La guerra contra Irán y el avance hutí en el mar Rojo empujan a Riad y al resto de países de la región a diversificar sus alianzas militares más allá de Washington Leer La guerra contra Irán y el avance hutí en el mar Rojo empujan a Riad y al resto de países de la región a diversificar sus alianzas militares más allá de Washington Leer
Durante décadas, la seguridad de Arabia Saudí descansó sobre la premisa de que Estados Unidos garantizaría la defensa del reino frente a sus rivales, a cambio de que Riad mantuviera a Washington como socio estratégico indispensable. Sin embargo, esta ecuación dio un vuelco a finales de febrero, cuando Estados Unidos lanzó una ofensiva contra Irán, desencadenando una serie de represalias por parte de Teherán que salpicaron a los países del Golfo. La decisión de Washington de participar en una guerra directa demostró, desde la perspectiva saudí, que su principal garante de seguridad puede tomar decisiones militares que aumenten los riesgos a los que se enfrenta el propio reino.
El desafío más urgente para la monarquía saudí está en Yemen. El alto el fuego informal que había contenido durante años con el grupo rebelde hutí -respaldado por Irán- se ha desmoronado. Desde el verano, los insurgentes han avanzado hacia la costa del mar Rojo, aumentando su capacidad para amenazar el tráfico marítimo en Bab el Mandeb, uno de los estrechos más importantes para el comercio mundial de crudo. Este paso se había vuelto vital para Riad desde que la guerra en Irán restringió gravemente el tráfico a través del estrecho de Ormuz. El reino había desviado gran parte de sus exportaciones de petróleo desde los campos del este hasta Yanbu, en la costa del mar Rojo, evitando así Ormuz, pero el desafío hutí contra sus barcos ha supuesto un nuevo golpe para la economía saudí.
Como señala Hisham Al Omeisy, asesor sobre Yemen del European Institute of Peace, el objetivo del grupo no tiene por qué ser la derrota militar de Riad, un país con una capacidad de defensa mucho mayor que la milicia. «Los hutíes no necesitan ganar la guerra, les basta con elevar los costes para Arabia Saudí», señala.
Las consecuencias se han empezado a sentir más allá del sector energético. La seguridad de infraestructuras y transporte se ha convertido en una preocupación para acoger eventos internacionales y actividades económicas que Arabia Saudí quiere impulsar para su Visión 2030, el proyecto del príncipe heredero para transformar la economía del país y reducir su dependencia del sector petrolero.
Ante el desafío hutí, Riad pidió personalmente a Donald Trump que atacara posiciones hutíes, pero Washington se negó a intervenir, evidenciando una vez más la necesidad de la monarquía saudí de mirar más allá de la protección estadounidense. El paso más significativo hacia esa dirección es el llamado Pacto de la Meca, un acuerdo de defensa conjunta con Turquía y Pakistán, en el que un ataque armado contra cualquiera de los tres países se considera un ataque contra los tres. El acuerdo busca reforzar la disuasión y ampliar la cooperación militar, aunque aún se desconoce hasta qué punto los gobiernos están dispuestos a intervenir militarmente para proteger a sus aliados. Por el momento, ni Turquía ni Pakistán han actuado contra los hutíes, pese a que Ankara afirmó estar dispuesta a responder a las necesidades militares saudíes e Islamabad prometió defender a la monarquía «con todos sus medios».
Un alto dirigente hutí, Mohammed al Bukhaiti, advirtió que Turquía y Pakistán serían objeto de represalias si intervienen militarmente. Para Riad, sin embargo, el pacto de La Meca ofrece algo que va más allá de la posibilidad de una ofensiva conjunta. Turquía aporta una importante industria militar y experiencia operativa, mientras que Pakistán mantiene una relación militar de larga duración con Arabia Saudí y ya tiene efectivos y medios desplegados en el reino.
Por su parte, países europeos como Francia o Reino Unido se han mostrado dispuestos a proteger la navegación internacional, brindando mayor apoyo militar a Arabia Saudí, aunque estas ayudas están lejos de cubrir el vacío de seguridad que Riad siente en el nuevo escenario político que se ha abierto en la región tras la guerra de Irán.
La inquietud, sin embargo, no es exclusiva de Riad. En todo el Golfo se ha instalado la sensación de que el paraguas de seguridad estadounidense, durante décadas el eje sobre el que se articuló la defensa de las monarquías petroleras, ya no ofrece las mismas garantías que antes. La retirada de Irak, acordada en 2024 bajo el mandato de Joe Biden y ejecutada por la Administración de Donald Trump incluso mientras libraba su ofensiva contra Teherán, ha añadido una capa más de incertidumbre ante el posible resurgimiento de enemigos comunes como el Estado Islámico, una perspectiva que inquieta tanto a Bagdad como a las capitales del Golfo.
En Qatar, el emir Tamim bin Hamad Al Thani aprovechó su discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas para abogar por un sistema regional de seguridad colectiva, una idea que hasta hace poco sonaba casi utópica en una región acostumbrada a depender de potencias externas. El emir catarí se mostró convencido de que la crisis del Golfo puede resolverse por la vía diplomática, mediante la reapertura del estrecho de Ormuz a la navegación marítima, y evitando así una guerra que nadie desea. Su mensaje resonó con fuerza en un momento en que los países del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) buscan fórmulas para reducir su exposición a un conflicto que no controlan.
Los Emiratos Árabes Unidos también han movido ficha. Anwar Gargash, asesor diplomático del presidente Mohamed bin Zayed, sostuvo recientemente que es necesario un diálogo directo entre los Estados árabes y Teherán sobre el futuro de la región, así como una nueva mentalidad en la forma en que los países árabes abordan su relación con Irán. Es un cambio de tono significativo en Abu Dabi, que durante años apostó por una línea dura contra la República Islámica y por una alianza inquebrantable con Washington.
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