“¿Quién es más probable que…?”: la pesada carga de asumir un rol concreto en el grupo de amigos

Es un juego tan revelador como peligroso. A principios del siglo XX, los anuarios escolares en Estados Unidos empezaron a incluir un apartado, popularizado como Most Likely To (el más probable) o Superlatives (superlativos), en el que compartían las expectativas de los estudiantes de último curso en relación a sus compañeros —una moda que los centros educativos han trasladado a Instagram y TikTok—. “¿Quién es más probable que tenga éxito?” o “¿Quién es más probable que sea famoso?” eran —y son— algunas de las cuestiones que tenían que plantearse los egresados para regocijo de unos y desilusión de otros. Esta dinámica de votación se ha extendido ahora como un juego recurrente en fiestas y encuentros de amigos, con juegos y aplicaciones específicas creadas para comprobar qué opinan unos de otros. Pero lo que opinan los demás no siempre coincide con lo que opina uno mismo, y es ahí cuando, a veces, surge una molesta disonancia entre las expectativas grupales y la realidad.

Seguir leyendo

 Hay papeles que suelen repetirse en las pandillas: está el planificador, el gracioso, el ingenuo… Pero esa etiqueta impuesta no siempre coincide con la autopercepción de uno mismo y, si no evoluciona a la vez que la persona, puede provocar malestar o incluso la pérdida de conexión con ese círculo  

Es un juego tan revelador como peligroso. A principios del siglo XX, los anuarios escolares en Estados Unidos empezaron a incluir un apartado, popularizado como Most Likely To (el más probable)o Superlatives (superlativos), en el que compartían las expectativas de los estudiantes de último curso en relación a sus compañeros —una moda que los centros educativos han trasladado a Instagram y TikTok—. “¿Quién es más probable que tenga éxito?” o “¿Quién es más probable que sea famoso?” eran —y son— algunas de las cuestiones que tenían que plantearse los egresados para regocijo de unos y desilusión de otros. Esta dinámica de votación se ha extendido ahora como un juego recurrente en fiestas y encuentros de amigos, con juegos y aplicaciones específicas creadas para comprobar qué opinan unos de otros. Pero lo que opinan los demás no siempre coincide con lo que opina uno mismo, y es ahí cuando, a veces, surge una molesta disonancia entre las expectativas grupales y la realidad.

Hay roles concretos que se repiten una y otra vez en los grupos de amigos. Está el planificador, el fiestero, el cotilla, el cuidador, el tacaño, el gracioso, el intelectual, el ingenuo, el ligón… Se ve constantemente en las pandillas que se representan en la ficción, desde la de Friends hasta la de Barrio Sésamo. En los años cincuenta, el psicoanalista argentino Enrique Pichon-Riviére definió el “rol” como “el papel que desempeñan los integrantes de un grupo dentro del mismo, pero que depende del interjuego dinámico del grupo y no de las características de cada individuo”. El grupo, para él, es un conjunto restringido de personas que “se proponen de forma implícita y explícita una tarea que conforma su finalidad”, interactuando a través de complejos mecanismos de asunción y adjudicación de roles.

El problema muchas veces radica cuando esos roles se adjudican desde la adolescencia, cuando la personalidad individual no está bien definida y la influencia de la comunidad es mucho mayor. “Si el rol se mantiene a lo largo de nuestra vida, no tiene en cuenta que las personas cambiamos porque aprendemos cosas y nos relacionamos con otras personas. Si no se renegocia y se va flexibilizando a lo largo del tiempo, puede ser, por una parte, algo que simplifique y que empobrezca las relaciones y, en casos más dramáticos, algo que frustre a la persona a la que se le ha asignado ese rol, creándole una sensación de malestar o incluso provocando la pérdida de conexión con esa comunidad”, advierte la médico psiquiatra y psicoterapeuta Ana Isabel Sanz, directora clínica del Instituto Psiquiátrico IPSIAS.

Àurea Martínez, la voz detrás de la columna digital EnMis20’s y autora del libro Fake it till you make it (GROU, 2026), reflexionaba el pasado junio en Substack sobre su crisis de identidad después de intentar quitarse deliberadamente la etiqueta de “la graciosa del grupo”, con la que ya no se sentía identificada. “Durante un tiempo sentí culpa. Me sentía más apagada, menos interesante. Como si, al quitarme ese rol, perdiera parte de lo que hacía que la gente quisiera estar cerca. Pero lo cierto es que no estaba perdiendo nada. Solo estaba dejando de fingir”, escribió tras reconocer que el humor era a la vez su “salvavidas” y su “disfraz”. “No es fácil dejar de ser la graciosa del grupo cuando ese papel ha sido tu forma de pertenecer. De conectar. De protegerte. Pero hay algo muy valiente en reconocer que ya no puedes, o mejor dicho, no quieres, seguir actuando. Porque estás aprendiendo a escuchar tus pausas. A no tener que destacar constantemente para sentirte válida. A ser más que el chiste perfecto en el momento perfecto”, se sinceró con sus lectores.

La aplicación de encuestas entre amigos askUs supera actualmente las 1,5 millones de descargas. Este juego virtual propone una pregunta diaria a comunidades cerradas para que cada miembro vote quién es más probable que realice ciertas acciones. Una vez emitido el voto, se revelan las respuestas de los demás, algo avocado a dinamitar amistades. Entre las cuestiones que plantea hay conceptos a priori positivos, como: “¿Quién sabría cómo sobrevivir y liderar al grupo en un apocalipsis zombi?”. Y otros más polémicos, al estilo: “¿Quién es más probable que gaste todo su sueldo en caprichos tontos?”. Para Sanz, los dos tipos de preguntas corren el riesgo de resultar perjudiciales. “Si destacan un rasgo positivo, pueden frustrar o sobrecargar de responsabilidad a la persona. Y si es negativo, es una agresión constante a la autoimagen que uno tiene de sí mismo. Además, esas etiquetas suelen partir de percepciones muy parciales que, si no se profundiza en ellas, muchas veces no responden a la realidad de la persona”, explica.

Un vistazo a los principales foros de internet demuestra que, en vez de plantear su inconformidad a sus supuestos amigos, muchos usuarios deciden desahogarse en espacios anónimos. “En toda mi vida, siempre he sido la ‘mamá’ de mis grupos de amigas. Ya tengo 34 y, la verdad, me está empezando a cansar (…) He llegado a casa después de pasar un fin de semana con mis amigas y me he dado cuenta de que las trato como si fueran niñas: pensando dónde vamos a comer, a qué hora salir y tomando en cuenta las sensibilidades de cada una. Volver con mi novio me quita de encima ese tipo de responsabilidad”, confesaba en febrero una usuaria de Reddit. “¿Cómo dejar de ser el líder de un grupo de amigos? Todos me respetan, me consultan antes de organizar actividades y me piden consejo, pero me siento más como su padre que como su amigo y preferiría un trato de igual a igual”, apunta otro usuario de Quora en busca de consejo.

Grupo nuevo VS grupo de siempre

Una de las consecuencias de establecer estos roles durante la juventud es que los miembros del grupo van ampliando sus círculos a medida que crecen y conocen a nuevas personas —y potenciales amistades—. La universidad, el trabajo o el entorno de la pareja propician la entrada espontánea en nuevas cuadrillas donde poder desplegar la personalidad —ya más definida— desde cero, sin cargar con el peso de presunciones alimentadas por experiencias pasadas. “Ser capaz de interaccionar con distintos grupos es una fuente a veces de alivio y a veces de enriquecimiento”, sostiene Sanz.

Sentirse cómodo en un entorno nuevo o, incluso, priorizarlo frente a otros en los que el vínculo inicial se ha desgastado con el tiempo, no tiene nada de malo. Pero sí lo tiene utilizar ese grupo como alternativa para eludir la incomodidad en vez de encararla. “Es un problema cuando la huida se convierte en un mecanismo de defensa ante situaciones en las que nos sentimos a disgusto. Si nos sentimos encasillados, juzgados o criticados, y automatizamos la respuesta de ‘me voy de aquí a relacionarme con otras personas’, no aprendemos a resolver conflictos interpersonales”, analiza la psicoterapeuta.

¿Cuál es, entonces, la manera de resolver estos conflictos? La experta recomienda comenzar por uno mismo. “Lo primero es darte cuenta de que te sientes encasillado y de que ese encasillamiento no concuerda con la visión que tienes de ti mismo, que te hace sentir mal, incompleto o incomprendido”, propone. El segundo paso suele resultar más complicado, sobre todo cuanto más grande y duradera es la pandilla. “Una buena comunicación, en la que planteas lo que sientes y pides que te expliquen qué está motivando eso, es una fuente de refuerzo de un grupo más maduro y menos superficial”, asegura. Pero advierte: “Si los grupos son pequeños, dan más juego para tratar estos temas y permiten entrar en situaciones de mayor profundización de las relaciones. Si son intermedios, lo permiten a veces, y si son muy grandes, realmente… salir de ese encasillamiento y plantear cuestiones más profundas es mucho más complicado”. En cuanto al factor tiempo, reconoce que cuanto más longevo es el grupo, más cuesta plantear que uno ya no es la misma persona y resituarse.

Permanecer en un grupo de amigos no es obligatorio. Personas que han sido muy importantes en una etapa de la vida pueden dejar de serlo en otra y, a veces, soltar lazos es la decisión más sana que se puede tomar. Aun así, Sanz recuerda que, antes de rendirse, merece la pena intentar negociar: “Negociar cómo te admite el grupo y hasta qué punto tú admites esa etiqueta o no”. Sostener los mismos amigos en el tiempo a veces cuesta, a veces duele y a veces sobra. Pero si la maduración personal de cada uno se traslada también al desarrollo grupal, la experta asegura que la recompensa puede ser inmensa, individual y colectivamente: “El grupo nos puede hacer muy fuertes si somos capaces de ponernos en nuestro sitio. Es una herramienta de autopercepción muy interesante, un estímulo para conocernos mejor”.

 Gente en EL PAÍS

Te Puede Interesar