
Cayetana Fitz-James Stuart tenía tantos títulos nobiliarios y era tan regia que siempre se dijo que no estaba obligada a rendir pleitesía a ningún rey o reina. Oriana Fallaci tuvo la culpa de esta falacia. En 1963, la periodista italiana incluyó una entrevista a la aristócrata en su libro Los antipáticos y en ella afirmaba: “Su sangre es más azul que todas las sangres azules de la Tierra. Si ante la puerta de un ascensor se encontraran Isabel de Inglaterra y la duquesa de Alba, aquella debería cederle el paso”. Cayetana, talibana de la monarquía y practicante de la línea dura del protocolo y el ceremonial, odiaba esa hipérbole fallaciana. “Eso es literatura, una sandez”, respondía siempre que le preguntaban por esta cuestión. “Una estúpida”, afirmó cuando le pidieron su opinión sobre la autora del bulo.
La aristócrata con más títulos del mundo tenía fama de no rendir pleitesía a ningún rey, pero en 1998 tuvo que inclinarse frente a la novia maniquí de su hijo favorito. “Decía que Cayetano cambiaba de novia como de camisa. Pensaba que yo era una camisa más, pero nunca me lo tomé como algo personal”, asegura Flores
Cayetana Fitz-James Stuart tenía tantos títulos nobiliarios y era tan regia que siempre se dijo que no estaba obligada a rendir pleitesía a ningún rey o reina. Oriana Fallaci tuvo la culpa de esta falacia. En 1963, la periodista italiana incluyó una entrevista a la aristócrata en su libro Los antipáticos y en ella afirmaba: “Su sangre es más azul que todas las sangres azules de la Tierra. Si ante la puerta de un ascensor se encontraran Isabel de Inglaterra y la duquesa de Alba, aquella debería cederle el paso”. Cayetana, talibana de la monarquía y practicante de la línea dura del protocolo y el ceremonial, odiaba esa hipérbole fallaciana. “Eso es literatura, una sandez”, respondía siempre que le preguntaban por esta cuestión. “Una estúpida”, afirmó cuando le pidieron su opinión sobre la autora del bulo.
Pero Fallaci tenía razón en algo. Cayetana de Alba, veinte veces Grande de España, descendiente de los Estuardo y aspirante improbable al trono de Escocia, sí que se comportaba como una soberana. “Mi madre vivió como una emperatriz”, suele afirmar su hijo favorito, Cayetano Martínez de Irujo. Como buena monarca absoluta, no le gustaba que la desobedecieran. Cuentan que temblaron los pilares del palacio de Liria en 1998, cuando la “emperatriz” se enteró de que Cayetano, el niño de sus ojos, jinete olímpico y conde de Salvatierra, salía con Mar Flores.
Modelo, separada, madre soltera, apodada como “la flor de Usera” por sus orígenes humildes y guapa, extraordinariamente guapa, la maniquí era exactamente todo lo que una esfinge del ancien régime como Cayetana Fitz-James no quería para un hijo suyo. “Jamás se refería a mí por mi nombre, me llamaba ‘la modelo’. Para ella solo era eso”, recuerda Mar Flores en conversación con EL PAÍS. “Solía decir que su hijo cambiaba de novia como de camisa. Pensaba que yo era una camisa más. Pero nunca me lo tomé como algo personal”, asegura.

Para la duquesa, en cambio, sí que era algo personal, casi una cuestión de honor. Era tan personal que le prohibió a su hijo asistir con la modelo a la boda de Eugenia Martínez de Irujo y Francisco Rivera, en octubre de 1998. “No me quería en esa boda y yo acepté ese no. Cayetano iba a ser el padrino, así que le dije: ‘Se casa tu hermana, no vamos a activar una alarma social por esto. Ve tú”, explica Flores. “Pero él, en su manera de pensar, tan noble y caballerosa, dijo: ‘Si tú no vienes, yo tampoco”.
El conflicto sumió a los Alba en una silenciosa batalla de desaires y gestos. La matriarca no estaba dispuesta a dar un paso atrás. Su hijo, tampoco. El pulso duró hasta el último momento. Unos 10 días antes de la boda, la aristócrata claudicó. “Bueno, que venga la modelo”, dijo con tono de derrota.
“Yo casi prefería que hubiera dicho que no. No ser invitada era una humillación, pero ser invitada era una movida. Pensé: ‘Ostras, ¿y ahora qué hago?’ Me entró una presión brutal. Me estresé mucho”, reconoce Flores. Ahora, tenía otro problema: el vestido. No había tiempo para hacerse un traje. In extremis, llamó a Beatriz de Orleans, que entonces era la cabeza de la casa Christian Dior en España.
“Mar me pidió ayuda con tanta sutileza, con tanta educación, que no pude decirle que no. Para ella, ir de Dior era como una carcasse, como un escudo”, recuerda la princesa de Orleans en conversación telefónica. Flores cogió un billete a París y pasó un día entero con la aristócrata francesa en los cuarteles generales de la maison buscando el estilismo adecuado. Lo encontraron: un traje de chaqueta azul bebé de falda por debajo de la rodilla, chaqueta entallada y top de encaje de estilo lencero, todo firmado porJohn Galliano, que entonces era el director creativo de la firma. Como complementos,un bolso Lady Dior, el modelo creado para Diana de Gales, unos zapatos de pulsera en la gama del traje, y una mantilla antigua.
La mañana del 23 de octubre de 1998, Sevilla amaneció expectante por la boda de Eugenia Martínez de Irujo y Francisco Rivera. La primera familia de la aristocracia española y la primera familia de la tauromaquia patria se iban a unir en santo matrimonio en la catedral de Sevilla. Más de mil personalidades estaban invitadas al enlace, entre ellos royals como la infanta Elena y Jaime de Marichalar. TVE iba a emitir en directo la ceremonia, un privilegio entonces reservado para los miembros de la familia real.

La llegada de Flores a la catedral causó conmoción. La gente enloqueció al verla descender del coche con el traje de Dior y tocada con una mantilla. Iba escoltada por el decorador Lorenzo Queipo de Llano, amigo de su novio y descendiente del padre de La Pepa, la Constitución de 1812. “Yo iba bastante segura de que no me había equivocado, de que iba perfecta. Iba con la confianza de que llevaba un Galliano elegido por la princesa Beatriz de Orleans”, recuerda.
El paseíllo hasta la catedral se le hizo eterno. “Sevilla hervía. Había gente mucho más importante que yo, pero cuando yo pasaba el volumen de los gritos de los sevillanos subía. Hablaban más alto. Los escuchaba como si estuviera en una película. Iba concentradísima, caminando como si estuviera en un desfile. Me lo tomé como un trabajo”, comenta.
Más de 10 millones de telespectadores la vieron desfilar recta, serenísima y con la cabeza bien alta. Fue la sensación de la boda. Opacó a las madrinas —Cayetana de Alba y Carmen Ordóñez—, a las invitadas más elegantes —Pitita Ridruejo, Naty Abascal, Paloma Cuevas— y a la mismísima novia, que iba vestida con un traje de alta costura de Emanuel Ungaro y coronada con una tiara que había pertenecido a Eugenia de Montijo.
“Mar se comió el mundo”, sentencia Beatriz de Orleans, que estaba allí. “Fue una de las entradas estelares. Iba muy guapa, muy correcta y recatada para la ocasión”, confirma otra aristócrata de rancio abolengo invitada al enlace. Y esta dama con títulos añade: “Se la veía muy contenta. Todos pensamos que era una presentación oficial en la familia y que iba a haber boda”.

El escote de la modelo desató interminables horas de debate en las tertulias televisivas y ríos de tinta en las revistas del corazón. Incluso se escribieron columnas de opinión en los periódicos más serios. “Jamás me planteé si el escote era demasiado bajo o demasiado alto”, aclara ella. “Iba perfecta”, sentencia la princesa de Orleans para zanjar la cuestión. Y añade: “A Galliano le encantó. Al día siguiente me llamaron desde París para felicitarme”.
En ese momento, a Mar Flores solo le preocupaba una cosa. “Me preguntaba si la duquesa iba a querer conocerme durante el banquete. Yo contaba con que no. Me había invitado a la boda, pero yo sabía que no quería ni dignarse a saludar a la novia modelo de su hijo”, señala. Antes de la medianoche, se obró el milagro. “Antes de retirarse a sus aposentos, vi que se acercaba. Pensé que iba a saludar a alguien que estaba a mi lado, así que me puse de medio perfil. Pero vino hacía mí. Se acercó y me dijo: ‘Eres Mar, ¿no? Encantada de conocerte’. Y se marchó. Yo flipé”.
La emperatriz de los Alba, la última Estuardo, se tuvo que “inclinar“ ante la modelo. Una testigo del encuentro lo recuerda como una derrota estrepitosa de la duquesa y como una victoria aplastante de la maniquí: “Cayetana no comentó nada, pero le debió parecer todo un poco demasiado sensacional. La boda de su hija Eugenia ya era demasiado sensacional, muy de copla: la duquesa y el torero. No era necesario añadir más salsas. Pero ambas se comportaron muy correctamente, no sacaron la navaja ni nada”.
Hoy, Mar Flores está orgullosa de cómo se comportó. “Hice lo que sentía que debía hacer: mantener la cabeza alta, actuar con naturalidad y no perder el respeto por nadie. No fue fácil, pero me alegra saber que se recuerda ese episodio por mi serenidad. Mi serenidad impactó más que cualquier otra cosa. La verdadera elegancia nace de la tranquilidad con la que uno convive con sus decisiones y de cómo se maneja en ciertas situaciones”.

Esa tranquilidad duró muy poco. El 7 de enero de 1999, menos de tres meses después de la boda, la revista Interviú publicó unas fotos íntimas de la modelo con Alessandro Lecquio. Eran unas imágenes antiguas, tomadas cuando ella salía con el naviero Fernando Fernández Tapias. La prensa las utilizó como munición para hacer saltar por los aires su noviazgo con el conde de Salvatierra.
Flores tuvo que ser ingresada en una clínica por una crisis nerviosa. Al poco tiempo, las revistas del corazón anunciaron que su relación con Cayetano había terminado. Se dijo que él, herido en su orgullo, había tomado la decisión. “En la vida, cuando eres muy guapa, atraes a las personas más improbables y también a las más terribles. La belleza atrae a los extremos y lo más trágico. Y Mar era y sigue siendo espectacular”, reflexiona Beatriz de Orleans. Otra aristócrata, amiga de la duquesa de Alba, reprueba el comportamiento del príncipe azul de este cuento de hadas posmoderno: “Si la dejó por eso, no estuvo muy chic. Como si los hombres no tuvieran un pasado”.
Cayetana de Alba dedicó un par de líneas a Mar en sus memorias, publicadas en 2011. “Ha sido uno de los episodios más desagradables que han sucedido en esta Casa. Fue espantoso, una espiral que nos arrastró a todos”. Flores podría decir exactamente lo mismo, pero prefiere ser más noble: “Yo no guardo rencor”.
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