En las noches de soledad enciendo programas viejos en mi televisor. Es mi refugio a la polémica del día, la tertulia hacia ninguna parte y la notificación enfadada de tuiter. Que llega, hasta cuando solo has compartido una felicidad al mundo. Nuestro mundo.
Tal vez sea que me escondo en aquellos tiempos más despreocupados, donde todavía tenían todos sus sueños por delante los cómplices que ya no están. Programas que descubro una y otra vez, como si fuera la primera vez. Como si las reticencias del crecer no hubieran aventajado a la ilusión de la creatividad que te pilla por sorpresa.
Todos nos sentíamos invitados a la tele de luces de colores y decorados fantasiosos que nos iluminaban la mente. Nos animaban a ser lo que no siempre podríamos ser en nuestra rutina. La pantalla reivindicaba la democracia del talento. Y nos preguntábamos cómo lo lograban: cuál era el truco de Juan Tamariz para adivinar la carta perdida en la baraja, cómo las Hermanas Hurtado discurrían tan rápido una improvisada rima perfecta o qué había detrás de la escalera por la que aparecía Mayra Gómez Kemp.
Confiábamos en la tele como ese electrodoméstico mágico que nunca nos dejaba solos. Con ideas más que con discursos. Con sus actores, con sus cantantes, con sus músicos a los que admirar. Quizá, por eso mismo, hoy aquellos Un dos tres, Ahí te quiero ver, Cajón desastre…, continúan siendo modernos, a pesar de su senilidad. Su secreto de la eterna juventud está en que nacieron desde la alegría de la curiosidad que rara vez trata con condescendencia al espectador y esquiva la trampa de pensar que el éxito es calentar la tensión narrativa con miedos de los mercaderes del odio. Los que nos quieren atemorizados, enfadados, uniformes y aturdidos.
Aquellos programas nos evadían y, a la vez, nos despertaban la conciencia crítica porque abrazaban la belleza y los vértigos de las emociones universales. Sus historias brotaban de los sentimientos que de verdad importan. Los que siempre estarán ahí. No había palabrería de asustar y tirar, había la motivación del arte que da alas a uno de los mayores superpoderes que atesora la inteligencia humana y que nadie nos podrá arrebatar nunca: la capacidad de imaginar.
Contra las armas de irritación masiva.
En las noches de soledad enciendo programas viejos en mi televisor. Es mi refugio a la polémica del día, la tertulia hacia ninguna parte y la notificación enfadada de tuiter. Que llega, hasta cuando solo has compartido una felicidad al mundo. Nuestro mundo.
Tal vez sea que me escondo en aquellos tiempos más despreocupados, donde todavía tenían todos sus sueños por delante los cómplices que ya no están. Programas que descubro una y otra vez, como si fuera la primera vez. Como si las reticencias del crecer no hubieran aventajado a la ilusión de la creatividad que te pilla por sorpresa.
Todos nos sentíamos invitados a la tele de luces de colores y decorados fantasiosos que nos iluminaban la mente. Nos animaban a ser lo que no siempre podríamos ser en nuestra rutina. La pantalla reivindicaba la democracia del talento. Y nos preguntábamos cómo lo lograban: cuál era el truco de Juan Tamariz para adivinar la carta perdida en la baraja, cómo las Hermanas Hurtado discurrían tan rápido una improvisada rima perfecta o qué había detrás de la escalera por la que aparecía Mayra Gómez Kemp.
Confiábamos en la tele como ese electrodoméstico mágico que nunca nos dejaba solos. Con ideas más que con discursos. Con sus actores, con sus cantantes, con sus músicos a los que admirar. Quizá, por eso mismo, hoy aquellos Un dos tres, Ahí te quiero ver,Cajón desastre…, continúan siendo modernos, a pesar de su senilidad. Su secreto de la eterna juventud está en que nacieron desde la alegría de la curiosidad que rara vez trata con condescendencia al espectador y esquiva la trampa de pensar que el éxito es calentar la tensión narrativa con miedos de los mercaderes del odio. Los que nos quieren atemorizados, enfadados, uniformes y aturdidos.
Aquellos programas nos evadían y, a la vez, nos despertaban la conciencia crítica porque abrazaban la belleza y los vértigos de las emociones universales. Sus historias brotaban de los sentimientos que de verdad importan. Los que siempre estarán ahí. No había palabrería de asustar y tirar, había la motivación del arte que da alas a uno de los mayores superpoderes que atesora la inteligencia humana y que nadie nos podrá arrebatar nunca: la capacidad de imaginar.
20MINUTOS.ES – Televisión
