Los niños ya no juegan en la tele como antaño. Los niños, ahora, compiten como adultos. Tantos talents show de mayores hicieron sus versiones kids para conquistar a la audiencia con la todopoderosa ingenuidad infantil. Esa espontaneidad que nos sonreía porque nunca sabíamos por dónde iba a salir. Pero hasta esta fórmula, tal vez por abuso de la misma, se ha ido corrompiendo. Los críos en la tele directamente parecen señoras y señores. Cómo hablan, cómo se visten, cómo gesticulan, cómo dicen “voy a darlo todo”. No, ¡guárdate algo en la mochila para hacer más inmensa la vida, tu vida!
Esta inmunidad a los concursos infantiles la sufre Eurovision Junior, que se ha celebrado esta noche. Lo que comenzó siendo una traviesa versión de Eurovisión ahora parece una versión de Eurovisión lowcost. Hay algunos participantes que van tan caracterizados de mayores y cantan unas historias tan intensas con letras que ni siquiera entienden que es fácil desconectar. La canción o el niño la vive o es la nada. ¿Dónde están la alegría de los pequeños haciendo cosas de pequeños? Se ha dejado extraviar. Así esta franquicia eurovisiva pasa más desapercibida. Aunque quedemos mucho mejor que en Eurovisión clásico. Este año, segundos con Lucas.
Tampoco ayuda que la baja en la participación adulta, por la presencia de Israel, haga contradictorio seguir en el de niñas y niños, formato en el que, por cierto, RTVE dejó de participar en 2007 por aquello de proteger a la infancia. Preocupación que se nos ha pasado con el tiempo. Ser coherentes es tan difícil en estos tiempos polarizados en los que no se sabe lo que hacemos porque creemos hacerlo y lo que hacemos fagocitados por la influencia de las militancias políticas.
Pero Eurovisión se creó para ser un hilo de unión que despertara empatías entre los países europeos tras la Segunda Guerra Mundial. El truco estaba rejuntarnos a través de la fiesta de la fusión de la música, la tele y la competición sana. Qué buena idea, a recuperar dejando al lado la prisa de la tecnología. O tampoco tendrá mucho sentido el festival porque gran parte de sus canciones podrían ser compuestas y cantadas con IA ya. Así que hay que volver a la esencia de la artesanía que nos sigue despertando el asombro. ¿Cómo lograrlo? En este caso, pensando más con la mirada de la imaginación de un niño y menos por la cuadratura de los algoritmos del éxito que se presuponen a Eurovisión según prejuicios de los adultos. Es el fallo de esta versión mini del festival: se evalúa más la ejecución física en escena que la diversión de un niño sobre un escenario. Quizá porque cada vez somos menos tiempo niños y más tiempo adolescentes. Una situación preocupante que, en cambio, se observa como normal en la sociedad aturullada de hoy. De hecho, esta versión de Eurovision debería frenar los atrezos en escena y centrarse en los medios que otorga la organización. O los niños juegan en desigualdad de condiciones. No todos los países pueden pagar los mismos medios y se crean una diferencias que no permitiríamos en un colegio sensato. No todos los países pueden tener un poni-unicornio gigante como Armenia, que ha ganado.
La delegación de TVE intenta proteger la ingenuidad de Eurovisión Junior, que nos acerca a la victoria. Así Lucas Paulano, de 10 años, ha quedado en segundo puesto sumergiéndose en una feria con las inolvidables bombillas de la noria y los coches de choque. Características bombillas, que se transforman en una nave espacial que le rodea y que le ponen a sobrevolar el cielo de su imaginario de recuerdos. Así se ha pretendido un juego de fantasía infantil para acercar la interpretación a la personalidad de su cantante, con una puesta en escena dirigida por Javier Pageo, gran conocedor de la historia de la televisión. Y se nota, a pesar de los fallos de la organización maltesa que ha provocado un festival pobre técnicamente, oscuro escénicamente y con pequeños desastres técnicos. Mala iluminación, escenografías que se quedaban a medio gas y realización regulera desde una carpa a la que se le veían las costuras. Porque, en televisión, como en la vida, no hacemos lo que queremos, hacemos lo que podemos. Pero, oye, lo intentamos. Siempre mejor si es desde la pasión de la curiosidad infantil que debemos cuidar y proteger: en donde todavía no deberías saber lo que es competir, porque estás viviendo una realidad bastante más vibrante: el disfrute de tener todo por descubrir.
‘Eurovisión Junior’ se ha celebrado en Malta, Armenia ha ganado con Naré y su ‘Boo’ y España ha quedado segunda con Lucas Paulano.
Los niños ya no juegan en la tele como antaño. Los niños, ahora, compiten como adultos. Tantos talents show de mayores hicieron sus versiones kids para conquistar a la audiencia con la todopoderosa ingenuidad infantil. Esa espontaneidad que nos sonreía porque nunca sabíamos por dónde iba a salir. Pero hasta esta fórmula, tal vez por abuso de la misma, se ha ido corrompiendo. Los críos en la tele directamente parecen señoras y señores. Cómo hablan, cómo se visten, cómo gesticulan, cómo dicen “voy a darlo todo”. No, ¡guárdate algo en la mochila para hacer más inmensa la vida, tu vida!
Esta inmunidad a los concursos infantiles la sufre Eurovision Junior, que se ha celebrado esta noche. Lo que comenzó siendo una traviesa versión de Eurovisión ahora parece una versión de Eurovisión lowcost. Hay algunos participantes que van tan caracterizados de mayores y cantan unas historias tan intensas con letras que ni siquiera entienden que es fácil desconectar. La canción o el niño la vive o es la nada. ¿Dónde están la alegría de los pequeños haciendo cosas de pequeños? Se ha dejado extraviar. Así esta franquicia eurovisiva pasa más desapercibida. Aunque quedemos mucho mejor que en Eurovisión clásico. Este año, segundos con Lucas.
Tampoco ayuda que la baja en la participación adulta, por la presencia de Israel, haga contradictorio seguir en el de niñas y niños, formato en el que, por cierto, RTVE dejó de participar en 2007 por aquello de proteger a la infancia. Preocupación que se nos ha pasado con el tiempo. Ser coherentes es tan difícil en estos tiempos polarizados en los que no se sabe lo que hacemos porque creemos hacerlo y lo que hacemos fagocitados por la influencia de las militancias políticas.
Pero Eurovisión se creó para ser un hilo de unión que despertara empatías entre los países europeos tras la Segunda Guerra Mundial. El truco estaba rejuntarnos a través de la fiesta de la fusión de la música, la tele y la competición sana. Qué buena idea, a recuperar dejando al lado la prisa de la tecnología. O tampoco tendrá mucho sentido el festival porque gran parte de sus canciones podrían ser compuestas y cantadas con IA ya. Así que hay que volver a la esencia de la artesanía que nos sigue despertando el asombro. ¿Cómo lograrlo? En este caso, pensando más con la mirada de la imaginación de un niño y menos por la cuadratura de los algoritmos del éxito que se presuponen a Eurovisión según prejuicios de los adultos. Es el fallo de esta versión mini del festival: se evalúa más la ejecución física en escena que la diversión de un niño sobre un escenario. Quizá porque cada vez somos menos tiempo niños y más tiempo adolescentes. Una situación preocupante que, en cambio, se observa como normal en la sociedad aturullada de hoy. De hecho, esta versión de Eurovision debería frenar los atrezos en escena y centrarse en los medios que otorga la organización. O los niños juegan en desigualdad de condiciones. No todos los países pueden pagar los mismos medios y se crean una diferencias que no permitiríamos en un colegio sensato. No todos los países pueden tener un poni-unicornio gigante como Armenia, que ha ganado.
La delegación de TVE intenta proteger la ingenuidad de Eurovisión Junior, que nos acerca a la victoria. Así Lucas Paulano, de 10 años, ha quedado en segundo puesto sumergiéndose en una feria con las inolvidables bombillas de la noria y los coches de choque. Características bombillas, que se transforman en una nave espacial que le rodea y que le ponen a sobrevolar el cielo de su imaginario de recuerdos. Así se ha pretendido un juego de fantasía infantil para acercar la interpretación a la personalidad de su cantante, con una puesta en escena dirigida por Javier Pageo, gran conocedor de la historia de la televisión. Y se nota, a pesar de los fallos de la organización maltesa que ha provocado un festival pobre técnicamente, oscuro escénicamente y con pequeños desastres técnicos. Mala iluminación, escenografías que se quedaban a medio gas y realización regulera desde una carpa a la que se le veían las costuras. Porque, en televisión, como en la vida, no hacemos lo que queremos, hacemos lo que podemos. Pero, oye, lo intentamos. Siempre mejor si es desde la pasión de la curiosidad infantil que debemos cuidar y proteger: en donde todavía no deberías saber lo que es competir, porque estás viviendo una realidad bastante más vibrante: el disfrute de tener todo por descubrir.
20MINUTOS.ES – Televisión
