivos. Necesito saber de James. Necesito que me metas en algo. Formularios, servicios sociales, la película favorita «Amor sin fin». Mientras la están viendo me recuerda películas como Amor a quemarropa, La pistola de mi hermano o Bonnie&Clyde El callejón donde mataron a John Dillinger. Venganza y coca cola. Amor sin fin, la canción de Martin Hewitt.
Señora Houston, en su territorio, chatarra, coches, tres hijos, 27,5 dólares, planes para el final de los tiempos, rodeada de mexicanos. Ciudad de Phoenix, pasar de los toros a los soles. El urbanismo de la ciudad, mormones, mexicanos, negros aterradores. En los bancos se nota el aura de santidad que rodea a la señora. Es un tarot barato, de judaísmo y mentiras. Calor y aire acondicionado. La eterna lucha, el bien contra el mal. No sabes qué es lo bueno ni lo malo. Tuvo hijos, con distintos padres, maridos. En la echadora de cartas, una judía de Queens, puede aprender mucho. O nada. El primer matrimonio, el primer hijo, nuestro Bill. El segundo, nuestros James y Burries. Harold Carter. Un revólver, una marca de sangre y cárcel que se prolonga en el tiempo. Jeannie Philips, la nuera, el ángel de la droga, que quiere algo del jugo de la pensión, la seguridad social ajusta el pensamiento: veinte dólares. Me quedo dormido. Se quedó la señora Houston dormida con una biblia encima: «Soñó que mataban a un hombre a tiros».

El cambio en el cielo y en la tierra. De hijos a madres, de ángeles a extraños. No hay malos y buenos, solo desesperados. Juntar las armas en el desierto. Los chicos recuperan bienes que no se han pagado. James y Stevie. Las mujeres. Nombrar al hijo. Recortar cupones. Tener miedo. El calor y el frío, no es más que la prolongación del temblor que acude con el intercambio térmico. Se juntan. Casa y camas, para tu hermano y sus cómplices. Es todo confuso, Wyatt, el niño raro, el monstruo disminuido. Grazna.: «Solo iba andando por la calle hacia el sol, pero mentalmente participaba de la eternidad de aquel lugar».

Burries, de whisky y cerveza, piensa en su mujer actual, ella trae lo que le ha donado la madre. Piensa en los pantalones cortos de su exmujer. Camarera en un bar de rockeros. Las raíces que entran y salen. Traficante, volver con ella, la sangre en la cara. Jeannie, la mujer, línea de la vida, madre, hijo, las mismas raíces de antes, que entran y salen. Quiero hablar contigo antes de que te marches, le pide, con la heroína licuada. Lucifer, Urantia, el libro de Urantia, textos que en los ochenta te alejaban de lo mundano. Seleccionaban al azar, aseguraban a la gente normal que eran especiales, millones de personas leyendo. El retorno de los brujos, el libro de Urantia. En mitad de la nada, de Turín, Zaragoza o Phoenix. Libro de Urantia y la heroína. Tus vibraciones me colocan. Ahora mismo, los placeres de un ángel. La ceguera de la heroína.

Tenía la impresión, y no era la primera vez, de que su sitio estaba en el infierno y de aquí siempre sería dichoso, le de la sensación de que tocar a James Houston era como una partícula del universo, cada razón que formaba el desierto y con el que ocultaba los fuegos del centro de la Tierra. La familia, Jaime, Bill, Burris, pastillas y zumo y vodka. Reunión familiar en la que la madre reza y ellos, contentos y felices, usan el vino tinto y las pastillas, Stevie, la madre de Jaime: «Ojalá pudiera Harry estar aquí para bendecir la mesa. Pero le tienen allí con todos los asesinos». Stevie puntualizó: «Con los demás asesinos». Burris no puede entrar. Negocios con Dwight Snow, James y Bill Houston. Banco. Esperando bajo el calor. Más calor, un olor terrible. El olor de la lluvia en el asfalto les dejó sin aliento.
A Bill Houston le molestó que Jaime se estuviera convirtiendo en esa clase de personas de la que se puede hablar sin que intervengan aunque se hallen presentes.
Un programa en la televisión. Un programa al azar. Cuando se trasiega lo que hay. Como la jarra de limonada con la ginebra Gordons. La gente con papel de estaño en la cabeza. En los ochenta, los libro de Urantia. Una cerveza y una cápsula de anfetamina. Hacer funcionar la vida con química. Black Reality: «Una persona necesita pastillas para enfrentarse con el mundo, y vino para acompañar las pastillas y, si hay algo más, ya te lo diré».
Al este, lejanas montañas que se fundían con las nubes. ¿A partir de aquí termina la ciudad? José Cuervo, el limón, la metedrina. Una venda marrón, una gota escarlata, los colores de la vida en el límite. Sobre la pálida luz de una luna amarilla. Y mientras, una frase que nadie sabe de dónde ni de cuándo puede suceder: «Se ha desobedecido la orden del presidente. Solo quedan diez días».
Comienza. Ahora, antes de los tiros, antes de la misión. Ahora podría salir mal cualquier cosa. Esperando. Entro al baño. Dejo sangre en el espejo. Yo sé lo que hago, escuchamos grandes éxitos en la radio: Louie, Louie o Like a rolling stone. La emisora, en la fábrica o en el coche, esperando la misión, terminando el turno. Burris con sus anfetaminas en una cadena de montaje, el polvo de la tolva. No recuerdo ningún disparo.
¿Qué ha sucedido? El autor se encuentra con elipsis, esperando, Bill. Mira, te has despertado donde nadie te esperaba. Jamie. Ella, la mujer con hijos, en un sanatorio, cambiando de pabellones, de mujeres con nombre. Madame Curie, Juana de Arco. En el tiempo que los atrapa. Por fin aparece un ángel: Es la hora>>. LO ESCUCHA. Unos ángeles como sus hijos, sin sus hijos. ¿Duele? Llora el ángel. Ni te imaginas lo que está por llegar. Hace calor en la tierra, más que en el infierno. En el hospital, el amanecer vierte un calor como un soplete de soldar. Hace tanto calor que parece que cualquier cosa tiene un color: paz violácea, ¿Cuánta locura puede separar a una mujer de la muerte? Cárcel. Te encuentras, un padrastro que le dice: hueles a cianuro.

¿Qué fue de las niñas? El aeropuerto de Phoenix a las 3.45 de la mañana. La mujer de Burrie-ángel de 20 dólares-, la madre que reza, las niñas de la mujer que peleaba con la locura, el vino y las pastillas. Discutiendo sobre el cambio de hora, qué día es hoy, qué día será mañana. ¿Habrá periódico o no lo habrá? ¿Cómo voy a reconocer a su padre? Preguntó Janie, la mujer de Burrie. La madre/abuela contestó: «Debería ser él quien lo hiciera».

Periódico, las noticias sobre sus hijos son tan graves que aparecen en la primera o en la segunda página: ser la madre de un hijo en prisión. Ser la madre de un hijo que va a morir. Señora Houston. El pabellón de la muerte. La madre lo verbalizó: «Es una sala de espera, ya es hora de que aprenda a esperar». ¿Es que no comprende que piensan matar a su hijo dentro de dos semanas? «El alma de un hombre no muere, por eso solo quiero su olor, el de su cuerpo».

Cuando solo te quedan dos semanas un bocadillo de mierda te sabe a gloria, incluso un bocadillo de mierda sin pan. El aire se saborea. Salta, me encuentro mal, nadie quiere volver mañana. Ella consigue vino y droga. Y sale. Se trata de su tiempo, de su vida, un tiempo de papel, es algo más difícil, la carta. Una carta le dice Burrie. Le dice que sigue siendo su hermano.
La aparición de Richard Clay Wilson. Un asesino de niños. Jesucristo es más nuevo y más viejo. En el fondo, la terrible soledad es un estímulo: «Odiar a aquel mutante psicótico, se sentía alejado de esos lugares donde esas cosas tenían sentido». En el lugar donde todo se invade de blues, de mala poesía, de maníacos vagabundos… pasa el tiempo, hasta llegar a las cinco de la mañana. De un martes.

Ella sale, del manicomio, busca un taxi, fresco, aire acondicionado: «Probablemente todo este desierto se convertirá algún día en una cárcel». Ella no lo verá, quizá su hijo sí. Burris recibe el mensaje. Un mensaje de amor de hermano. Cigarrillos y conversación. Un paquete de cigarrillos. Todo en el aire. Aire encerrado. Aire de recuerdo y muerte.

Han decidido ejecutarlo mañana. ¿Crees que no lo sé? Una especie de cuenta atrás, lógicamente. El final del camino suele ser el comienzo de otro, a menos que hablamos de una muerte. En la vigilia la ciudad parecía atestada de tiendas de campañas, como en un siniestro festival. Un rock antiguo, con viejos en el escenario y niños aburridos yendo de un lado a otro, sin escuchar la música, solo corriendo, excitados por los olores y las luces. Una vigilia entre cristianos perdidos, cristianos devotos y cristianos vengativos. Tres tipos de cristianos para una sola ejecución.
Los ángeles, al final, o escuchan y perdona o se dedican, simplemente, a odiar.

El desierto, la ciudad, el estado, todo un país. Un profundo lugar para el letargo. Arcos voltaicos y el seco presentimiento de la noche del desierto, el amanecer del día de la ejecución. No pensé que fuera así. El indiferente y poderoso aliento del calor que se aproxima. Diurno o nocturno, no es realmente importante. Simplemente es. El fuego con el que se queman las bombas. El fuego con el que se incineran hasta la última partícula de mierda del corazón.

Un rifle y Jesús. Una ceremonia de calor. Qué se siente. Qué se siente. Bob Dylan y Johnny Cash, armados de cuerdas y electricidad. Los niños, con la inquietud y el paso del tiempo, se ponen nerviosos, siempre. Gritan y se mueven de un lado a otro. Pase lo que pase. Sea por la cabalgata de Reyes Magos o por una ejecución. Al final el mundo deja de mirar el reloj. Esperar, conmutar, el café del Seven Eleven, el café del Casablanca, con un poco de agua de fuego.

El rostro de Elvis, la ciudad del polvo y el aburrimiento. Ahí, donde los ángeles no pueden elevarse, tienen demasiada tierra del desierto, no podían despegar. Así son las alas. El beso final. El tiempo de la llama. Se apaga. Un libro, un autor. El infinito.
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