Muchas aceras de las ciudades y pueblos de España se alfombran estos días de unas florecitas de color crema. Al mirar hacia arriba, las ramas de unos árboles atestiguan que son ellas las responsables de convertir durante unas semanas el anodino cemento y asfalto en algo bello. En no pocos desfiles y ceremonias, flores y ramitas cortadas de diferentes especies rinden homenaje al acto que se celebra, como una ofrenda que cae a los pies de los participantes. Pues bien, en julio es la acacia del Japón (Styphnolobium japonicum) la que consagra los cansados pasos de los viandantes, azorados por las altas temperaturas.

Su floración estival, su resistencia y su capacidad para soportar la contaminación explican por qué es una de las especies más plantadas en las ciudades
Muchas aceras de las ciudades y pueblos de España se alfombran estos días de unas florecitas de color crema. Al mirar hacia arriba, las ramas de unos árboles atestiguan que son ellas las responsables de convertir durante unas semanas el anodino cemento y asfalto en algo bello. En no pocos desfiles y ceremonias, flores y ramitas cortadas de diferentes especies rinden homenaje al acto que se celebra, como una ofrenda que cae a los pies de los participantes. Pues bien, en julio es la acacia del Japón (Styphnolobium japonicum) la que consagra los cansados pasos de los viandantes, azorados por las altas temperaturas.
Este árbol de tamaño mediano a grande —ya que puede llegar incluso a los 20 metros de altura, si todo le es favorable— es muy común como especie viaria, plantada en alineación para regalar su sombra benefactora. Tan habitual es que solo en la ciudad de Madrid se calcula que hay unos 56.000 ejemplares, lo que representa casi el 7% del arbolado de la villa y corte. Estos datos, extraídos de la Guía de bolsillo de los árboles de Madrid, atestiguan al menos un par de cosas: la resistencia de la especie a las duras condiciones de cultivo de la ciudad y la tradición que la une a las aceras urbanas. Esta historia ligada a nuestro país se remonta al siglo XVIII, cuando fue introducida en Europa proveniente de la China oriental, su país de origen.
El nombre popular que sitúa a sus ancestros en Japón es simplemente porque allí también se introdujo y se extendió su cultivo, como ocurrió en numerosas naciones europeas. La facilidad para mantener esta especie sana y robusta le ha otorgado el lugar de honor que aún hoy ostenta, ya que todavía se ven crecer jóvenes acacias del Japón en parques de nueva creación.

Asimismo, recibe otros nombres vernáculos, como el de falsa acacia —por aquello de no pertenecer al género botánico Acacia, sino a Styphnolobium—, o el de árbol de las pagodas, por la costumbre asiática de plantarlo alrededor de aquellos templos, lo que habla del gran aprecio hacia la especie. Otro nombre es el de sófora, que responde a su antiguo nombre científico, Sophora japonica, por el que todavía es conocida en muchos viveros y por muchos jardineros y paisajistas.

Hay un cultivar que es muy valorado, con ramas colgantes que caen arracimadas en forma de cascada: Styphnolobium japonicum f. pendulum. Cuando cualquiera se interna bajo la copa de esta acacia del Japón péndula, se siente como dentro de un cuento, arropado por innumerables ramillas lloronas y una sombra fresca.
En la ciudad, la sófora aporta también un beneficio que no siempre se recuerda, como es la captación de contaminantes, con todas esas partículas ínfimas que flotan en el aire y que este y otros árboles fijan en sus hojas y ramas; se ha comprobado que esta falsa acacia es muy eficiente en ello. Por cierto, ni siquiera la contaminación es capaz de borrar el color verde intenso de sus ramillas más jóvenes, uno de los rasgos que identifican a esta especie.

De igual forma, el contorno de los foliolos de sus hojas compuestas define a la acacia del Japón, ya que todos ellos terminan en punta, al contrario de lo que ocurre con otra falsa acacia muy habitual en las ciudades, como es la robinia (Robinia pseudoacacia). La sófora tampoco muestra las espinas dobles tan peculiares de la robinia.
Observar la copa de la acacia del Japón cuando florece es una exhibición de belleza sin par, ya que cada agrupación de sus florecillas asemeja uno de esos cúmulos globulares de estrellas, como el conocido cúmulo de Hércules o M13. Pero no hará falta telescopio para observar esta hermosura, y tampoco estará a miles de años luz. Estará tan solo a unos centímetros de una mirada inquieta y amante de los pequeños detalles.

Como buen miembro de la familia de las leguminosas, después de la floración llega la fructificación en forma de vainas, una estructura que en este caso no es seca, sino húmeda, y alberga unas semillas negras de fácil germinación, algunas de las cuales nacerán al mismo pie del árbol, si caen en tierra propicia para ello.
En otoño, la acacia del Japón cambiará su vestido verde por otro amarillo dorado, y sus hojuelas destacarán sobremanera prendidas de la estructura oscura de las ramas. Árbol de las pagodas, ruega por aquellos que no aprecien los beneficios que donas.
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