Vivimos en una sociedad hiperconectada, donde la tele es más interactiva que nunca. Tanto que vemos la tele sin ni siquiera necesidad de encender la tele. Los impactos audiovisuales nos acompañan incluso entre las sábanas, pues nos metemos en la cama sin soltar el móvil. El smartphone se ha transformado en nuestra relación más fiel. Gajes de la edad de oro de la tecnología que nos ha convertido a todos en un centro emisión.
Y, sin embargo, qué paradójico que sea ahora cuando la voz del público está menos presente en los programas de televisión. Antes el espectador entraba constantemente por teléfono en magacines, debates y talkshows. Hasta se le animaba a ir al plató para jugar en los concursos. O se le increpaba en riguroso directo. ¡Hola Raffaella!. En los últimos años, en cambio, las cadenas optan por la omnipresencia en antena de rostros que deben ser reconocidos. Todos. Tertulianos inclusive. La fórmula de Telecinco de retroalimentar los mismos perfiles se ha contagiado por cada una de las cadenas generalistas y ha borrado la presencia de la espontaneidad que hace la vida desde los oficios. Que los ciudadanos no molesten y que comenten en su Twitter poniendo un hashtag para lograr ese trending topic que promocionaba al canal y que ya también se ha pasado de moda. Suena hasta retro.
Pero lo que nunca será obsoleto es escuchar a la gente que sabe de lo que habla porque lo vive, lo digiere, lo razona a diario. Eso nunca caduca cuando se realiza con la precisión de la curiosidad sin condescendencia. Porque muestra cómo somos en este instante, lo que nos definirá para siempre. Es lo que ha hecho Salvados de Gonzo con Gabriel Rufián. Se podían haber quedado en otra entrevista con un gran orador, pero dieron la vuelta a la conversación enfrentando al político a un grupo de ciudadanos anónimos y, a la vez, con nombre propio. Así el programa abrió espacio a personas de la calle con una argumentación para la que no siempre tiene tiempo la tele de hoy, atrapada en la previsibilidad de opinólogos profesionales que suelen terminar despegados de la realidad y atrapados en el argumentario de afines y contrarios.
En la reunión, detrás de un espejo de comisaría que permite ver sin que te vean, destacó Beatriz Payo, madrileña de 26 años, que desmontó demagogias con las que nos aprietan a diario y enfrentó a Rufián al espíritu crítico de la izquierda. Sobre los falsos debates en torno a la seguridad ciudadana, sobre el racismo que esconde determinadas defensas de la migración desde la perversa utilidad de las personas, sobre la victoria de la derecha cuando el progresismo actúa con sus técnicas.. Y deja de ser progresista sin saberlo, claro. Qué retrato de este 2026.
Objetivo conseguido. El periodismo que traspasa el tiempo es eso: el que no replica los karaokes del marketing que nos aturde desde las prisas de la inmediatez y se atreve a ir más allá para entender mejor. ¿Cómo se alcanza tal cosa? Filmando más que grabando. Pensando más que repitiendo miedos. Creyendo en el periodismo que escucha más que habla. Incluso que se permite atender a la gente que no solo ve, la gente que vive mirando.
Cómo dar la vuelta a una entrevista más.
Vivimos en una sociedad hiperconectada, donde la tele es más interactiva que nunca. Tanto que vemos la tele sin ni siquiera necesidad de encender la tele. Los impactos audiovisuales nos acompañan incluso entre las sábanas, pues nos metemos en la cama sin soltar el móvil. El smartphone se ha transformado en nuestra relación más fiel. Gajes de la edad de oro de la tecnología que nos ha convertido a todos en un centro emisión.
Y, sin embargo, qué paradójico que sea ahora cuando la voz del público está menos presente en los programas de televisión. Antes el espectador entraba constantemente por teléfono en magacines, debates y talkshows. Hasta se le animaba a ir al plató para jugar en los concursos. O se le increpaba en riguroso directo. ¡Hola Raffaella!. En los últimos años, en cambio, las cadenas optan por la omnipresencia en antena de rostros que deben ser reconocidos. Todos. Tertulianos inclusive. La fórmula de Telecinco de retroalimentar los mismos perfiles se ha contagiado por cada una de las cadenas generalistas y ha borrado la presencia de la espontaneidad que hace la vida desde los oficios. Que los ciudadanos no molesten y que comenten en su Twitter poniendo un hashtag para lograr ese trending topic que promocionaba al canal y que ya también se ha pasado de moda. Suena hasta retro.
Pero lo que nunca será obsoleto es escuchar a la gente que sabe de lo que habla porque lo vive, lo digiere, lo razona a diario. Eso nunca caduca cuando se realiza con la precisión de la curiosidad sin condescendencia. Porque muestra cómo somos en este instante, lo que nos definirá para siempre. Es lo que ha hecho Salvados de Gonzo con Gabriel Rufián. Se podían haber quedado en otra entrevista con un gran orador, pero dieron la vuelta a la conversación enfrentando al político a un grupo de ciudadanos anónimos y, a la vez, con nombre propio. Así el programa abrió espacio a personas de la calle con una argumentación para la que no siempre tiene tiempo la tele de hoy, atrapada en la previsibilidad de opinólogos profesionales que suelen terminar despegados de la realidad y atrapados en el argumentario de afines y contrarios.
En la reunión, detrás de un espejo de comisaría que permite ver sin que te vean, destacó Beatriz Payo, madrileña de 26 años, que desmontó demagogias con las que nos aprietan a diario y enfrentó a Rufián al espíritu crítico de la izquierda. Sobre los falsos debates en torno a la seguridad ciudadana, sobre el racismo que esconde determinadas defensas de la migración desde la perversa utilidad de las personas, sobre la victoria de la derecha cuando el progresismo actúa con sus técnicas.. Y deja de ser progresista sin saberlo, claro. Qué retrato de este 2026.
Objetivo conseguido. El periodismo que traspasa el tiempo es eso: el que no replica los karaokes del marketing que nos aturde desde las prisas de la inmediatez y se atreve a ir más allá para entender mejor. ¿Cómo se alcanza tal cosa? Filmando más que grabando. Pensando más que repitiendo miedos. Creyendo en el periodismo que escucha más que habla. Incluso que se permite atender a la gente que no solo ve, la gente que vive mirando.
20MINUTOS.ES – Televisión
