Seguimos avanzando en la historia de El guitarrista de Montreal de Miguel Barrero, editado por Galaxia Gutenberg, una narración fragmentada en el tiempo, de Montreal a España, la pasión de Granada. Oviedo y Gijón. Un instante para el Ángel Simón. La historia del colchón, agacharse por si acaso, la desindustrialización de Gijón, los sindicalistas traidores. Nacho Vegas escuchando en casete el primer disco de Leonard Cohen. Las canciones de Leonard Cohen. Tanta historia detrás que han llegado a rodar entera una serie. Recuerdo cuando me compré le EP de El hombre que casi conoció a Michi Panero, con esa portada que recordaba a El hombre del brazo de oro. Y la versión de la canción de Cohen. También el perro apaleado, otra carta de amor a Fernando Alfaro (que ya viene del Aleluya). Nacho Vegas apuntaló el frentismo aquellos días en Oviedo. Los que estaban allí eran herederos de los que ordenaron, los que mataron a Lorca. No sé si Cohen se enteró, no se enteró, le dio igual. Aquello gustó mucho entre algunos círculos concretos. A mí no me gustó. Pero sigo comprándole el pescado a Nacho, sobre todo el de la época de Limbostarr, antes de que empezara a oler un poco lo que vendía. Eso sí, es como hablar de ETA y de Euskal Herria Bildu, la misma mecánica transitiva, lógica. Vamos a volver al maestro, dejemos el Príncipe de Asturias.
La técnica de la guitarra de Cohen. Seis acordes. Cuantitativo. Con eso construye toda su música. Tres clases. Luego él solo. El autodidacta siempre encuentra los acordes más extraños, los distintos, los que hacen que las canciones no suenen todas iguales. Y la voz monótona de Cohen, que canta su sus versos sin ser muy exigente con las melodías. Seis acordes, no más. La base de todas sus canciones. Esa manera de usar el arpegio. Más cerca de la guitarra clásica, de la española, que de la rítmica/misa de la canción pop tradicional.
Cohen construye su leyenda alejándose de Montreal. Nueva York de los cantautores, el Mediterráneo, Hydra, atravesar los sesenta, Inglaterra, la isla de Wight. Llegarán Los Ángeles y Berlín, llegará todo, pero antes volverá a Montreal, pasará por España. Irá al Sinaí. Para cantar a los chicos del ejército hebreo durante el ataque en la guerra del Yom Kippur. Conciertos en Roma, Tel Aviv. Llegará a España, luego hablaremos, en el final de la dictadura, en la dictablanda. Lorca y los acordes del flamenco.
Tomo nota: «Es curioso que nadie intentara indagar en la identidad del guitarrista misterioso mientras Cohen aún vivía y podía proporcionarle alguna pista». Será este libro, las calles de Montreal, las monjas de la caridad con sus manos cálidas. Todas las religiones en Montreal, la paz que convive tácitamente con el aburrimiento. Dejar el fentanilo para Vancouver. «He venido en busca de la casa que compró aquí Leonard Cohen en la década de los setenta, buscando cierta calma, ya con la fama, un lugar seguro». Conocemos las casas de Cohen. Queremos saber todo de Cohen. La isla de Hydra, la casa en las colinas de Los Ángeles desde donde se veía en los incendios durante las revueltas de 1992. He visto el futuro y es un crimen.
Buscar en todos los rincones posibles el recuerdo, las referencias, todo Cohen. Las canciones y el urbanismo. Y resulta que hay zonas que, claro, ni existían cuando Cohen compró la casa. Las primeras canciones. Vuelvo a aquel libro de Lumen en el que se recuperaban alguna de las primeras historias, una novelita inédita. También cuando tuve Los hermosos vencidos y El fuego favorito, en la edición de Espiral, esos libros esbeltos, en la colección donde también aparecieron sus letras hasta The Future. El parón. Cuando pensamos que se había jubilado. Cohen siempre mayor, siempre maduro. Nos da miedo pensar en Cohen inseguro y joven. Porque todos acudimos a Cohen buscando la paz, las respuestas, el oráculo veterano, humanista, buscador del placer, el cigarrillo, el coñac, algo de speed, las mujeres, el budismo, Jesús, David, Golda, los altos del Golán y los altos de Los Ángeles. Siempre desde arriba, la posición de la victoria.
Saltamos a la primera visita de Leonard Cohen a España, la época de la dictablanda, 1974. En Madrid, Barcelona. Canciones y poemas de «La energía de los esclavos«, uno de los libros que me ha acompañado por tantos sitios que recuerdo que me sentía en su interior, viviendo siempre, de Lisboa a Buenos Aires pasando por Zaragoza. Y repetir The Partizan. La canción con el hipnótico fraseo en francés. La versión de Javier Corcobado. La canción The Gypsy wife, no es la mejor de Cohen, pero Los Cármenes hicieron una versión maravillosa para el Tributo a Cohen, «Disparen a Cohen». Y la conversación con Constantino Romero que apareció en uno de los primeros números de la revista Vibraciones. Me hice con un ejemplar de segunda mano en mi afán coleccionista y, unas semanas después apareció un libro sobre el periodismo musical de Bruno Galindo que incluía entre la selección de texto, esta misma entrevista. Busco la foto, por fetichismo y pasión.
Y volver a Granada. Volver a Cohen visitando la casa de Lorca. La muerte, la falange, el piano, Lorca muerte de un poeta, no olvido aquella serie, es imposible. La tos de Luis Rosales, Luis y Leopoldo Panero, padre. Los dos, encendidos de olvido, cigarrillos y alcohol. ¿Quién mató a Lorca? ¿Quién pudo impedir la muerte de Lorca? ¿Y la del guitarrista de Montreal? ¿Hubo causa, uno posibilidad de impedirlo? Buena pregunta. Manuel Bonilla. Las muertes, los asesinatos, los paseíllos. ¿Los paseíllos son cualitativamente distintos en función de quién los hace, de quién recibe los disparos? Está claro que sí, no es lo mismo la muerte de Lorca que la del abuelo de mi madre, o su tío... son disparos distintos, son muertes diferentes. Se puede decir. No estamos mintiendo.
Así, el mismo autor escribe en la página 162: «¿Cuál es el conflicto de este libro? Me pregunto ahora que tantas páginas llevo escritas, ¿Qué pregunta está intentando formular a medida que transcurren los meses y las páginas? ¿Hacia dónde me lleve esa llama diminuta que prendió en un mediodía de primavera, sentado a la mesa de un restaurante de Montreal?» Y comienza con un jardín de senderos que se bifurcan, cómo llegar al final, al comienzo, cerrar y abrir: una tienda de empeños en Craig Street, la guitarra, la librería, el libro distribuido, el dueño colocándolo en la sección de poesía, unas monedas en el bolsillo, quizá algunos dólares canadienses, la gran guerra de España, ¿cómo llegó aquel guitarrista? ¿Buscaba el camino de los gitanos franceses? ¿Pudo ser Leonard Cohen una persona distinta a la que hoy recordamos?
La belleza de la diáspora del guitarrista, hay tristeza y hay desesperación, hay sosiego, nadie recordará su nombre. Nadie evocará su biografía, como nunca hubiera sucedido, nunca hubiera existido. Hasta hoy. Hasta esta lectura que será una multiplicación de la historia original, de la búsqueda primaria.
Juego de una buscar una vida posible a alguien que apareció un breve tiempo y se esfumó, un cuerpo, una voz, un pasado. ¿Qué puedo considerar porvenir? Buena pregunta: puedo permitirme al leer esto una licencia para imaginar. Las calles que llevan a un club español o la calle Saint Laurent. Viejos versos, primeras canciones, todo impregnado en la gris Canadá, en un Montreal lleno de fe, como la canción, sí, otra vez, Aleluya, ¿cuántas versiones, cuántos versos?77 estrofas. La única canción de Cohen que ha cantado Dylan. Versiones, he encontrado el disco de mi tío, como he encontrado el disco del yodo y de Phil Spector. Un disco con buenos temas, un disco a la altura del plátano. Y pensar que nadie lo quería. Aleluya mil veces escrita, mil veces tachada, un aleluya agnóstico, incluso, el sadomasoquismo con las mañanitas del Rey David: el acorde secreto. Quizá el mejor título del mundo
Un descubrimiento en la parte final del libro, la última conexión, el segundo disco póstumo, Thanks por the dance, con las voces grabadas en la interzona, en lo cuántico de lo vivo y lo muerto, con «The Night of Santiago» como una adaptación de «La casa infiel» de Federico García Lorca. Escribo esto el 19 de agosto de 2026. Un escritor atontado ha hablado de terremotos y cadáveres. Y se me cae el alma al suelo. Supongo que el postmodernismo es así. Tampoco me voy a convertir en el profeta de nada ni de nadie. Gracias por todo, por cierto: (¿Era también grande en España? Era grande en todo el mundo. Él solía hablar con todo el mundo. Él era un buen hombre). Me encanta esta conversación. Y es que ya solo quedan tres Stones, un par de Beatles, Bob e Iggy.
Lo quieres todavía más oscuro, te pregunto. Ponte Lazarus de Bowie. La Resurrección. No hay manera de morir, ni aunque uno sea disciplinado, porque, mientras escuchemos su obra, la leamos, mientras alguien escriba sobre Cohen, mientras alguien escriba sobre lo que alguien ha escrito sobre Cohen. Aquí, como diría Lorca, no duerme/muere nadie.
Si es que hasta Stephen King ha usado un título de Cohen para un libro suyo Y me lo he leído en la piscina mientras mi hijo de siete años buceaba. Así uno solo puede ser feliz. No te pongas triste, me diría el viejo Leonard. Eso es para conseguir embaucar a las chicas. Tú ya tienes una.
La primera parte de El guitarrista de Montreal de Miguel Barrero
Seguimos avanzando en la historia de El guitarrista de Montreal de Miguel Barrero, editado por Galaxia Gutenberg, una narración fragmentada en el tiempo, de Montreal a España, la pasión de Granada. Oviedo y Gijón. Un instante para el Ángel Simón. La historia del colchón, agacharse por si acaso, la desindustrialización de Gijón, los sindicalistas traidores. Nacho Vegas escuchando en casete el primer disco de Leonard Cohen. Las canciones de Leonard Cohen. Tanta historia detrás que han llegado a rodar entera una serie. Recuerdo cuando me compré le EP de El hombre que casi conoció a Michi Panero, con esa portada que recordaba a El hombre del brazo de oro. Y la versión de la canción de Cohen. También el perro apaleado, otra carta de amor a Fernando Alfaro (que ya viene del Aleluya). Nacho Vegas apuntaló el frentismo aquellos días en Oviedo. Los que estaban allí eran herederos de los que ordenaron, los que mataron a Lorca. No sé si Cohen se enteró, no se enteró, le dio igual. Aquello gustó mucho entre algunos círculos concretos. A mí no me gustó. Pero sigo comprándole el pescado a Nacho, sobre todo el de la época de Limbostarr, antes de que empezara a oler un poco lo que vendía. Eso sí, es como hablar de ETA y de Euskal Herria Bildu, la misma mecánica transitiva, lógica. Vamos a volver al maestro, dejemos el Príncipe de Asturias.

La técnica de la guitarra de Cohen. Seis acordes. Cuantitativo. Con eso construye toda su música. Tres clases. Luego él solo. El autodidacta siempre encuentra los acordes más extraños, los distintos, los que hacen que las canciones no suenen todas iguales. Y la voz monótona de Cohen, que canta su sus versos sin ser muy exigente con las melodías. Seis acordes, no más. La base de todas sus canciones. Esa manera de usar el arpegio. Más cerca de la guitarra clásica, de la española, que de la rítmica/misa de la canción pop tradicional.

Cohen construye su leyenda alejándose de Montreal. Nueva York de los cantautores, el Mediterráneo, Hydra, atravesar los sesenta, Inglaterra, la isla de Wight. Llegarán Los Ángeles y Berlín, llegará todo, pero antes volverá a Montreal, pasará por España. Irá al Sinaí. Para cantar a los chicos del ejército hebreo durante el ataque en la guerra del Yom Kippur. Conciertos en Roma, Tel Aviv. Llegará a España, luego hablaremos, en el final de la dictadura, en la dictablanda. Lorca y los acordes del flamenco.

Tomo nota: «Es curioso que nadie intentara indagar en la identidad del guitarrista misterioso mientras Cohen aún vivía y podía proporcionarle alguna pista». Será este libro, las calles de Montreal, las monjas de la caridad con sus manos cálidas. Todas las religiones en Montreal, la paz que convive tácitamente con el aburrimiento. Dejar el fentanilo para Vancouver. «He venido en busca de la casa que compró aquí Leonard Cohen en la década de los setenta, buscando cierta calma, ya con la fama, un lugar seguro». Conocemos las casas de Cohen. Queremos saber todo de Cohen. La isla de Hydra, la casa en las colinas de Los Ángeles desde donde se veía en los incendios durante las revueltas de 1992. He visto el futuro y es un crimen.

Buscar en todos los rincones posibles el recuerdo, las referencias, todo Cohen. Las canciones y el urbanismo. Y resulta que hay zonas que, claro, ni existían cuando Cohen compró la casa. Las primeras canciones. Vuelvo a aquel libro de Lumen en el que se recuperaban alguna de las primeras historias, una novelita inédita. También cuando tuve Los hermosos vencidos y El fuego favorito, en la edición de Espiral, esos libros esbeltos, en la colección donde también aparecieron sus letras hasta The Future. El parón. Cuando pensamos que se había jubilado. Cohen siempre mayor, siempre maduro. Nos da miedo pensar en Cohen inseguro y joven. Porque todos acudimos a Cohen buscando la paz, las respuestas, el oráculo veterano, humanista, buscador del placer, el cigarrillo, el coñac, algo de speed, las mujeres, el budismo, Jesús, David, Golda, los altos del Golán y los altos de Los Ángeles. Siempre desde arriba, la posición de la victoria.

Saltamos a la primera visita de Leonard Cohen a España, la época de la dictablanda, 1974. En Madrid, Barcelona. Canciones y poemas de «La energía de los esclavos«, uno de los libros que me ha acompañado por tantos sitios que recuerdo que me sentía en su interior, viviendo siempre, de Lisboa a Buenos Aires pasando por Zaragoza. Y repetir The Partizan. La canción con el hipnótico fraseo en francés. La versión de Javier Corcobado. La canción The Gypsy wife, no es la mejor de Cohen, pero Los Cármenes hicieron una versión maravillosa para el Tributo a Cohen, «Disparen a Cohen». Y la conversación con Constantino Romero que apareció en uno de los primeros números de la revista Vibraciones. Me hice con un ejemplar de segunda mano en mi afán coleccionista y, unas semanas después apareció un libro sobre el periodismo musical de Bruno Galindo que incluía entre la selección de texto, esta misma entrevista. Busco la foto, por fetichismo y pasión.

Y volver a Granada. Volver a Cohen visitando la casa de Lorca. La muerte, la falange, el piano, Lorca muerte de un poeta, no olvido aquella serie, es imposible. La tos de Luis Rosales, Luis y Leopoldo Panero, padre. Los dos, encendidos de olvido, cigarrillos y alcohol. ¿Quién mató a Lorca? ¿Quién pudo impedir la muerte de Lorca? ¿Y la del guitarrista de Montreal? ¿Hubo causa, uno posibilidad de impedirlo? Buena pregunta. Manuel Bonilla. Las muertes, los asesinatos, los paseíllos. ¿Los paseíllos son cualitativamente distintos en función de quién los hace, de quién recibe los disparos? Está claro que sí, no es lo mismo la muerte de Lorca que la del abuelo de mi madre, o su tío... son disparos distintos, son muertes diferentes. Se puede decir. No estamos mintiendo.

Así, el mismo autor escribe en la página 162: «¿Cuál es el conflicto de este libro? Me pregunto ahora que tantas páginas llevo escritas, ¿Qué pregunta está intentando formular a medida que transcurren los meses y las páginas? ¿Hacia dónde me lleve esa llama diminuta que prendió en un mediodía de primavera, sentado a la mesa de un restaurante de Montreal?» Y comienza con un jardín de senderos que se bifurcan, cómo llegar al final, al comienzo, cerrar y abrir: una tienda de empeños en Craig Street, la guitarra, la librería, el libro distribuido, el dueño colocándolo en la sección de poesía, unas monedas en el bolsillo, quizá algunos dólares canadienses, la gran guerra de España, ¿cómo llegó aquel guitarrista? ¿Buscaba el camino de los gitanos franceses? ¿Pudo ser Leonard Cohen una persona distinta a la que hoy recordamos?

La belleza de la diáspora del guitarrista, hay tristeza y hay desesperación, hay sosiego, nadie recordará su nombre. Nadie evocará su biografía, como nunca hubiera sucedido, nunca hubiera existido. Hasta hoy. Hasta esta lectura que será una multiplicación de la historia original, de la búsqueda primaria.

Juego de una buscar una vida posible a alguien que apareció un breve tiempo y se esfumó, un cuerpo, una voz, un pasado. ¿Qué puedo considerar porvenir? Buena pregunta: puedo permitirme al leer esto una licencia para imaginar. Las calles que llevan a un club español o la calle Saint Laurent. Viejos versos, primeras canciones, todo impregnado en la gris Canadá, en un Montreal lleno de fe, como la canción, sí, otra vez, Aleluya, ¿cuántas versiones, cuántos versos?77 estrofas. La única canción de Cohen que ha cantado Dylan. Versiones, he encontrado el disco de mi tío, como he encontrado el disco del yodo y de Phil Spector. Un disco con buenos temas, un disco a la altura del plátano. Y pensar que nadie lo quería. Aleluya mil veces escrita, mil veces tachada, un aleluya agnóstico, incluso, el sadomasoquismo con las mañanitas del Rey David: el acorde secreto. Quizá el mejor título del mundo

Un descubrimiento en la parte final del libro, la última conexión, el segundo disco póstumo, Thanks por the dance, con las voces grabadas en la interzona, en lo cuántico de lo vivo y lo muerto, con «The Night of Santiago» como una adaptación de «La casa infiel» de Federico García Lorca. Escribo esto el 19 de agosto de 2026. Un escritor atontado ha hablado de terremotos y cadáveres. Y se me cae el alma al suelo. Supongo que el postmodernismo es así. Tampoco me voy a convertir en el profeta de nada ni de nadie. Gracias por todo, por cierto: (¿Era también grande en España? Era grande en todo el mundo. Él solía hablar con todo el mundo. Él era un buen hombre). Me encanta esta conversación. Y es que ya solo quedan tres Stones, un par de Beatles, Bob e Iggy.

Lo quieres todavía más oscuro, te pregunto. Ponte Lazarus de Bowie. La Resurrección. No hay manera de morir, ni aunque uno sea disciplinado, porque, mientras escuchemos su obra, la leamos, mientras alguien escriba sobre Cohen, mientras alguien escriba sobre lo que alguien ha escrito sobre Cohen. Aquí, como diría Lorca, no duerme/muere nadie.

Si es que hasta Stephen King ha usado un título de Cohen para un libro suyo Y me lo he leído en la piscina mientras mi hijo de siete años buceaba. Así uno solo puede ser feliz. No te pongas triste, me diría el viejo Leonard. Eso es para conseguir embaucar a las chicas. Tú ya tienes una.
20MINUTOS.ES – Cultura
