Baúles apilados se acumulan en la entrada del Teatro Príncipe de Gran Vía. Son los equipos de La Revuelta, desmontados y listos para emprender nuevas vidas en otros lugares. Mozos cargan los portes. Algunos con chandal de El Grand Prix del Verano. Son los más experimentados, con práctica para la tramoya más pesada. El ministerio decadente que ha sido el decorado reconocible de David Broncano las dos últimas temporadas ya va abandonando el escenario para el que fue diseñado. El programa prospera y se muda a un auditorio más emblemático. Y más gigante: el Albéniz. Con su fachada de autómatas que antaño se movían, con su altura escénica, con su glamour de siglo XX. Estuvo apunto de desaparecer, ahora forma parte de un complejo hotelero detrás de la Puerta del Sol.
Se abre una oportunidad para que el presupuesto (ampliado) de La Revuelta brille más. En este escenario, la escenografía del programa de La 1 podrá tener más posibilidades para favorecer tramas de guion y realizar grandes propuestas musicales. También el show acogerá más público en cada grabación. Lo que se traducirá en una mayor emoción sonora a través del televisor. Así los personajes de La Revuelta pueden remarcar que siguen evolucionando. Y que se note visualmente: crucial para evitar la monotonía de las cosas del crecer y marcar agenda desde el ingenio audiovisual que diferencia a la tele de los discursos en «modo selfie» en las redes sociales.
Un impulso necesario. Porque el programa ya no es aquel que nació bajo el nombre de La Resistencia en el sótano que ocupa el pequeño Teatro Arlequín. Ahí el equipo de Broncano, Castella y Ponce, junto a la Movistar Plus de Fernando Jerez y María José Rodríguez, fue sabio a la hora de complementar y fortalecer la calidez cómica de Late Motiv de Buenafuente. Se planteó un late-late show que aparentara lo contrario al maestro de la comedia: la cutrez del loser. Si Buenafuente se estudiaba las entrevistas, aquí la magia era un desorden que, en realidad, estaba muy bien ordenado. Muy bien definido desde el propio decorado: oscuro, sucio, que se iba llenando de cosas con el paso de los días y, así, el forillo se transformaba en un protagonista clave de la emisión.
Porque las buenas escenografías cuentan: no solo son fondo. Hasta construyeron una fuente hortera con dos perros copulando de los que salía agua por la boca. La creatividad estaba en la forma y en el fondo. El formato logró la visibilidad aplastante en redes sociales, renovó y saltó al Teatro Principe Gran Vía. Aunque, en ese salto todavía en Movistar, la escenografía perdió carisma mientras ganaba amplitud. El programa parecía más vacío con un decorado que era más uniforme. Ellos ya, después, lo llenaban de sus regalos, de sus frikadas, de su habitación de adolescente que roba una señal de tráfico y la pone de junto a su cama. Como su primera obra de arte.
Con el fichaje por TVE, y quizá con ayuda de los miedos al cambio de plataforma de pago a una cadena generalista, se curraron bastante más el envoltorio escénico. No cayeron en la trampa de la pantalla de led que uniformiza y optaron, de nuevo, por la teatralidad escénica, manteniendo la línea de lo que les había hecho únicos en Movistar Plus: la posición de Castella y Grison, la puerta a la izquierda y el sofá decrépito. Pero, esta vez, el fondo ya no era uniforme. Tenía rincones, puntos de fuga, ventanas con luces que marcan el compás de los neones de la trastienda de la ciudad.
Ahora toca mantener esa esencia pero pegándola un empuje para que La Revuelta juegue más a lo grande. Porque ya no son los del sótano de abajo: son un gran prime time de una televisión pública que debe aprender de la creatividad de los ochenta, donde la combinación de liturgias escénica, la realización y la luz convertía en experiencia el visionado de aquellos programas de cómicos que ya entrevistaban a las personalidades de la época. Como la siempre innovadora Rosa María Sardá. Ella se reía de todo, comprometida con todos.
Ya se ha desmontado el teatro que ha sido sede del programa de La 1.
Baúles apilados se acumulan en la entrada del Teatro Príncipe de Gran Vía. Son los equipos de La Revuelta, desmontados y listos para emprender nuevas vidas en otros lugares. Mozos cargan los portes. Algunos con chandal de El Grand Prix del Verano. Son los más experimentados, con práctica para la tramoya más pesada. El ministerio decadente que ha sido el decorado reconocible de David Broncano las dos últimas temporadas ya va abandonando el escenario para el que fue diseñado. El programa prospera y se muda a un auditorio más emblemático. Y más gigante: el Albéniz. Con su fachada de autómatas que antaño se movían, con su altura escénica, con su glamour de siglo XX. Estuvo apunto de desaparecer, ahora forma parte de un complejo hotelero detrás de la Puerta del Sol.
Se abre una oportunidad para que el presupuesto (ampliado) de La Revuelta brille más. En este escenario, la escenografía del programa de La 1 podrá tener más posibilidades para favorecer tramas de guion y realizar grandes propuestas musicales. También el show acogerá más público en cada grabación. Lo que se traducirá en una mayor emoción sonora a través del televisor.Así los personajes de La Revuelta pueden remarcar que siguen evolucionando. Y que se note visualmente: crucial para evitar la monotonía de las cosas del crecer y marcar agenda desde el ingenio audiovisual que diferencia a la tele de los discursos en «modo selfie» en las redes sociales.
Un impulso necesario. Porque el programa ya no es aquel que nació bajo el nombre de La Resistencia en el sótano que ocupa el pequeño Teatro Arlequín. Ahí el equipo de Broncano, Castella y Ponce, junto a la Movistar Plus de Fernando Jerez y María José Rodríguez, fue sabio a la hora de complementar y fortalecer la calidez cómica de Late Motiv de Buenafuente. Se planteó un late-late show que aparentara lo contrario al maestro de la comedia: la cutrez del loser. Si Buenafuente se estudiaba las entrevistas, aquí la magia era un desorden que, en realidad, estaba muy bien ordenado. Muy bien definido desde el propio decorado: oscuro, sucio, que se iba llenando de cosas con el paso de los días y, así, el forillo se transformaba en un protagonista clave de la emisión.
Porque las buenas escenografías cuentan: no solo son fondo. Hasta construyeron una fuente hortera con dos perros copulando de los que salía agua por la boca. La creatividad estaba en la forma y en el fondo. El formato logró la visibilidad aplastante en redes sociales, renovó y saltó al Teatro Principe Gran Vía. Aunque, en ese salto todavía en Movistar, la escenografía perdió carisma mientras ganaba amplitud. El programa parecía más vacío con un decorado que era más uniforme. Ellos ya, después, lo llenaban de sus regalos, de sus frikadas, de su habitación de adolescente que roba una señal de tráfico y la pone de junto a su cama. Como su primera obra de arte.
Con el fichaje por TVE, y quizá con ayuda de los miedos al cambio de plataforma de pago a una cadena generalista, se curraron bastante más el envoltorio escénico. No cayeron en la trampa de la pantalla de led que uniformiza y optaron, de nuevo, por la teatralidad escénica, manteniendo la línea de lo que les había hecho únicos en Movistar Plus: la posición de Castella y Grison, la puerta a la izquierda y el sofá decrépito. Pero, esta vez, el fondo ya no era uniforme. Tenía rincones, puntos de fuga, ventanas con luces que marcan el compás de los neones de la trastienda de la ciudad.
Ahora toca mantener esa esencia pero pegándola un empuje para que La Revuelta juegue más a lo grande. Porque ya no son los del sótano de abajo: son un gran prime time de una televisión pública que debe aprender de la creatividad de los ochenta,donde la combinación de liturgias escénica, la realización y la luz convertía en experiencia el visionado de aquellos programas de cómicos que ya entrevistaban a las personalidades de la época. Como la siempre innovadora Rosa María Sardá. Ella se reía de todo, comprometida con todos.
20MINUTOS.ES – Televisión
